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En suplemento Radar de Página 12.

Rubia de New York

Desde producciones en revistas de moda hasta souvenirs que incluyen llaveros y cantimploras: la promoción del estreno de Evita en Broadway, con Ricky Martin como el Che, Michael Cerveris como un Perón pelado y Elena Roger como Eva, prometía un estreno exitoso para el show business y polémico (una vez más) para las almas peronistas. Y cumplió su promesa. Radar estuvo ahí y entrevistó a los protagonistas para hablar de aquel guión de Rice y Lloyd Webber estrenado durante el thatcherismo, del curso de peronismo que hicieron en Argentina antes del estreno, de las mil y una batallas (ganadas y perdidas) para despojarlo de sus clichés y de la actualidad de la obra allá en tiempos de Obama y el Tea Party.

Por Sonia Budassi
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Desde Nueva York
“El talón de Aquiles del imperialismo son sus intereses”, escribió Eva Duarte en uno de los tantos pasajes de Mi mensaje dedicados a Estados Unidos. En la génesis de su imagen pública se concentra la leyenda de la superación, el glamour personal, la justicia social, la lucha y la muerte. Al “imperio” nunca le faltó pericia para camuflar y apropiarse de los discursos ajenos, tomar fragmentos de la historia para sí y tejer su manto de victoria simbólica. Lo hizo con personajes históricos, guerras, eventos, conspiraciones. Desde hace treinta y cinco años, teje y vuelve a tejer el manto con que envolver el mito dorado del Río de la Plata. Lo hizo en Londres durante los ’70, lo hizo en Broadway durante la guerra de Malvinas, lo hizo Madonna durante el menemismo. Ahora lo vuelve a hacer en Broadway, con una argentina como protagonista y bajo el gobierno de un presidente negro. Evita vuelve a seducir al imperio.
En Nueva York, ahora es primavera. Michael Douglas y Rubén Blades, Carmen Barbieri y Barbara Walters, Ricardo Fort y Charly García, entre otros famosos dispares y artistas heterogéneos como para armar un ecléctico programa de farándula y alfombras rojas, asistieron a Evita, el musical dirigido por Michael Grandage que acaba de estrenarse en Broadway. La obra compite con magníficos locales como Spiderman, El rey León y Chicago pero, allende Eva y por Eva, se las ingenió para ser popular desde antes de estrenarse, por motivos que van desde un pequeño accidente a producciones espectaculares en revistas de moda. El Marquis Theatre tiene capacidad para 1612 personas, y suele estar lleno en sus funciones nocturnas y de matiné. Una semana antes del debut, la sala, ubicada en el primer piso del Hotel Marriot del Teathre District, se inunda; dudas y vértigo: deben clausurarla. Pero el inconveniente se resuelve apenas unos días después. Un paréntesis suficiente para que la obra ocupe un lugar inesperado en los medios. El despliegue continúa. Se inaugura la muestra de las joyas realizadas por el orfebre argentino Marcelo Toledo, réplicas de las reales tal como aprobó el Museo Evita de Buenos Aires; se levantan en el hall del teatro puestos de venta que ofrecen posters, pins, llaveros, imanes, ropa y hasta cantimploras con el logo de la obra –el rostro de Eva con un efecto stencil algo punk– y se instala un pequeño bar que, en el intervalo, ofrecerá porrones de Quilmes a 20 dólares. Mientras tanto, afuera, se multiplican los taxis amarillos que de tanto verlos en series y películas filmadas en Manhattan parecen de utilería, sólo que ahora llevan el cartel publicitario de Evita firme sobre el techo.

ANTES DE LA REVOLUCION

No bien se anuncia quiénes serán los protagonistas de esta nueva puesta –con el guión ya clásico escrito por Tim Rice y Andrew Lloyd Webber en la segunda mitad de los ’70–, la revista Vanity Fair invita al elenco a Argentina para hacer una producción fotográfica en la Casa Rosada. La visita se continúa en un encuentro con la presidenta Cristina Fernández y un entrenamiento histórico-actoral en el Instituto Nacional Juan Domingo Perón sobre, justamente, qué fue, qué es, qué significa el peronismo. Elena Roger, la argentina que ya había protagonizado la obra en Londres en 2006, será de nuevo Eva Duarte; Michael Cerveris –músico y actor estadounidense, con varios Tony por su trayectoria en Broadway, y conocido también por su personaje enigmático de la serie Fringe y películas hollywoodenses como The Mexican– será Juan Perón. Y por si había que darle una vuelta metapop, Ricky Martin fue elegido para el rol del Che, un personaje asociado más a su función de coro griego, una suerte de voz del pueblo –de varios tipos de pueblo– y editorialista de cada acción, que a la figura de Ernesto Guevara.
El estreno está precedido por conferencias de prensa televisadas en las que la camaradería entre elenco y director se despliega entre infaltables lugares comunes: declaraciones como “estoy aquí para aprender” o “es un gran desafío”. Los medios publican críticas elogiosas. La mayoría, desde el New York Times a la Variety, dejan traslucir una sospecha latente alrededor de Ricky Martin, que sólo una vez había sido parte de una comedia musical (Los Miserables), para terminar ratificándolo como “excelente” en su rol. Cuando se califica a Elena Roger casi nadie se priva de señalar el contraste entre la potencia de su voz y la pequeñez de su físico, combinación que la vuelve “grandiosa” en escena. Sobre Michael Cerveris también se habla de talento y de una singularidad: es quizás el Juan Perón más potente en la historia de la obra, el más profundo.

QUIEN ES ESA CHICA

En el aeropuerto de Nueva York, un turista argentino se acerca al primer puesto de los tantos que hay, en los que diversos oficiales chequean pasaportes. El empleado, un afroamericano grandote, descubre la procedencia del viajero y revisa las páginas mientras canta, con voz aguda “Don’t cry for me, Argentinaaaaa” para luego preguntar:
–¿Evita existió de verdad o es una historia del cine?
Bienvenidos a Evita on Broadway.
Si la identidad es una de las grandes fuentes de conflicto del peronismo –si se es o no se es; quién es más y quién es menos, quién es verdadero y quién es histórico, si es de izquierda o de derecha, etc., etc., etc.–, que nutre no sólo su historia sino las representaciones artísticas y ficcionales de la literatura al teatro y la plástica, una mítica maldición o bendición, según quién lo mire, abraza esta producción. El estigma de “antiperonista” que arrastra desde que Webber y Rice la editaran como álbum en 1976, para luego estrenarla en 1978 como ópera rock en el West End de Londres y en Broadway, todavía hoy genera polémicas e interrogantes por parte de sus protagonistas y de los espectadores. Cuenta la leyenda que la fuente de inspiración de los autores fue el libro La mujer con el látigo, biografía hipercrítica de Mary Main, publicada en Estados Unidos y el Reino Unido a fines de 1952, firmada con el seudónimo de María Flores por evidentes cuestiones de marketing. Llegó a Argentina luego del derrocamiento de Perón, en 1956, ya con el verdadero nombre de la autora. Según José Pablo Feinmann, se trata de la “primera biografía seria, documentada y bien escrita”, aunque “odiada por los peronistas y hasta por buena parte de los argentinos”. En el libro, nacido de la investigación que la autora realizó en Buenos Aires mientras Evita vivía, nada se decía del Che. Pero sí que Eva Duarte, una chica de “pasado oscuro”, se casó con “un general nazi”.
¿Qué retrato de Evita dibuja este musical? ¿Qué elementos recupera de sus puestas anteriores? ¿Podemos pedirle al género que complejice cuando, en general, se mueve bajo la lógica de héroes y villanos? ¿Qué veracidad puede esperarse, diría un desconfiado sentido común, de un Perón yanqui que encima es pelado, tal como se lo ve a Michael Cerveris en sus actuaciones televisivas y en el mismo afiche de la obra? ¿El musical de la abanderada de los humildes, la santa Evita, la arribista y manipuladora según esta versión, puede evolucionar a lo largo de los años mientras sigue inspirado en el mismo guión? ¿Es sólo pop, como dice Micky Vainilla? ¿Cómo procesa Broadway aquel personaje argentino, envuelto en un libreto cosido entre la intriga del ascenso social y el poder, el divismo y la entrega? ¿Qué hay detrás de la extrañeza, del raro sentido del nacionalismo consagratorio de “nuestra historia está ahí, en Nueva York, para todo el mundo” cuando Elena Roger, los bailarines o Ricky Martin dicen “the descamisadous” con ese acento foráneo pero hablando, en definitiva, en nuestro idioma? ¿La clave de ópera rock sacrifica voluntariamente la política y la veracidad histórica en nombre del espectáculo? ¿Es un cuento de hadas de la boda de una dudosa princesa proletaria con un villano, que termina por convertirla en bruja? ¿O es al revés?

