La incomodidad como contracara del asombro

Copio algunas notas desprolijas que me sirvieron de base para presentar el libro de cuentos En los márgenes, de Ignacio Molina. Editorial 17 grises.
Cuando empecé En los márgenes de Ignacio Molina me dio tal entusiasmo, que cuando me puse a releerla, con las partes marcadas incluidas, me dije: uy, cómo hago, en la presentación me van a dar ganas de leerles todo el libro!
Así que, y también teniendo en cuenta los críticos que nos acompañan en esta mesa, voy a compartir con uds algunas notas sobre los tópicos y climas –porque en la literatura de Molina hay historias, personajes, pero también texturas y climas intensos- que fui apuntando durante la lectura, dejando mil cosas afuera.

1) El sentido común
En los 90 tuve la suerte o la desgracia de hacer uno de esos cursos de “control mental”, que daba consejos sobre cómo relajarse cuando tenés la cabeza muy acelerada, o te cuesta dormir. Una sugerencia, que todos los que íbamos confesabamos hacer, por sentido común, era lo de imaginar, para combatir el insomnio, un lugar bello y tranquilo. ¿Vos qué lugar imaginarías?
una Playa paradisíaca, un arroyo de aguas transparentes y tranquilas, un atardecer
Pero en el universo de molina, o de medina, el narrador de este libro, las cosas tienen otro valor, y suelen ser encantadoramente distintas al sentido común:
Leemos:
“Como hago siempre que no puedo dormir, traté de pensar en lugares tranquilos a esa hora de la noche. Por ejemplo: la cancha de básquet del club Napostá, una esquina desierta de la Paternal”.
Lo que atraviesa el libro es una mirada propia, distinta, sobre tópicos que nos resultan familiares. Sin efectismos, el libro de Ignacio logra quebrar nuestras expectativas sobre pequeñas cosas, rutinas, eventos cotidianos que podríamos haber vivido, en cualquier ciudad, cualquiera de nosotros.

2) El tiempo:
El paso del tiempo es quizá el núcleo o conflicto de este libro. A veces pareciera que En los márgenes es un texto de iniciación al cuadrado: hay pasajes del viaje iniciático del adolescente a Buenos Aires. Y después, el siguiente cimbronazo, es el de la adaptación al mundo del trabajo, de las responsabilidades familiares, de la paternidad, sobre todo eso: el paso de además de hijo, padre. La pregunta de la pareja del narrador que se va reiterando: ¿Como te ves siendo padre?
Por un lado, entonces, estos ciclos narrativos, a veces se condicen con ciclos vitales, y son definidos por estas experiencias de vida muy fuertes. Por otro lado, en estos ciclos intervienen también las marcas temporales propias del autor, desviadas, personalísimas. Como, por ejemplo. cuando antes de contar una acción, fija el momento histórico:

“Anoche, después del partido de Olimpo...”
Entonces, la marca temporal es una marca personal. Hay un tiempo biográfico propio pero es como si las estaciones existieran al interior de Molina: y esto no lo convierte en un narrador aislado sino que, por el contrario, vive integrado y susceptible al entorno, vive observando y cuestionando. Es más, podría decir que está incrustado, y problematiza desde ese lugar. Esto le brinda al texto dinamismo en el que, por ejemplo, salir a hacer las compras al supermercado chino, pueda llegar a ser una auténtica aventura, aunque esté contado con el estilo Molina: un tono austero, claro, preciso.
3) La trama:
Para no anticipar demasiado lo que Uds seguro leerán en breve –porque además ser un spoiler está mal- sólo voy a contarles un aspecto del maravilloso mundo medina. En este caso, me gustaría que vean en qué pueden consistir algunos climax, es decir ese momento intenso que la narrativa clásica hace coincidir con la resolución de grandes peripecias, como cuando un protagonista boxeador gana una pelea, o el asesino malvadísimo es capturado por un carismático justiciero. En el mundo molina, el clímax puede darse en una escena, como por ejemplo, aquella en la que
está con su bebé en la casa de unos parientes, que parecen lejanos, en Avellaneda. Él y su mujer los visitan para que conozcan al bebé.
Es domingo, está presente esa modorra de la sobremesa con calor después del asado y de haber tomado algo de vino. Y, en un momento arranca esta conversación, que si hubiera sido escrita por otro narrador podría calificarse de trivial:

