La salvaje seducción de la paranoia

Sobre Yo, yo y yo. Monodiálogos paranoicos
Autor: Juan Filloy
Otras obras del autor: Caterva, Karcino, Gentuza
Editorial: Cuenco de Plata

El título del libro responde, una vez más, a la obsesión del autor cordobés por nombrar cada pieza de su prolífica obra con palabras que sumen siete letras. Pero es la bajada, Monodiálogos paranoicos, lo que nos acerca al preciso mecanismo de seducción que pone en marcha desde las primeras páginas. Divididos en capítulos –"Yo y el arquitecto", "Yo y Walt Disney", "Yo y la Madre Patria"...– los diálogos que componen el libro se desatan con una interpelación a otro que sólo logrará acentuar la obstinada capacidad argumentativa del "yo".
Juan Filloy parte de los protocolos del diálogo para llevarlos al límite y contagiar al lector de un humor exasperado. Cada relación, forjada por una tradición dialógica –cura y secretario eclesial; psicoanalista y paciente; una sesión deliberativa– es llevada hasta las últimas consecuencias, y suele desembocar en el quiebre de la comunicación. Los oradores buscan imponerse desde la desesperación, la incomodidad con el mundo, el rechazo a un sistema, el desprecio por una cosmovisión, y la voluntad de alcanzar un objetivo tan delirante como necesario a través de un aparato oral híper construido. La erudición y la desfachatez, los neologismos, el lunfardo y la hipérbole –sellos del autor– atraviesan la pasión de cada protagonista. Rebeldes, los personajes se valen de distintos tópicos para rearmarse, entre la anarquía y el orden, frente a sus interlocutores.
Filloy –que escribió el libro en los 50– burla y desdibuja; recrea y aguijonea las contradicciones de diversas doctrinas. Y se divierte al extremar las superficies discursivas que esconden otras realidades. La crítica en Filloy es un ejercicio lúcido y travestido con los discursos del "enemigo". El ensayo como método, los modelos teórico-ideológicos, la historia como herramienta de la política, Walt Disney y el imperialismo cultural, el Soviet y sus exquisitos métodos de persuasión, la ferocidad mística de la teología de la liberación, el desorden urbano de las grandes capitales y la serialidad como medida de producción y consumo son los pliegues que se tejen por debajo o por encima del texto.
"Usted desea construir una casa ¿no?", pregunta el arquitecto. La respuesta es: "Yo deseo una vida sin mermas ni limitaciones." Los extravagantes pedidos suelen exceder al profesional interpelado; el deseo que se argumenta y se sostiene con ferocidad esconde demandas de otro orden y vuelve inútil la razón de ser del profesional. El personaje pide: "No se masifique", y exige: "Prescinda de las ideas hechas de cuadra, manzana y ciudad". Filloy confronta la soberbia del progreso moderno y juega con un lugar común del actual discurso ecológico bien pensante: "La paradoja de avanzar hacia el futuro, cuando en realidad se retrocede hacia la animalidad", señala y así va fundando, capítulo a capítulo, una metacrítica ingeniosa y lúdica. En Yo y los anónimos, la voz del monseñor se aleja de la ortodoxia para parodiar la política: "Debemos practicar el insulto directo, como León Bloy, y la furia solapada del maquiavelismo político", afirma para volver a insistir en que "no hay que ahorrar ninguna maldad que persuada, ninguna ignominia que convenza".
Como un niño que desarma un juguete para ver qué hay en su interior, Filloy desglosa con soltura significados atribuidos previamente, exprime la anécdota y la palabra (por ejemplo, deduce que si vocablos que connotan maldad terminan en "aña", como cizaña, lo mismo vale para España). En Yo y la Madre Patria retoma con ironía los tópicos del siglo XIX de civilización y barbarie al tiempo que anticipa postulados indigenistas: "Frente a la caballería antigua con magnanimidad quijotesca, la conquista de América constituye el ejemplo más ruin de la caballería del oprobio".
La fuerza de cada capítulo reside en la seguridad de quien habla. Hay, incluso, frases que pueden leerse como aforismos: "Cuanto paraliza la mente del imbécil es deleite del culto" o "Resulta paradojal no reclamar más que la verdad sin prostituirse". Pero detrás de aquella confianza, Filloy deja claves para sobrevolar –sin ingenuidad– la seducción del colorido flujo de argumentaciones. Si en Yo y la oratoria, la operación es casi obvia, los capítulos anteriores señalan aspectos sutiles que funcionan como un sello autorreferencial: "Me pudren los tipos atrabiliarios de su calaña, que discrepan con todo, por pasión, no por razonamiento". Si para Filloy ya no cabe el mito de autor "oculto" es, en parte, por la tarea de reedición de las publicaciones privadas originales. Cuenco de Plata nos acerca esta obra deliciosa, editada por única vez en 1971. "Anhelo sólo que la obra se adapte a mí", dice un personaje. El concepto puede aplicarse a Yo, yo y yo, un libro exquisito, de género irreductible y genial.

(publicado en el suplemento de Cultura de Perfil, Buenos Aires)

3 comentarios:

el espacio real dijo...

...no lei nada de filloy. deberìa empezar ¿no?...

Sonia dijo...

Sí, esta bueno. Este libro es bastante raro, pero las novelas son interesantes tambien.
Saludos, bahiense!!

Ruy Guka dijo...

No-lo-conocia.-Ojala-lo-pudiera-leer.-Si-me-da-tiempo,-claro.-(Mi-tecla-de-acentos-no-sirve,-tampoco-mi-barra-espaciadora).-Tengo-por-leer-cuatro-obras-pequeñas-de-musil-y-otras-cosas.