EVAS SUPERSTARS

Webber y Rice, antes de trabajar juntos por última vez en Evita, ya habían creado otro personaje que muere joven: Jesucristo Superstar. La obra ha dado desde los ’70 un linaje de Evitas, todas rutilantes en su singularidad: Patti LuPone, Madonna (cuando vino a filmar al país la conmoción fue tan grande que hasta recibió amenazas) y Elaine Paige. Elena Roger es la primera argentina (la versión de Nacha Guevara es otra) en representar el rol en el extranjero. En películas como Eva Perón protagonizada por Esther Goris, transcurren quince minutos hasta que se muestra que había amor en esa pareja, y en una de las últimas, Juan y Eva, todo es tierno y romántico desde el minuto cero. Con estos antecedentes citados al azar, la puesta de Broadway podría resultar un tanto violenta para alguna sensible alma peronista. Bajo la máxima de la economía de recursos materializada con éxito desde la dirección, en la primera escena sabemos que Evita muere: una pantalla de cine muestra imágenes documentales del funeral, mientras diversos trabajadores lloran al frente del escenario. Entonces irrumpe el Che para lanzar la primera de una extensa serie de chicanas mediante la canción, ya elocuente desde el título “Oh, what a circus”. “¿Pero quién es esta Santa Evita?”, se pregunta. “¿Por qué tantos aullidos histéricos de sufrimiento? ¿Qué tipo de diosa ha vivido entre nosotros? Ella tuvo sus momentos. Tenía un poco de estilo. (...) Tan pronto como el humo de la funeraria se despeje, ¡todos vamos a ver cómo ella no hizo nada durante años!” El personaje de Ricky Martin, que despierta aplausos antes incluso de actuar, se mantendrá sin cambios, con idéntica crítica actitud hasta el final. Su carisma no opaca el tono cínico y por momentos despectivo que provoca incluso risas en el público. En los pasillos de los camarines, José, su asistente, habla en castellano y saluda al visitante con amabilidad. Si alguien le pregunta “¿Cómo estás?”, responde “Bien, muy contento. Y demasiado ocupado” y señala el cartel que dice “Ricky Martin” de la puerta. El puertorriqueño es la celebrity más famosa de Broadway en estos días. Las producciones, aquí, no escatiman presupuesto. Compiten no sólo por quién tiene el elenco más prestigioso o a la estrella más famosa. También es característica la inversión en efectos especiales, escenografía voluptuosa, fuegos artificiales y toda parafernalia hecha para impactar e incluso abrumar al espectador. La puesta de Evita, en cambio, recurre a la cantidad necesaria de decorados que, aunque monumentales –como el célebre balcón de la Rosada– resultan funcionales. Evade el tentador recurso fácil y, casi austera, contribuye a amplificar las virtudes actorales de Cerveris y Roger y el in crescendo narrativo de la obra. Un punto para Michael Grandage, y otros dos para los protagonistas que lo saben aprovechar.

LA EVITA DE ALLA

–Mrs. Roger, come on!! –se escucha la voz de Grandage en el pasillo, llamándola a ensayar.
–I’m almost ready –responde Elena Roger desde su camarín.
¿Por qué algunos argentinos se van dolidos luego de ver la obra? Para muchos hay escenas que recrean rumores maliciosos más que documentos históricos (Perón en pareja con una adolescente, por ejemplo). O, simplemente, son demasiado fuertes para el sentir peronista habitual. Cuando Eva llega a Buenos Aires gracias al apoyo de Magaldi, se explicitan situaciones que en otros relatos se representan de un modo más sugestivo. En una secuencia ágil e ininterrumpida, se la muestra como feliz amante de varios hombres. A medida que se suceden casi sin solución de continuidad, la calidad de los regalos que le hacen se incrementa. A Roger esa escena no le produce ningún resquemor. Nieta de abuelos paternos peronistas, y de abuelos maternos italianos antiperonistas, cuenta que estos últimos “le tenían como un miedo a Perón”. Su abuelo vino de Italia porque estaba “en la lista negra”, dice. “Por ahí por no sacarse el sombrero cuando había que cantar el himno. Perón tenía muchas de esas cosas, para laburar tenías que ser peronista... A ellos eso les chocaba y anulaban cualquier posibilidad de cosa buena que podía llegar a tener.” Tantas veces hemos escuchado la historia de Eva en sus múltiples versiones, que parece casi imposible que no se hayan cristalizado en cada nueva representación ciertos clichés y estereotipos, que van tranquilamente desde la figura de la inmaculada a la de la trepadora. “Yo no me ofendo tanto porque se muestre que se acostaba con uno y con otro porque ella estaba muerta de hambre en Buenos Aires y sí lo hacía; lo dicen los libros. ¿Cuál es el problema? Hoy no es un problema. En ese momento lo era. Y hoy que vivo en otra sociedad no la juzgo. Y tampoco me duele que se muestre eso, porque fue así.” Además, señala Roger, ¿por qué no pensar que los hombres también la usaban a ella? En ese entonces, afirma, las mujeres no se casaban por amor sino “para que el tipo las mantuviera, les diera la casa y qué, Evita era peor porque no se casaba. Pero quería lo mismo, quería un tipo que la cuidara, que le pusiera un departamento, ¿entonces qué estamos juzgando? Sí, ella podía ser materialista, ¿por qué no? De hecho tenía un montón de joyas. Pero lo real de esta historia es que en esa sociedad logró, siendo mujer, tener un lugar al lado de un hombre, un lugar muy importante en la sociedad argentina y todo lo que dio a los pobres para mí lo hizo de corazón. Yo ahí no veo nada oscuro”. La Evita de nuestros días tiene algunas variaciones con respecto a la versión londinense de los ’70. El último Perón inglés, Philip Quast –que no conoció Argentina–, por ejemplo, le daba más peso al autoritarismo y el vínculo entre él y Eva estaba basado en un pacto de conveniencia. “Cerveris le da más peso al amor y a lo humano.” Sin embargo, aún perviven ciertos esquemas porque también como ópera rock la obra generó una iconografía propia, lejana a la referencia realista. “Yo lucho contra la imagen del balcón. Evita nunca le habló al pueblo con el vestido con el que fue al Colón”, dice Roger. Las dimensiones de ese cambio de vestuario son tan grandilocuentes, el vestido es tan ancho, que no entra en las escaleras por las que Roger sube al decorado, así que tiene que ponérselo, rápido y a escondidas, en el mismo escenario. Para lograrlo, cuenta con un dispositivo: el Christian Dior cuelga desde el panel de luces y comienza a bajar hacia el cuerpo de la actriz en el momento justo, segundos antes de que ella suba a cantar “Don’t cry for me, Argentina”, el himno de su posible redención. “Ella jamás le hablaba al pueblo vestida así”, continúa Roger. “De hecho, cuando Madonna hace la película, lo hace con un trajecito.” Cuenta que intentó cambiar la escena. Y que no lo logró: “Era tal la imagen de la Evita de acá. Esa aparición es casi como la de la Bella Durmiente, es algo tan icónico que la gente no soportaría verlo de otra manera. O sea, los productores no quieren mostrarlo de otra manera”.
Entre la documentación histórica, el estudio y un guión rígido los actores luchan por encontrar matices. El director estuvo de acuerdo y así avanzó la pareja. “En la puesta de Londres ella era mucho más irónica y despótica, eran muy dictadores los dos, todo era poder y dinero.” Elena Roger habla del efecto a veces inevitable cuando se trata de ficciones basadas en hechos reales. Dos argentinos, durante la temporada londinense, le dijeron la misma semana: “¡Es tal cual!”. Y otro: “Muy buena la obra. ¡Pero nada que ver, eh!”.