“Cuando se enteró de que yo era de Bahía Blanca, Ovidio dejó pasar unos segundos y me dijo que él conocía a una mujer que tenía un hermano que había jugado muchos años en Olimpo pero que ahora no podía recordar su apellido”.

Finalmente, el primo recuerda el apellido: Oviedo.
El narrador cree que se trata de un histórico jugador de los 80, pero no pueden comprobarlo si no saben el nombre.
“Ahora el problema lo tenía yo: con el nombre de pila podría llegar la confirmación definitiva de que nos estábamos refiriendo a la misma persona.”
Va cayendo la tarde, el bebé del narrador despierta llorando en una habitación, y el padre va a buscarlo: lo que sigue es uno de los tantos pasajes casi místicos que encontramos en el libro. Y un ejemplo más que ilustrativo de los tipos de climax del relato, y de los descubrimientos geniales que mueven la trama:
“Mientras caminaba al interior de la casa, tuve una especie de iluminación. Lentamente, como pidiendo permiso, vino a mi cabeza una música con sonido de AM que, durante casi veinte años, había estado durmiendo en un lugar recóndito de mi memoria: “Raúl Daniel Schmidt, José Ramón Palacio, Manuel Cheiles, Alfredo Aquiles Oviedo”...y casi al trote fui a alzar al bebé para volver sobre mis pasos.
-¡Alfredo Aquiles! Dije a los gritos, sin miedo al ridículo, cuando volvimos al fondo.

4) Cuestiones de clase y cuestiones de edad.
Como en otros textos de Molina, en los margenes pone el foco en lo cotidiano, hasta configurar una verdadera épica de las costumbres. Entre lo doméstico y los social, los escenarios, paradójicamente, le van a parecer al lector tan cercanos como extraños.
Lo que circula –y es troncal- es la sensación de extrañeza de quien no da nada por supuesto, ni siquiera el recuerdo evocado mil veces, pero, sobre todo, la rareza ante lo conocido está dada por que volvemos a verlo a través de un lente de un hiperobservador.
Esto crea dos fuerzas en pugna pero complementarias: Por un lado, esa extrañeza nos habla de la incomodidad del narrador con el mundo, y eso es, al mismo tiempo, lo que nos permite experimentar la maravilla que por tan notable y expuesta, se vuelve invisible hasta que Molina las rescata para nosotros a través de estas historias.
Asi sucede en las siempre distintas escenas que ocurren entre los padres e hijos, o entre madres y madres e hijos, entre adolescentes y ancianos en las plazas; y también en los colectivos urbanos, o en los espacios comunes de los edificios.

Y si a veces el narrador se torna crítico con quienes son y no son a la vez de su misma clase, también es crítico consigo mismo como en esta escena en que se ve una pelea leve entre vecinos en la pileta común de un edificio. Molina concluye:
“Familias de clase media (profesionales, pequeños empresarios, comerciantes o empleados con sueldos bastante más altos que el mío) que cuidan con extremo celo ese lujo clorizado y enlajado que, deben suponer, les otorga algo más que alivio pasajero ante el calor de la ciudad”.
Otra vez, la incomodidad. Pero a ver...Medina no salió de un repollo, ni vide dentro de un raviol. Podemos arriesgar que Medina pertenece a la clase media, que es padre, que forma parte de una generación. Pero estas categorías no implican su aceptación absoluta ni significa que él encaje del todo: esto no lo vuelve un renegado, porque precisamente sobre estas grietas, en este corrimiento, Molina construye literatura.

