"Fragmentos de un discurso amoroso"


Salió la revista Llegás de febrero (noticia tardía, ésta). Reescribiríamos esta nota comentario, pero ya salió así. Son los últimos días para ver la muestra, que está mejor, mucho mejor que lo que pudimos escribir.

(...) La serie de Laura Códega, que coloca semillas en un teclado y una impresora en desuso y captura los momentos de la germinación. La intervención alcanza su momento más espeluznante al llegar a la última foto, que ofrece una perturbadora comprobación, la cuerda rota de la que hubiera tirado el alma surrealista sensible superada por el registro cuasiengañoso de lo real: los brotes verdes que crecen entre las teclas.
En otro grupo podemos colocar las imágenes que manifiestan la pulsión conquistadora de un espacio trastocado, la dimensión monumental y tibiamente inexpresiva de una ciudad manipulada en las postales retrofuturistas de Carolina Magnin. Sus visiones pixeladas obligan a cuestionar la condición anterior de la ciudad, o mejor: la condición de posibilidad de todas las ciudades. También en esta corriente podemos incluir a Julieta Ortiz de Latierro, que fotografía edificios en los que proyecta dibujos durante la noche.
La convocatoria de la galería previó la elección de un primer premio y de una mención. Germán Ruiz, ganador de la mención con sus fotografías tituladas “retrato”, “hogar”, “naturaleza” (una toma de un perro mirando un empapelado), se inclina por una propuesta muy interesante usando la sutileza del humor (...)

Inaprensible luna de miel
El Primer Premio fue para marido/luna de miel/arrastra mi corazón hacia la luz de Lorena Fernández quien, entre otros caminos de lectura posibles, se inscribe en la línea de quienes trabajan sobre la intimidad, pero de manera bien diferenciada del resto de los trabajos que bordean el tópico, como la también atrapante serie Una familia muy normal, de Alina Schwarcz.
El trabajo de Fernández está montado sobre un empapelado hogareño que la propia artista hizo colocar, y sobre el que colgó cada foto sostenida en marcos dorados; las líneas de una calidez doméstica entendida desde otra época.
La obra tiene el mérito de llegar hasta el final con su propuesta, como si en cada una de las piezas y en su orden estuviera cifrada la suma de una profundidad, los vértices con los que los estatutos de lo que llamamos arte construyen su verdad última, luego de socavar los contornos de cada frontera expuesta, en forma de pregunta. En su radicalidad –que no implica exceso- la obra parece manifestar que nada de eso podría decirse de otro modo para animarnos a destilar un pensamiento nuevo, movido por las capas sensibles de lo próximo, reorganizado, distinto, vuelto a ver. Porque la “luna de miel” de Fernández no incluye daiquiris en la playa pero sí instantes de un “marido” que adquiere la pose y el halo de santo pero, al mismo tiempo, en su imagen multiplicada en varias fotografías resignifica un juego tenso entre lo reconocible y lo totalmente otro. ¿Quién, fuera del vínculo amoroso podría identificar al hombre en una toma en la que aparece de espaldas, una porción apenas de piel; leer esa parte extraña de un cuerpo inclinado hacia un lago como a un sujeto único? Y esa foto del elefante, de una dimensión que invita verla mil veces ¿es un objeto que las abuelas colocaban en sus repisas de recién casadas o una escultura a tamaño real? Las mujeres (sólo tres en toda la serie; que integran otro trabajo de la artista) ¿están felices al ser colegialas, adolescentes, la remera de “I love boys” con la cara de la Pitufina, en ese imaginario encendido, juvenil, hiperbólico? La tercera es apenas una silueta femenina, indefinida. (...)

2 comentarios:

Lorena dijo...

que bueno que ya estas de vuelta ...

Sonia dijo...

Depende de la perspectiva, claro...
¡Confieso que no tenia nada de ganas de volver!