EL PELUQUIN DE PERON

Michael Cerveris acaba de ser nominado otra vez a un Tony como Mejor Actor. La obra recibió dos nominaciones más, a mejor coreografía y a mejor recreación histórica. Los afiches con su foto, en la que se lo ve sin pelo, confunden, casi molestan. Pero, al salir a escena, su caracterización, incluido el peinado hacia atrás, es “tal cual”. En la sala de peinados hace chistes sobre el tema con una de las tantas encargadas de la realización y mantenimiento de los tocados de Eva y del suyo. En un estante se ven tres pelucas de Roger, correspondientes a escenas consecutivas, con el rodete tirante. Si se mira en detalle es posible notar que a medida que pasa el tiempo de la narración en la que la actriz las usa, las raíces oscuras se ven más pronunciadas.
“El director quería hacer todo más auténtico, más basado en la historia y en la realidad, hacer algo más complejo, tal como fue. Elegir a Elena, que es argentina, obviamente tuvo un efecto muy fuerte”, dice Michael Cerveris.
Lord Webber reorquestó esta producción para sumar argentinidad. Aunque estamos en Broadway. Se cuelan, entre el tango, algunos ritmos brasileños. “La música es más argentina algunas veces, otras... suena más a otras cosas que a los americanos les suena (se ríe)... Ellos creen que lo es”, dice Cerveris.
“Mi desafío era no darle una interpretación de blancos y negros, sino tratar de introducir contradicciones y humanidad, y creo que intenté entenderlo desde una perspectiva histórica, pensar en la persona real”, sigue Cerveris y a su alrededor, su camarín, más que parecerse a una unidad básica, como alguien ha dicho, muestra una ambientación tan prolija, cálida y esmerada que es más propia de un santuario o de un museo homenaje. En apenas 10 metros cuadrados convive la bandera oficial argentina sobre una pared, un mate y un termo, libros enormes de doctrina peronista, La razón de mi vida en una antigua edición, fotos en sepia de Perón en cuadros y portarretratos, discos de pasta que emiten a Enrique Santos Discepolo desde un tocadiscos, junto a un colección de LP apilados que incluyen uno con el último discurso de Eva. Huele a sahumerios. Se recrea la atmósfera de una posible devoción. En su libro de visitas firma quien ha sido, según cuenta Cerveris, el responsable de guiarlo en su estudio sobre Perón durante su visita al Instituto en Buenos Aires: un investigador que pidió especialmente que no se lo mencionara a él, sino a dicha institución estatal, en eventuales entrevistas. En castellano se lee: “Te nombramos el primer peronista norteamericano”.
Desde luego no es posible saber si Cerveris es peronista, pero se esfuerza en hablar de las lecturas políticas de la obra, y relatar aquellos dichosos matices que quiso encontrar para que su personaje no sea catalogado como un “mero dictador latinoamericano del montón”. “A Eva se le pueden criticar muchas cosas, pero no que ‘no hizo nada’, como dice el Che”, afirma Cerveris sobre la primera de las críticas que hace el personaje de Ricky Martin apenas comienza el musical. Durante los ensayos, cuenta, se preguntaron “qué es verdad según los documentos de la época, qué es lo que se sabe históricamente, cuál es la versión negativa y la positiva, y luego qué hemos leído en el guión, y evaluamos las cosas con las que estamos de acuerdo o no”. Sobre los detalles de cómo se conocieron, por ejemplo, hay versiones disímiles y ninguna legitimada académica u oficialmente. Más allá de eso, continúa Cerveris, después tuvieron que ver “qué queríamos contar en este momento, independientemente de que sea histórico o ficcional”.
Cuando sus fans hispanohablantes lo esperan a la salida del teatro, tras una valla custodiada por patovicas Johnny Bravo que lo acompañan hasta una enorme camioneta negra de la producción, él se esfuerza en hablarles en español. Cerveris dice creer en el “sentido social” que implica que la obra pueda interpelar a los latinoamericanos que están subrepresentados en Broadway –y en las ficciones norteamericanas en general–. Y parece debatirse entre las vanas culpas por las concesiones al guión y el aporte que él se esforzó en hacer. Mientras Elena Roger piensa que los estadounidenses ven Evita como “un entretenimiento y nada más”, él sostiene que en este momento, previo a las elecciones, la obra se enlaza con la coyuntura estadounidense, en un marco en el que “los conservadores viraron tanto hacia la derecha extrema que todo se volvió demasiado polarizado. Las ideas sobre quién habla desde las esperanzas y las necesidades de la gente son debates que se están produciendo y los partidos políticos, por primera vez en un largo tiempo, son diferentes el uno del otro de una manera muy clara”. Luego de salvar todas las distancias posibles, Cerveris se anima, osado en su prudencia, a conectar a Obama con Perón. “Muchos le reclamaban que los cambios prometidos en campaña se hicieran inmediatamente”, dice. Y analiza que una actitud similar es la del Che, cuando habla desde la voz de una izquierda que por ansiosa se vuelve desencantada.
“Evita y Perón no fueron simplemente dibujitos animados, la esposa manipuladora, el autoritario latinoamericano. No puede pensarse que toda esa gente que fue al funeral desde todos los rincones del país, cuando no existían los medios de transporte de hoy, fueron llevadas a la fuerza. El pueblo no es un rebaño.” Dicen que cada negación encierra una afirmación previa; imaginamos qué texto es responsable, en este show, de la afirmación anterior.

LA EVA DE HIERRO

“Pienso que lo que más conseguimos fue cambiar la intención de las cosas que decimos”, dice Cerveris. En un momento, Eva comienza a decirle a Perón, sobre el desafío de gobernar: “nosotros” y luego se corrige en un “vos...” como un fallido que pretende mostrar su interés por ocupar el lugar de mando. “Elena, en vez de cantarlo como si tuviera esa ambición egoísta de poder, le quita la ironía, pone el énfasis en ese ‘vos’ con la idea de querer que Perón se sienta seguro, con lo cual parece ser exactamente lo opuesto al objetivo del guión. Ella es más generosa, interpreta un ‘vos sos importante, vos tenés que hacerlo’”, explica. En “She is a diamond”, Perón canta con otros militares y sugiere que deberían hacer dos o tres cosas de las que prometieron. “Pienso que está escrito intentando ser un chiste para que él quede como un dictador frívolo a quien no le importa la gente. Yo, en cambio, traté de interpretarlo como que quiere señalar a los generales que ‘En verdad existe una buena razón para hacer lo que hacemos. Entiendo que por razones políticas aún no podemos hacer más, pero Evita tiene razón. Debemos hacer las cosas así’.”
¿Con qué personaje de la historia puede asociar Cerveris a Perón? Hace un silencio. Piensa. “Es raro, a veces me recuerda a mi abuelo italiano. Y hay algo de mi experiencia en Argentina, en general la sentí muy italiana. Quizá porque la gente que conocí era descendiente de inmigrantes. Y hay algo de las fotos que vi de Perón, su estilo, su ropa y ese aire de viejo mundo, muy masculino, que me recuerda a mi abuelo. Eso quizá me permitió hacer una conexión personal con el personaje y entender que la política puede ser muy complicada, y a veces parece injusta, pero que hay momentos en que hay que ser duro en las formas, al estilo del Viejo Mundo, formas que no son tan modernas ni políticamente correctas; la pregunta de cómo llevar a cabo las cosas y qué es lo permitido para alcanzar un bien superior. Recuerdo, cuando era chico, que mi papá me dijo que no podía ir a una fiesta. Y yo argumenté, argumenté, y argumenté hasta que él reconoció que sus motivos no eran buenos. Y finalmente me dijo: ‘Bueno, está bien, pero igual no podés ir’. ‘¿Pero por qué no puedo ir?’ ‘Porque yo ya he tomado la decisión.’ En esa época, era imposible de entender para mí. Pero ahora comprendo que en pos de algo importante a veces se hace algo antipático o injusto para servir a un propósito mejor.”
Cerveris tampoco encuentra un paralelo con Eva entre los personajes de la historia. No comparte la asociación popular de la chica que se hizo de abajo, esa idea que heredó Madonna para algunos de sus compatriotas. Aunque, para la Evita on Broadway tiene una hipótesis disruptiva: “Tengo la sospecha de que el tono de la producción original y las piezas escritas en alguna forma están más dirigidos a Margaret Thatcher y al contexto político inglés de esa época. Habla de una mujer extremadamente poderosa como cabeza de gobierno y me parece que escribieron Evita pensando en Thatcher más que en la propia Eva, y en sus opiniones sobre una presidenta mujer; hablan más de eso de que lo que Evita realmente fue. Nunca tuve la oportunidad de preguntárselo, es una teoría mía”. Aclara, también, que en los ’70, cuando los británicos escribieron el guión, era más difícil acceder, desde Inglaterra, a la información sobre Argentina, no sólo por la cuestión tecnológica, sino por la censura del gobierno de facto.
El telón del Marquis cae y sobre él se mantiene un enorme escudo del Partido Justicialista entre banderas argentinas. En el centro del telón, que está en un teatro del centro de Broadway, que es el centro mundial del espectáculo, que es el corazón de ese imperio de los discursos de Evita, están las caras de Perón y Eva, las mundialmente conocidas, clásicas, que sonríen. Durante un año, que es lo que estipula el contrato, ese telón va a levantarse, dos veces por día, y las expresiones de quienes miren la obra irán de la diversión a la aversión, cambiantes, pero es seguro que los rostros del telón, sonrientes, históricos, seguirán ahí.

La noche de los museos

Museo de Arte Popular José Hernández (Avenida Libertador 2373) los escritores Sonia Budassi y Leonardo Oyola leerán su obra con la musicalización de Marcelo Ezquiaga.
21 hs!
Acá todas las actividades, van a leer muchas escritoras que me encantan

Antes de la muerte de un toro

Publicado en el Suplemento de Cultura de Tiempo Argentino (en la web la foto no se ve completa :( ) (pobre bicho che)


Cada vez que un león come a un hombre en la ficción, una preadolescente encuentra una edición amarilla de la colección Robin Hood en un rincón de su casa. El ejemplar pertenece a la madre. La niña no leerá sus páginas, pero admirará las pocas hojas con ilustraciones en blanco y negro. No pensará en aquella época en que no existía Internet. Valorará que los diarios impresos no eran multicolor. Un libro con dibujos monocromo es atractivo. Los diseñadores, hoy, aman el recurso. 
La mosca camina sobre el piso de madera plastificado. Está atontada y lo atribuimos al frío. El enfrentamiento es sin dudas desigual. Hombre contra bicho. El momento previo a la acción y reacción es el más interesante. Lo anti “media res” que se enseña en los talleres de guión. Arrancar las alas de una mosca entre amigas de cinco años puede ser un ritual de iniciación no buscado. Pero con los toros la historia empezó hace tiempo: ilustrar el pasaje del niño al adulto de manera oficial. Hay un momento previo, entonces. ¿Los leones comen personas y magnifican la venganza del mundo animal? ¿El hombre se venga del toro? La mirada que precede la lucha juzga la prolijidad de la muerte, que es segura, del toro bravo: si llega cansado y golpeado, el torero no será aplaudido. La muerte limpia cotiza más. ¿Imagina la chica argentina que por cada libro amarillo de páginas amarillas que abre sólo para ver los dibujos que ahora son retro, monocromáticos, el soplido fuerte de un toro escapa de su nariz por última vez, en otra parte del mundo, donde la sentencia mortal está prefijada, desde la Edad Media, hasta hoy y que el corazón del torero asustado puede verse en la fotografía y no desde los palcos? No sé si esa información contribuiría a la belleza del mundo.