El cruce que decía, entonces, es todavía más complejo. Porque el narrador es impudoroso cuando mira a sus semejantes en sus acciones públicas o cuando se expone en público una dinámica familiar o tribal, ya sea en las plazas, o en supermercados chinos.
Hay una de tantas escenas que ocurren en un colectivo en la que cuenta que la mayoría de los pasajeros se hacen los desentendidos a la hora de ver a su mujer embarazada y cederle el lugar.
“-A ver si alguien le da el asiento a la señora de verde, que está embarazada- pidió a los gritos, y yo, aunque me sentí bastante contrariado con el término “señora”, tuve que girar el cuello para agradecerle con la mirada.” (más adelante, sutilmente, también se va a incomodar cuando un chico le dice “señor” a él)

4) El extrañamiento como ars poética

Y esa descolocación, sensación de extrañamiento, también está puesta de manera concreta sobre la representación. Pareciera que siempre hay un velo sobre lo real, una bruma de indefinición, un signo de pregunta:
“Por la noche, pasan las últimas imágenes del concierto de una orquesta sinfónica en el Monumento a los Españoles. Por la ventana puedo ver los fuegos artificiales en la pantalla reflejada por el vidrio, y, en simultaneo, esos mismos fuegos coloreando el horizonte” .
Intento de robo a la vuelta de la casa “Un móvil transmitía en vivo desde el lugar de los hechos. A través de la cámara el barrio se veía diferente al que yo podía ver desde la ventana, como si fuera el recorte amplificado de lo que es en realidad. Hasta los detalles más familiares se veían distorsionados”
Esa pequeña distorsión aparece en el propio texto. Y acá emerge otro aspecto de En los márgenes: por debajo nos sólo nos plantea la idea del mundo, sino un ars poética, un sutil programa estético.
Y con respecto a esto me gustaría subrayar que en este libro, la incomodidad con el mundo es la contracara del asombro. Y eso es lo que hace que el libro sea atrapante, que no se pueda dejar de leer, que nos divierta, y que nos emocione como sucede con el extenso relato de la paternidad, pero también cuando se narran torpezas de la infancia. E, incluso cuando se señalan cuestiones de la vida, que por evidentes y naturales no dejan de ser crueles:
En el cuento “Un padre de familia sin auto” se lee:
"1998
Una tarde de la semana en que cumplo veintidós años, encerrado a oscuras en mi cuarto con un ataque de migraña, tengo, por primera vez, una revelación que incentiva el dolor: la juventud no es infinita, algún día voy a ser viejo."

Para ir terminando quería decir que además de ser un libro sobre el paso del tiempo, todo está narrado desde una cercanía que busca afianzar una relación de amistad con el lector, sin hacer ningún tipo de concesión. Y a tal punto propone esta relación que, incluso, como un amigo, nos quiere hacer pensar, pero también sonreir y pasar un buen momento, y revelaciones importantes: propone incluso una teoría acertadísima de Bahía Blanca como ciudad tímida, y cómo esto se vincula con el fracaso de sus selecciones de básquet en la Liga Nacional. También hay una reivindicación que en lo personal disfruté mucho–la leí y pensé: claro, los porteños tenían 6 canales de televisión cuando nosotros apenas dos, y que transmiten pocas horas, algo que en la infancia envidiabamos mucho- pero gracias al texto de Molina no sólo me di cuenta de que los porteños no tenían semillitas de girasoles, sino que además, descubrí la relación de este simpático alimento con una forma de hacer literatura.


La verdad uno tiene pocas oportunidades de hacerse amigos, y mucho más, de que un texto nos llegue tanto y nos proponga esta sincera relación de amistad como hace En los márgenes. Y este, quizá, sea uno de los tantos hallazgos del libro.

1 comentario:

Crespi dijo...

Encantadora, como siempre!
Besos