La incomodidad como contracara del asombro

Copio algunas notas desprolijas que me sirvieron de base para presentar el libro de cuentos En los márgenes, de Ignacio Molina. Editorial 17 grises.
Cuando empecé En los márgenes de Ignacio Molina me dio tal entusiasmo, que cuando me puse a releerla, con las partes marcadas incluidas, me dije: uy, cómo hago, en la presentación me van a dar ganas de leerles todo el libro!
Así que, y también teniendo en cuenta los críticos que nos acompañan en esta mesa, voy a compartir con uds algunas notas sobre los tópicos y climas –porque en la literatura de Molina hay historias, personajes, pero también texturas y climas intensos- que fui apuntando durante la lectura, dejando mil cosas afuera.

1) El sentido común
En los 90 tuve la suerte o la desgracia de hacer uno de esos cursos de “control mental”, que daba consejos sobre cómo relajarse cuando tenés la cabeza muy acelerada, o te cuesta dormir. Una sugerencia, que todos los que íbamos confesabamos hacer, por sentido común, era lo de imaginar, para combatir el insomnio, un lugar bello y tranquilo. ¿Vos qué lugar imaginarías?
una Playa paradisíaca, un arroyo de aguas transparentes y tranquilas, un atardecer
Pero en el universo de molina, o de medina, el narrador de este libro, las cosas tienen otro valor, y suelen ser encantadoramente distintas al sentido común:
Leemos:
“Como hago siempre que no puedo dormir, traté de pensar en lugares tranquilos a esa hora de la noche. Por ejemplo: la cancha de básquet del club Napostá, una esquina desierta de la Paternal”.
Lo que atraviesa el libro es una mirada propia, distinta, sobre tópicos que nos resultan familiares. Sin efectismos, el libro de Ignacio logra quebrar nuestras expectativas sobre pequeñas cosas, rutinas, eventos cotidianos que podríamos haber vivido, en cualquier ciudad, cualquiera de nosotros.

2) El tiempo:
El paso del tiempo es quizá el núcleo o conflicto de este libro. A veces pareciera que En los márgenes es un texto de iniciación al cuadrado: hay pasajes del viaje iniciático del adolescente a Buenos Aires. Y después, el siguiente cimbronazo, es el de la adaptación al mundo del trabajo, de las responsabilidades familiares, de la paternidad, sobre todo eso: el paso de además de hijo, padre. La pregunta de la pareja del narrador que se va reiterando: ¿Como te ves siendo padre?
Por un lado, entonces, estos ciclos narrativos, a veces se condicen con ciclos vitales, y son definidos por estas experiencias de vida muy fuertes. Por otro lado, en estos ciclos intervienen también las marcas temporales propias del autor, desviadas, personalísimas. Como, por ejemplo. cuando antes de contar una acción, fija el momento histórico:

“Anoche, después del partido de Olimpo...”
Entonces, la marca temporal es una marca personal. Hay un tiempo biográfico propio pero es como si las estaciones existieran al interior de Molina: y esto no lo convierte en un narrador aislado sino que, por el contrario, vive integrado y susceptible al entorno, vive observando y cuestionando. Es más, podría decir que está incrustado, y problematiza desde ese lugar. Esto le brinda al texto dinamismo en el que, por ejemplo, salir a hacer las compras al supermercado chino, pueda llegar a ser una auténtica aventura, aunque esté contado con el estilo Molina: un tono austero, claro, preciso.
3) La trama:
Para no anticipar demasiado lo que Uds seguro leerán en breve –porque además ser un spoiler está mal- sólo voy a contarles un aspecto del maravilloso mundo medina. En este caso, me gustaría que vean en qué pueden consistir algunos climax, es decir ese momento intenso que la narrativa clásica hace coincidir con la resolución de grandes peripecias, como cuando un protagonista boxeador gana una pelea, o el asesino malvadísimo es capturado por un carismático justiciero. En el mundo molina, el clímax puede darse en una escena, como por ejemplo, aquella en la que
está con su bebé en la casa de unos parientes, que parecen lejanos, en Avellaneda. Él y su mujer los visitan para que conozcan al bebé.
Es domingo, está presente esa modorra de la sobremesa con calor después del asado y de haber tomado algo de vino. Y, en un momento arranca esta conversación, que si hubiera sido escrita por otro narrador podría calificarse de trivial:

“Cuando se enteró de que yo era de Bahía Blanca, Ovidio dejó pasar unos segundos y me dijo que él conocía a una mujer que tenía un hermano que había jugado muchos años en Olimpo pero que ahora no podía recordar su apellido”.

Finalmente, el primo recuerda el apellido: Oviedo.
El narrador cree que se trata de un histórico jugador de los 80, pero no pueden comprobarlo si no saben el nombre.
“Ahora el problema lo tenía yo: con el nombre de pila podría llegar la confirmación definitiva de que nos estábamos refiriendo a la misma persona.”
Va cayendo la tarde, el bebé del narrador despierta llorando en una habitación, y el padre va a buscarlo: lo que sigue es uno de los tantos pasajes casi místicos que encontramos en el libro. Y un ejemplo más que ilustrativo de los tipos de climax del relato, y de los descubrimientos geniales que mueven la trama:
“Mientras caminaba al interior de la casa, tuve una especie de iluminación. Lentamente, como pidiendo permiso, vino a mi cabeza una música con sonido de AM que, durante casi veinte años, había estado durmiendo en un lugar recóndito de mi memoria: “Raúl Daniel Schmidt, José Ramón Palacio, Manuel Cheiles, Alfredo Aquiles Oviedo”...y casi al trote fui a alzar al bebé para volver sobre mis pasos.
-¡Alfredo Aquiles! Dije a los gritos, sin miedo al ridículo, cuando volvimos al fondo.

4) Cuestiones de clase y cuestiones de edad.
Como en otros textos de Molina, en los margenes pone el foco en lo cotidiano, hasta configurar una verdadera épica de las costumbres. Entre lo doméstico y los social, los escenarios, paradójicamente, le van a parecer al lector tan cercanos como extraños.
Lo que circula –y es troncal- es la sensación de extrañeza de quien no da nada por supuesto, ni siquiera el recuerdo evocado mil veces, pero, sobre todo, la rareza ante lo conocido está dada por que volvemos a verlo a través de un lente de un hiperobservador.
Esto crea dos fuerzas en pugna pero complementarias: Por un lado, esa extrañeza nos habla de la incomodidad del narrador con el mundo, y eso es, al mismo tiempo, lo que nos permite experimentar la maravilla que por tan notable y expuesta, se vuelve invisible hasta que Molina las rescata para nosotros a través de estas historias.
Asi sucede en las siempre distintas escenas que ocurren entre los padres e hijos, o entre madres y madres e hijos, entre adolescentes y ancianos en las plazas; y también en los colectivos urbanos, o en los espacios comunes de los edificios.

Y si a veces el narrador se torna crítico con quienes son y no son a la vez de su misma clase, también es crítico consigo mismo como en esta escena en que se ve una pelea leve entre vecinos en la pileta común de un edificio. Molina concluye:
“Familias de clase media (profesionales, pequeños empresarios, comerciantes o empleados con sueldos bastante más altos que el mío) que cuidan con extremo celo ese lujo clorizado y enlajado que, deben suponer, les otorga algo más que alivio pasajero ante el calor de la ciudad”.
Otra vez, la incomodidad. Pero a ver...Medina no salió de un repollo, ni vide dentro de un raviol. Podemos arriesgar que Medina pertenece a la clase media, que es padre, que forma parte de una generación. Pero estas categorías no implican su aceptación absoluta ni significa que él encaje del todo: esto no lo vuelve un renegado, porque precisamente sobre estas grietas, en este corrimiento, Molina construye literatura.

El cruce que decía, entonces, es todavía más complejo. Porque el narrador es impudoroso cuando mira a sus semejantes en sus acciones públicas o cuando se expone en público una dinámica familiar o tribal, ya sea en las plazas, o en supermercados chinos.
Hay una de tantas escenas que ocurren en un colectivo en la que cuenta que la mayoría de los pasajeros se hacen los desentendidos a la hora de ver a su mujer embarazada y cederle el lugar.
“-A ver si alguien le da el asiento a la señora de verde, que está embarazada- pidió a los gritos, y yo, aunque me sentí bastante contrariado con el término “señora”, tuve que girar el cuello para agradecerle con la mirada.” (más adelante, sutilmente, también se va a incomodar cuando un chico le dice “señor” a él)

4) El extrañamiento como ars poética

Y esa descolocación, sensación de extrañamiento, también está puesta de manera concreta sobre la representación. Pareciera que siempre hay un velo sobre lo real, una bruma de indefinición, un signo de pregunta:
“Por la noche, pasan las últimas imágenes del concierto de una orquesta sinfónica en el Monumento a los Españoles. Por la ventana puedo ver los fuegos artificiales en la pantalla reflejada por el vidrio, y, en simultaneo, esos mismos fuegos coloreando el horizonte” .
Intento de robo a la vuelta de la casa “Un móvil transmitía en vivo desde el lugar de los hechos. A través de la cámara el barrio se veía diferente al que yo podía ver desde la ventana, como si fuera el recorte amplificado de lo que es en realidad. Hasta los detalles más familiares se veían distorsionados”
Esa pequeña distorsión aparece en el propio texto. Y acá emerge otro aspecto de En los márgenes: por debajo nos sólo nos plantea la idea del mundo, sino un ars poética, un sutil programa estético.
Y con respecto a esto me gustaría subrayar que en este libro, la incomodidad con el mundo es la contracara del asombro. Y eso es lo que hace que el libro sea atrapante, que no se pueda dejar de leer, que nos divierta, y que nos emocione como sucede con el extenso relato de la paternidad, pero también cuando se narran torpezas de la infancia. E, incluso cuando se señalan cuestiones de la vida, que por evidentes y naturales no dejan de ser crueles:
En el cuento “Un padre de familia sin auto” se lee:
"1998
Una tarde de la semana en que cumplo veintidós años, encerrado a oscuras en mi cuarto con un ataque de migraña, tengo, por primera vez, una revelación que incentiva el dolor: la juventud no es infinita, algún día voy a ser viejo."

Para ir terminando quería decir que además de ser un libro sobre el paso del tiempo, todo está narrado desde una cercanía que busca afianzar una relación de amistad con el lector, sin hacer ningún tipo de concesión. Y a tal punto propone esta relación que, incluso, como un amigo, nos quiere hacer pensar, pero también sonreir y pasar un buen momento, y revelaciones importantes: propone incluso una teoría acertadísima de Bahía Blanca como ciudad tímida, y cómo esto se vincula con el fracaso de sus selecciones de básquet en la Liga Nacional. También hay una reivindicación que en lo personal disfruté mucho–la leí y pensé: claro, los porteños tenían 6 canales de televisión cuando nosotros apenas dos, y que transmiten pocas horas, algo que en la infancia envidiabamos mucho- pero gracias al texto de Molina no sólo me di cuenta de que los porteños no tenían semillitas de girasoles, sino que además, descubrí la relación de este simpático alimento con una forma de hacer literatura.


La verdad uno tiene pocas oportunidades de hacerse amigos, y mucho más, de que un texto nos llegue tanto y nos proponga esta sincera relación de amistad como hace En los márgenes. Y este, quizá, sea uno de los tantos hallazgos del libro.

hoy presentamos el libro de Ignacio Molina "En los márgenes"


un libro tan lindo
se presentan otros dos, que todavía no leí
¡Viva!
Iupi
qué bueno che

“Como hago siempre que no puedo dormir, traté de pensar en lugares tranquilos a esa hora de la noche. Por ejemplo: la cancha de de básquet de napostá, la cima de cierra de la ventana (...) una esquina desierta de la Paternal.”




daremos un taller aquí. En el flyer léase un correo al que solicitar más información

Dije que "El periodismo, como la literatura, alimenta un ansia egomaníaca"

Gracias a Jimena Arnolfi, autora de la nota para Miradas al sur, en la que me pregunta, sobre todo, por mi libro de cuentos Periodismo, editado por 17 Grises.

Entrevista a Sonia Budassi, autora de un libro de relatos que da cuenta de la profesión


¿De qué hablamos cuando decimos “la redacción”? ¿Sabías que alguien escribe las notas anónimas en los diarios? ¿Qué es un buen periodista? ¿Se puede llorar en los baños por miedo a perder el trabajo? ¿Tenés baño en tu trabajo? ¿“Esclavita” es un apodo simpático para la nueva o expone una nueva forma de ver el Trabajo?”, escribe Lucas Funes Oliveira en la contratapa de Periodismo (17grises Editora) el nuevo libro de ficción de Sonia Budassi. Escritora y periodista oriunda de Bahía Blanca, Budassi también es editora del sello independiente de narrativa Tamarisco. Su primer libro publicado fue uno de cuentos, Los domingos son para dormir, después llegaron los libros de crónicas de no ficción, Mujeres de Dios y Apache. En busca de Carlos Tévez. Periodismo empieza con el relato de una chica que llega a la ciudad para estudiar Comunicación y consigue una pasantía para trabajar en Telenoche junto a Mónica y César. Desolación. “El periodismo, como la literatura, alimenta un ansia egomaníaca, de divismo, de buscar fama, de practicar la autocelebración. Tenemos que estar atentos a esto todo el tiempo que entregamos una nota, una reseña, una entrevista: es riesgoso”, dice Budassi.


–¿Periodismo fue inspirado en una pasantía real?

–Es ficción, pero hay muchas cosas, obviamente no todas, que sí sucedieron durante mi pasantía en Telenoche. La regla era la desidia sostenida en la repetición de fórmulas que funcionan, y un cinismo y una subestimación de lo que ellos llamaban “la gente” aterradores. A mí me sirvió para saber que la producción de televisión no tenía nada que ver conmigo ni con lo que me interesaba. En aquel momento tenía muy idealizada la profesión, al punto de creer que, en la práctica, todo era inmaculado. Yo estaba más vinculada a los libros, y mi realidad pasaba por ahí. A pesar de que sabía que quería escribir sobre literatura, fue un shock muy fuerte porque creía que en esos espacios se podía contribuir a la construcción de la responsabilidad cívica, a comprender más al otro, y todas esas cosas que se pueden hacer desde los relatos mediáticos, sobre todo en este caso, en que el programa tenía un alcance masivo. Ahora se que todo es más complejo. Conocí a muchos buenos periodistas, y vi que la práctica del periodismo está atravesada por tensiones e intereses, por pasiones y preocupaciones éticas, por miserias y hallazgos.


–¿Qué mirada tenés respecto del sistema de pasantías?

–Son positivas en muchos casos, porque aunque te hagan hacer café, uno puede aprender cosas. Pero como en general la tarea del pasante no está objetivada, lo productivo de la experiencia está supeditado a que te toquen compañeros y jefes generosos, que les guste lo que hacen, que sean buenos en lo que hacen… si eso no pasa, bueno, puede llegar a ser desde aburrido hasta horripilante. Desde una perspectiva temporal, cuando se devaluan los salarios de los periodistas después de los años ’90, las empresas gustan de extender pasantías, o más bien, de pagar como si fueran pasantías a periodistas ya formados y que han hecho su experiencia. Hay pasantías perpetuas, se desvirtúa la expresión, y ya no responde al espíritu original que es el de tener primeras experiencias profesionales. Ante el miedo de quedarse sin trabajo, de no poder progresar en “lo que nos gusta” –una idea muy burguesa, como el periodismo– muchos lo toleran porque no les queda otra. También sucede que finalmente, sólo pueden soportar esos regímenes quienes tienen un ingreso económico por fuera del trabajo. El periodismo, de a poco, se va convirtiendo en un oficio para gente que tiene otras fuentes de dinero y lo practica por pura diversión. También muchos compran ese discurso de las empresas del tipo: “Tenés el privilegio de firmar –palabra clave– y de escribir acá”, la famosa retribución simbólica que alimenta el ego, las ansias de figuración, aunque no se pueda llegar a fin de mes.


–¿Qué le pasa a tu personaje?

–Está atrapado entre el cinismo y la propia burocracia. No sólo la burocracia del medio sino la personal, la de repetir las mismas prácticas, la automatización que le permite finalmente escribir en cualquier revista o sección. Lo que se dice un “personaje quemado”. Esa “autoburocratización” también es palpable en mucha gente, aunque sea especialista en un tema y trabaje, por decir, desde siempre en la sección economía. No sólo tiene que ver con lo inevitable, tener una serie de métodos de trabajo internalizados como sugiere la teoría de las rutinas productivas, sino con una falta de motivación que, en el caso del cuento, también es consecuencia de una política empresarial.


–¿En este sentido, la cadena de explotación en los medios se irriga con un doble discurso?" 

indescriptible
inenarrable
inefable

pero Paul ya nos quemó el gorro
poniendo en palabras
que no es posible no comunicar

y encima tenía ese apellido que si lo querés escribir,
lo escribís más y mal
pegate y decite vaslavic
pero escribí
Watzlawick
y te salta en el buscador un axioma
del que estaría bueno, siempre, o ponele cada tanto, desconfiar.

Sonia, melodrama y euforia. Un diario lateral del mundial

Hoy es un día especial (qué manera más cliché de empezar un post, perdón, pero estoy emocionada).
Para todos es especial, porque empieza el Mundial.
Para mí también, por eso, y porque tengo cable. Después de muuuuchos años sin tener, ahora tengo. Y, por primera vez, voy a escribir un blog durante el mundial. Y en el diario de bahía!
¿Cómo voy a hacer para cumplir con mis obligaciones?

Miren este pony hermoso que hizo Gustavo Pereyra.
Y leanme acá!! Gracias a todo el equipo de lanueva.com , que me ayudó a resolver el título, tira buena onda. Y que me hizo la propuesta, claro.

"Quizá mi obra produce tantos textos críticos porque no dice nada”-Entrevista a Mario Bellatin

Hace unos meses Ana Laura Rivara, autora de Canal Zonal (colección chapita-un libro que me gusta mucho) me había escrito un mail en que describía cierta cuestión de la recepción generalizada del autor, el proceso de lectura que tuvo ella, cosas que ponía en relación con esta nota.

Eso fue hace unos meses; ahora nos desfachatamos, y publicamos nuestra versión de lo que fuera la última nota """más importante""" que hicimos en el Suplemento de cultura de Perfil.

“No creo ubicarme en ninguna tradición”

Resultan inútiles “las disquisiciones habituales sobre la prolija lectura textual de la obra aislada” ha dicho Gabriela Esperanza en referencia a la producción de César Aira. La comparación entre el argentino y Mario Bellatin (México, 1960) es usual y funciona en tanto ambos generan libros cortos con una frecuencia que consterna la noción de novedad editorial. Pero mientras Aira ha dejado en el camino una serie de detractores, la postura frente a la obra de Bellatin aparece, casi siempre, como celebratoria. Sus novelas breves proliferan en editoriales independientes y es frecuente que dos o más títulos se lancen al mismo tiempo. Eterna Cadencia acaba de publicar el texto que el escritor leyó, performance mediante, en el FILBA, que comienza con una estocada autobiográfica, recreación permanente del autor en distintos textos, aunque en Los fantasmas del masajista se prive de dar explícitas señales de autorreferencialidad, de cultas citas apócrifas, y de reproducir la vocación copista borgeana.“Entre la cantidad de métodos a los que me acostumbro someter, en Brasil hago que me revisen el desequilibrio que me produce en la espalda, la falta de antebrazo derecho”, se lee. Si cada libro es la continuación de otro o la manifestación de uno arquetípico, quizá carezca de sentido hablar de la potencia que logra, escindido de otros recursos, esta pieza que narra las peripecias de un enfermero ante la muerte de su madre, una declamadora.

La sensualidad de lo hiperanalizable. La fuerza que emerge de sus declaraciones, sus performances y sus textos, se vuelve centrífuga y expansiva a la vez, produciendo un estallido de núcleos que, entre sí, se han vuelto material ineludible para críticos diversos. Si puede pensarse que la obra de Bellatin cifra, en sí misma, señales de lectura como migas de Hanzel y Gretel, caminos que pueden bordear y convocar la cualidad de lo hiperanalizable, sus respuestas destilan, por momentos, la misma carga de ambigüedad que habilitaría una hermenéutica múltiple y hasta contradictoria.

-¿Por qué creés que tu obra produjo tantos trabajos críticos?

-Quizá porque no dice nada. Es una mera plataforma desde la cual el otro se siente con derecho a construir lo que le parezca plausible.

-¿Podés arriesgar una hipótesis de por qué sucede esto especialmente en Argentina y Francia?

-No podría hacer una afirmación al respecto, pero me parece que ciertos sectores de esas sociedades no han perdido la capacidad de búsqueda, de asombro, y existe un gusto en el gesto por saber qué hay más allá.

Cada libro de Bellatin busca desviarse un poco del código que las convenciones más habituales señalan como típicamente literarios, incluyendo fotografías o ilustraciones que por momentos remiten a ciertos gestos de las vanguardias históricas y, en otros, a escritores como Sebald –suele hablarse, también de sus libros como un Patchwork, de su profesión duchampiana. El autor hace de la performance otra pieza fundamental en su producción. ¿Cómo dialogan estas manifestaciones? “No veo la diferencia”, señala. “Hacer una foto es escribir. Construir con un grupo de personas también lo es. Basta que lo decida para que suceda. El gesto antes que el producto”.

-¿Qué pasó con el proyecto de hacer un libro sin tapas? Se me ocurren referentes que quisieron experimentar con esa idea de obra colectiva, que se continúa en el lector.¿En qué tradición sentís que te ubicás en ese sentido?

-No recuerdo dónde quedó el manuscrito. En el archivo de la mac estoy seguro de que está, pero en mi cabeza se encuentra entreverado. No creo ubicarme en ninguna tradición, a veces hay momentos en que me siento coincidir con algunas ideas de otros, pero son situaciones, por lo general, pasajeras.

Aquel gesto de concebir un libro un poco al modo de Las aventuras del caballero Tristam Shandy de Laurence Sterne -que, dejaba espacios en blanco para que el lector completara la historia, recurso retomado en los 60- no es la única que ha proferido Mario Bellatin en relación a la deseada disolución de la figura de autor en pos, también, de contruir una escritura colectiva, como la operación de su Escuela Dinámica de Escritores, sobre cuyo método de trabajo dice: “Se trata, creo, de que todos participen en la creación de una obra en conjunto”

Pero, al mismo tiempo, el mejicano cultiva una fuerte figura de escritor, tanto en sus actuaciones públicas como en los guiños esparcidos en su literatura.

-En algunas de tus intervenciones (y en tus textos, en los que abundan guiños vinculados a tu biografía), parecés hacer hincapié en tu figura de autor. Al mismo tiempo, manifestás que trabajás por su disolución. ¿Es una paradoja aparente?¿Cómo pensás esta cuestión?

-Yo, como autor quiero estar y no estar presente al mismo tiempo. Y como persona pretendo lo mismo. Es por eso que muchas veces en lugar de autor presente estoy yo mismo, y como persona, en algunas ocasiones, está el autor.

-En algunas entrevistas has hecho referencia a momentos en que tuviste mayor o menor “vida literaria”. De hecho este año viniste a Argentina, participaste en el FILBA, en Estación Pringles y el lunes pasado presentaste el libro de un crítico argentino ¿Qué te aportan, entonces, estas actividades sociales y culturales?

-Realmente no mucho. Un gran cansancio eso sí…Pero no, mentira, me dan la confianza suficiente para saber que voy a seguir escibiendo. Son actividades que me reafirman en el hecho de escribir sólo para seguir escribiendo.

“Escribir sólo para seguir escribiendo”, la narración siempre distinta, siempre igual, en cada libro. En Los fantasmas…la narración tiene una manera de volver sobre sí misma; regresa al punto de partida, haciendo concientemente referencia a elementos ya dichos, repitiendo cierta información, como si fuera el estribillo de una canción, y también una forma ilusoria de que al narrador no se le escape la historia. Bellatin señala que, en su estructura, cada libro tiene autonomía y continuidad con respecto al resto. “En cada libro es diferente. En el caso de Los fantasmas…no se trata de una reiteración sino de nuevos puntos de partida para crearme la sensación de que estoy escribiendo un libro que no es uno solo”.

Sobre Jacobo el mutante, Alan Pauls señalaba la afición del escritor por narrar el continum que marca el tiempo del mito: el presente. Lejos de la explicación conceptual, Bellatin declara ahora que la elección entre utilizar un tiempo narrativo u otro depende de cuestiones más vitales: “El estado de ánimo que pueda tener cuando me enfrento a determinado trabajo. En el caso, por ejemplo, de La jornada de la mona y el paciente, tuve que escribir en tiempo real, por decirlo de algún modo, porque era el único modo de escapar a la angustia que sentía en esos momentos”.

Buen lector de sí mismo, eficaz y misterioso creador de paradojas –aunque no termine de admitirlo- con respecto a sus creaciones, Bellatin suma un dato más sobre la compleja ontología y praxis del ejercicio de la literartura cuando se refiere a sí mismo como lector.

-¿Qué textos te interesan, te atrapan?¿Cuáles te expulsan?

Me expulsan casi todos. Soy un lector horroroso. No lo era, pero a veces leer me produce la culpa de que no estoy escribiendo lo suficiente por sumergirme en un mundo ajeno. Eso sí, todas las primeras páginas de los libros que me llegan las tengo leídas.

RECUADRO:Por la circulación sin restricciones

-Has dicho un par de veces que notaste “algo raro que se despierta el dedicarte a la literatura” refiriéndote a la reacción que generó en tus padres tu vocación. ¿En qué sentido las reacciones son raras?¿tienen coherencia esas miradas externas con lo que sucede en realidad siendo escritor?

-Creo que son ideas que me persiguen, que creerlas me ayudan para seguir escribiendo, y eso es lo único importante.

¿Qué puntos de contacto tiene Los fantasmas del masajista con Autobiografía ilustrada de Mishima, que está por aparecer?

-El trabajo con las fotos hechas con una cámara de plástico o de madera. Que esas imágenes sean narraciones, y que permitan encontrarle nuevos sentidos al libro.

-¿Hay temas que no te animarías a narrar? ¿O no lo pensás en esos términos? ¿Cómo te convoca un asunto para que lo escribas?

-El tema aparece, y si me da la sensación de que será parte de determinada obra, por nada del mundo lo dejaría pasar. Acabo de publicar un texto llamado La nieta de hellmans, que parte de lo perfecta que me parece una frase semejante.

-¿Qué determina tu elección a la hora de ver por cuál editorial vas a publicar?

El mecanismo casi siempre es al revés. Por lo general son las editoriales las que me lo proponen, y trato de aceptar las solicitudes de las que, de alguna manera, tengan una alternativa a la manera tradicional- -es decir, que no funciona- de tratar a los libros.

-Habiendo publicado por tantos sellos supongo que tendrás alguna idea de cuál es el rol del editor, cuál debería ser, por lo menos desde tu perspectiva.

-El de no convertirse en un privatizador de la información, -como lo hacen algunos editores pegados a un modelo netamente comercial- sino propiciadores de que esa información llegue a quien deba llegar con la menor presencia de impedimentos de orden formal posible. Acabo de firmar un convenio con Cosac Naify de Brasil por medio del cual cualquiera tiene derecho a bajar Flores en portugués de la red sin ninguna clase de restricción.

Libros que no


Germán Noel Coiro y la maldad de los libros:

Además del catálogo de las cosas horripilantes que un libro malo es capaz de hacer con saña, en el blog pueden descargarse textos que estarían muy bien.

¡Dos días en Córdoba! (o en la vida literaria de)


Dos días en la vida de Córdoba literaria tendremos gracias a la generosidad y agite de la Editorial Recovecos. (con apoyo de su propia fundación "Acciones de bien")
Estaremos partiendo esta misma noche con una valija gigante que los cordobeses mirarán con recaudo, desconfianza y quizá temor especulando, por su tamaño, que voy con ganas y recursos como para instalarme.
Mas no, la valija contiene, sobre todo, libros. Y es aquí, en casos como éste, cuando comprobamos una vez más la promiscuidad de la edición independiente y de la lumpen: en la pesada valija conviven, no hay moral, libros de Entropía, de Tamarisco pero también casi que de La Funesiana.

La invitación fue así:
el viernes David Voloj (Autor del libro de cuentos "Letras modernas")
presentará Los domingos son para dormir

(el viernes 28 de agosto, a las 20hs. en "El Baúl" (Ayacucho 319, Córdoba, claro)



El sábado, tendré el honor de conversar con David Voloj nuevamente y con el escritor Pablo Natale, autor del celebrado libro de cuentos Un oso polar.

(si hacen click en ese último link (el que dice oso polar, sí) y van hacia el final de la página, verán que el desfachatado autor dice: "Quiero agradecer profundamente a: la joven y estúpida literatura cordobesa contemporánea" (...) para más luego agregar el nombre del prócer bahiense Emanuel Ginobili. El primer dato nos desconcierta, el último nos alegra. Preguntaremos sobre ambos y les contaré a quienes se queden en esta ciudad desquiciada.)
(sábado 29 de agosto, a las 19:45hs. en "Galileo" (Gauna 5700, Córdoba, claro)

(Yo pregunto por mail y por chat qué onda los escritores con el cuarteto y nadie sabe qué contestar.)

*los libros de tamarisco se consiguen en la librería del ciclista*
gracias en serio Recovecos y Entropía

la tercera es la vencida

ENTREVISTA A FOGWILL- por la reedicion de Vivir Afuera (publicada el domingo, en Cultura de Perfil; lo había entrevistado para el Suple el año pasado cuando Mansalva editó Los libros de la guerra, y antes en el Malba -tengo el audio, cada tanto aparece en el Ipod después de una que sabemos todos, un efecto raro) En esta no me decidí por el título; igual después pusieron una fuera de mis opciones:

“Vivir Afuera no le cambio una idea a ningún crítico”

“Si Vivir Afuera celebrara la democracia, daría risa”

“Ningún personaje es democrático”

“Debería haber podido insertar felicidad en Vivir Afuera”

¿A qué se dedicaría Saúl?¿Cuál sería el recorrido de Mariana?¿Con quien estaría transando el Pichi en el escenario post kirchnerista?¿tiene sentido pensarlo o la pregunta resulta demasiado lineal? Desde hace tiempo, en cada aparición pública, Fogwill se encargaba de defenestrar la primera edición de Vivir afuera, una de las obras que, para muchos, ha cifrado la década del 90 con mayor lucidez. Que la ilustración de tapa –una ruta con palmeras a los costados, sobre un fondo gris- no tenía nada que ver con la novela –“parece un afiche de ‘venga a Cancún que está nublado’”-que la diagramación del texto no era la convenida, que la distribución y la liquidación de las ventas no estaban bien. Los lectores pudieron constatar la ausencia de ese título en las librerías aunque, cada tanto, alguien alertaba de haberlo encontrado en un rincón de saldos de la calle Corrientes. Completando la serie de reediciones que vienen haciéndose de su obra –En otro orden de cosas, Un guión para Artkino, y sus artículos reunidos en el volumen Los libros de la guerra- acaba de aparecer Vivir Afuera. En el prólogo Fogwill afirma que la novela no envejeció y, ahora, cuando se le pregunta por los fundamentos por los que un libro se mantiene vigente, elige el contraejemplo para explicarse: “Si vos leés uno de esos libros de la desaparecidología, esos que se escribieron en los ochenta o un premio Clarín, te da la sensación de que es mucho peor que leer a Marco Denevi. Ni siquiera te digo que llego al extremo de decirte el factotum de La Nación, Mallea, pero sí ves el efecto de cualquier novela de los 50. Este libro, pudo apostar a algo que lo volviera viejo rápidamente. No seguiría vigente si fuera a la democracia lo que mi libro es al repudio de la democracia. Ningún personaje es democrático. Las chicas son fascistas. Y los que no son tan fascistas son, te diría, escépticos absolutos y nihilistas graves. Imaginate que ese libro hubiera sido escrito en los años de Alfonsín y que celebrara la democracia: daría risa. El triunfo de los derechos humanos, el juicio de las juntas, el país donde se estudia, se come…entonces sí hubiera envejecido. Lo mismo si sugiriera que el menemismo es lo peor que podría pasar. Pero este libro está sugiriendo que se vienen cosas peores”.

El misterio como estrategia. Vivir afuera funciona como una reescritura, bajo los efectos del neoliberalismo, de sus primeras intervenciones, aquellas que se preocupaban en señalar la continuidad entre la dictadura y la democracia no sólo en textos críticos sino en cuentos como Mis muertos punk, Ejércitos imaginarios o Pájaros de la cabeza, entre otros y también de Los pichiciegos –aunque, quizá, Vivir… no tenga la carga “profética” que Fogwill suele atribuirle a aquellos textos anteriores. “Sí. Es una reescritura… no sé si es conciente, pero me mantengo fiel a lo que pienso”.

Fogwill, sin necesitar subrayados –aunque reitere ciertas obsesiones- es un autor acertivo. Sin embargo, no responde de ese modo apenas se le pregunta qué no supieron leer aquellos críticos que, según escribe en el prólogo estuvieron “cada uno equivocado a su manera”. “No puedo responder eso, no lo sé. Si me dijeras que hubo uno que acertó te diría en qué se equivocaron los demás”, dice.

Parece una estrategia, querer plantar el misterio sobre una obra para que parezca inaprensible…

-Hay algo de eso, sí. A todos ellos les puede haber gustado el libro, etcétera. Pero a ninguno le cambio una idea. Y no son tipos imbéciles o hipócritas a los que el libro les haya cambiado la percepción de algo y después no lo quieran reconocer.

-La última vez que te entrevisté me dijiste que cada uno lee su espejismo mental cuando se enfrenta a una obra.

-Sabés que me parece que me equivoqué, porque Gandolfo no fue crítico pero tituló críticamente su reportaje, una nota cortita en Noticias. Puso como título “Lo sé todo”, cargándome, el mismo título que aquella enciclopedia. Pero era muy claro en Link, Schettini y Horacio Gonzalez que cada uno celebraba el halago o la palmadita o la franela que se le hacía a su doctrina. La reseña que menos me gustó fue la de Link. Porque no podía zafar de una condición aduladora. No digo que fuera un error de él, que fuera inauténtico sino que no podía zafar, él estaba escribiendo contra alguien que para mí que era Juan Forn, estaba escribiendo para enojarlo, a él o a Piglia.

-¡Como vos!

-(Risas)¡Yo vivo para atacar a Piglia!. Ahora me han dicho que su novela nueva es muy buena.

-¿Cómo hacés para zafar vos de aquel “espejismo mental” cuando hacés operaciones de lectura como aquellas en las que estableciste cierto canon?

-No siento que me pase pero siempre le temo a eso.

-Si los críticos no cambiaron con Vivir Afuera, ¿implica que creés en que la literatura tiene una capacidad transformadora?

-Si un libro no tiene la belleza de las grandes obras, como El Quijote, tiene que tener algo, sino no habría que haberlo hecho. ¿Qué puede conseguir un libro si no alcanza la belleza?

-¿En ese sentido falla Vivir…?

-Habría que escribirlo de nuevo, ¿no? Pero no tendría que existir el libro para escribirlo de nuevo.

Fogwill cita El despertar del nuevo día, relato de Hebe Uhart –quizá la única escritora a la que reconoce admirar en público- en el que “una viejita se cae y se golpea y la otra va a cuidarla. ‘No se me mueve de la cama que yo me ocupo de todo”, le dice la otra. Yo debería haber podido insertar “felicidad” –ponelo entre comillas que es una palabra de Sarlo esa-, una felicidad como esa en la novela. Pero no me dieron las pelotas, no me dio la lucidez para meterlo. Está rozada, hay una escena del Pichi en la casa donde hay una señora que es la que le cuida la pieza. Pero después si el tipo tiene alguna lealtad o solidaridad con el gordo del taller que es un cuadro de Aldo Rico, o con el cura o el pastor, eso se da en tanto comparten ideologías, no en tanto representen a lo humano. No hay nada humano ahí. Pero reconozco que no la vi. En segundo lugar me tranquiliza que ningún crítico la vio. Tercero, me amarga el hecho de que ahora que lo veo, no podría hacerlo.

¿Por qué no podés?

-Tiene que ver con la necesidad de escribir en contra como única manera de escribir. Pero de golpe, si uno pudiera pintar eso de Hebe Uhart…eso yo no lo puedo hacer.

-¿Qué ganaría la novela con eso?

Si tuviera eso, cerraría algo que en Vivir Afuera queda abierto.

-En algunas entrevistas de la primera edición reconocías cierta imperfección en la estructura de la novela.

-Yo había pensado en espacios entre bloques de párrafos y eso en general se cumplió; yo la escribí en la matriz de los libros que Sudamericana me había publicado, con los mismos espacios por líneas, y en una reunión con Chitarroni y Gloria Rodrigué, la dueña de la editorial y de Edhasa, me prometieron que el formato del libro iba a ser igual que los anteriores; eso daba 486 páginas. Primero, procuré que el 80 % de los saltos de texto, los saltos de bloque, fueran correspondiendose con saltos de página y los que no se correspondieran estuvieran en el medio. ¿Esto porqué? Por lo mismo que todos los libros que están escritos en bloque. Son los diez minutos que uno tiene talento para escribir, te fumás dos cigarrillos y tac. Terminaste uno de esos bloques de 1800 caracteres y sentís que ya te estas ahogando, ya perdiste oxígeno, te da hambre, etc, por eso los bloques de texto están cada vez más de moda. También hice algunos cifrados que ya perdí, una fecha de nacimiento, un número, los 69 se correspondían con actos sexuales, boludeces así, para divertirme. Para ahorrar plata también le pusieron un papel de diario y redujo en un 35% el tamaño de la tipografía.

-Me refería a la estructura narrativa

Sí, pero al cagarse en mi deleite de los ritmos que yo había logrado con los blancos y los negros de la tinta se me hizo más evidente que el libro no era El arte de la fuga de Bach.

-Pensé que te interesaba la falta de simetría.

Sí, me gusta, debe estar en el primer capítulo de En otro orden de cosas, donde lo digo; hay un pintor que trabaja con eso y me encanta pero no como algo no logrado.

-¿Qué expectativas tenés con la edición de El Ateneo?

-Todas las que tenía las cumplió. Me pagó, no mucha plata pero me pagó. Tengo la expectativa de que se agote rápidamente y me vuelva a dar esa suma. Cuatro mil ejemplares cash. Como estaba, Vivir Afuera era invendible en España. Tenía una tapa de cartulina de las de Tribunales, impresas con un sello de goma, no lo abrís. Pero este libro en España puede andar bien, no digo grandes ventas pero puede ser tapa de todos los suplementos conseguir críticas muy elogiosas como esas que suelen hacer los gallegos “por fin una obra que” y vender sus 600, 700 ejemplares, que está muy bien para un libro que no es para nada permeable para la cabeza española.

-¿Se tiene un poco idealizado el mercado literario español?

-Anda con una buena obra, un buen libro, con el libro de Diego Meret por ejemplo y para empezar Alfaguara, Sudamericana, Planeta, no se lo publican. Pero suponte que el tipo sea profesor de la facultad, o tiene un librito muy elogiado, le van a dar 1500 o 300 mangos acá; en cambio en España le darían 5000 euros y si puede vender igual que uno mío lo recuperan en un año. Cómo no lo van a idealizar, la belleza está determinada por el capital, que ordena que la relación euro peso sean mejores. Como contraparte, no entienden nada.

Fogwill señala que cuando Un guión para Artkino salió en España, a la semana generó 5000 referencias en Internet; hoy crecieron a 11000. Pero cuando uno entra en esas páginas, dice, no encuentra más que el texto de contratapa y la gacetilla de prensa. “No hay la menor discusión. La crítica española es completamente impune, ponen cualquier cosa.”

-¿Y cómo ves el estado de la crítica local?

Acá es mediocre pero no impune. Tienen miedo. Hasta el peor crítico de Pagina 12 tiene miedo de meter la pata cuando hace una crítica. Allá no tienen ningún miedo, están acostumbrados a seguir el poder de Prisa, el poder de Santillana, del Grupo Z, se cagan de risa.

En pocos días, Alfaguara lanzará un volumen con sus Cuentos Completos, que incluirá un relato inédito –en realidad, aclara Fogwill, ese texto debería haber salido por la Universidad Diego Portales, que “le pagó muy bien”- llamado Otra muerte del arte, que escribió en simultáneo con La gallinita mágica, el gallo de oro –aquel en que un padre le lee a sus hijos, otra vez una posible referencia a Piglia y su postura con respecto a la paternidad-, pero que, al encontrarlo el año pasado, corrigió un poco. “Con este libro trabajé casi tanto como escribirlo de nuevo porque reordené todo. Fuera de la cronología, intenté darle un ritmo”.

-¿Corregiste otros cuentos?

-Tuve problemas porque tenía muchas versiones diferentes, por las ediciones diferentes que salían en España, en Chile, pero ninguno es infiel a la primera version argentina. Yo escribi muchos libros que en realidad son truchos porque si te fijás, Mis muertos punk tiene tres cuentos que aparecen en Ejércitos imaginarios, que tiene cuatro cuentos nuevos que aparecen después en Restos diurnos, que tiene tres cuentos nuevo que aparecen en la otra versión de Muchacha Punk.

-En la última entrevista que te hice dijiste que no tendrías que haber publicado nada. Pero no sólo publicaste sino que reeditas. ¿Que libro no reeditarías?

Hace poco me compraron La buena nueva. Porque precisaba la guita. Vino la crisis y no la pudieron publicar, así que le devolví la plata y desarmamos la operación. Y ahora tendría que estar muy muy necesitado, y te llamaría a vos para que me prestes y si no me prestás vos tampoco, que sos la única persona a la que no cagué entonces tendré que venderlo de nuevo pero no me gustaría porque es un libro estropeado.

¿Por qué?

Porque ese libro salio original por Planeta; le faltan capítulos, por ejemplo, los de un personaje que se llama Lenin que era un gran amigo mío y que existía y que era librero. Además, cada vez que lo veo, siento la mano sucia de Juan Forn. Además está mi mano sucia, es un libro de mala fe que escribí contra Massera, pero hay algunos capítulos buenos que los voy a reciclar como relatos.

Estos fragmentos quedaron fuera de la charla. No tuve tiempo de desgrabar todo tampoco.

Sobre Busqued, Havilio y Meret y los fundamentos de lo que considera buena literatura
*En El país mencioné a Busqued, Havilio, Meret, esos tres que escriben libros verdaderos y no son talleristas para nada. No se ve la mano de Sacomano allí como si pasa en el libro de Laura Meradi, no hay vuelta de ellas ya hechas, si las hay, son de ellos. Tienen imperfecciones, pero quién no las tiene, ni hablar desde Proust. Esos 3 forman un bloque con Rafael Pinedo. Eso discutimaos con Cohen y Aira. Graciela esperanza no estaba de acuerdo. Tambien con Pablo Ramos, con quien no estaba de acuerdo nadie excepto yo, pero yo insisto en que es el más fuerte de todos".

"Porque no encuentro ninguna operación tramposa, ninguna aventura libresca, ningun amanecer titilante. ¿Captas?No aparecen rubias que fuman a la hora de la excitación sexual ni tipos de impermeables para crear una imagen de suspenso. Como en la ciudad ausente, que hay un tipo de impermeable que se llama Junior. No aparece nada de eso."

Sobre los redondos (¿?)

*"Porque salí con una ricotera, sabía los temas de memoria, cosa que casi nadie sabe, yo le decía no me cantes las letras, recitamelas, y eran todas una estupidez, El Indio es un genio, que magnetiza la voz, le gusta más el sonido, la palabra, que la sintaxis
Sobre Premio Indio Rico*
Indio puto lo llamo yo. Figurar con Leónidas en alguna lista me alcanza y me sobra, ya que no puedo estar con él en la de los grandes poetas.