mi pequeño oasis pequeño burgués



PLACERES MUNDANOS
(LO QUE CUESTA UN BOLETO DE COLECTIVO Y LLEGAR A ALGUNOS LUGARES)
por editorial tamarisco. publicado en revista no retornable
Cuando empezamos con el sello Tamarisco conocíamos a muchos narradores inéditos (como nosotros) que, en muchos casos, sólo veían posible “su Futuro”, “su Carrera”, “su Trayectoria” con la visibilidad mediática de un Federico Andahazi, escritor exitoso y laborioso y mediático que nos cae muy bien o como Echarri (las chicas: Celeste Cid) después del éxito de Montecristo. Leían, sí, eso sí que leían: autores premiados con acento europeo que nosotros también leímos y en ciertos casos disfrutamos, pero ellos soñaban con el gran premio millonario, con la editorial que invierte en gigantografías con el cuerpo del “Escritor Novel” en las librerías más importantes del Mundo, París, Londres, New York, con una tirada en miles, sin siquiera pensar que no todos se llaman Federico y que quizá el libro premiado o de la Gran Editorial terminaría vendiendo una milésima parte (la literatura, se sabe, no es la televisión; hay libros que no leen los editores de los Suplementos culturales ni de las revistas del corazón; hoy, parece, la verdadera curiosidad crítica está en la web). Pero ellos igual, querían todo eso o si no nada. Entre la torpe ingenuidad y la desmedida ambición imaginaron su libro como los de los “Grandes Grupos” y a partir de ahí, el ansia y la sospecha: en algunos casos parecía que más que “la literatura”, les interesaba cierta fantasía de lo que, muy muy pocas veces sucede alrededor de “la literatura”. Y mientras hablábamos con estos ambiciosos jóvenes inéditos, leíamos que Alan Pauls advertía en alguna entrevista algo así como que los narradores son más pretensiosos que los poetas. ¿El señor Pauls, esa vez, tenía razón? Muy pocos de los ambiciosos inéditos pensaban que para ellos una edición de 300 ejemplares podía llegar a ser digna. Mucho menos una distribución que no incluyera las más sofisticadas estrategias de marketing masivo; aunque cueste la comercial intrusión en la manufactura del texto. Había muchos a los que el proyecto Tamarisco les parecía una cosa de nada, banal (¡y en eso quizá tengan razón!). Pero tampoco vamos a ocultarlo: vimos el último estertor de la poesía de los 90, observamos sus circuitos, su “proactividad”, su empeño en publicar y hacer circular obra como sea, cuando sea, en todo momento oral, fotocopiado, impreso o de precarios y potentes websites; vimos el sedimento de sus discusiones, de sus peleas, de su maravillosa o triste producción. ¿Y entonces? ¡Oh! ¡Claro que no todos los narradores cumplían con la consigna de Pauls ni con la de los jóvenes ambiciosos de fama fortuna y poder! Había muchos otros como nosotros (la rima es involuntaria), con todo el error, toda la miseria y pedantería, pero también con ganas, que apostaban a la apuesta (la redundancia es a propósito; hiperbólica). Más deseo de ensayo y error, búsqueda y debate crítico que de fotos y números torpemente calculados por el promedio prestigio-ventas-tirada-aparición en la revista dominical. Porque no nos rasgamos las vestiduras sino que celebramos las estrategias, las contratapas de todas las editoriales grandes y prestigiosas y comerciales de Argentina y del mundo. Pero celebramos mucho más que proyectos como el nuestro y sus escritores, con otras preocupaciones –excluyentes y también complementarias- y una mirada crítica al interior de nuestro sistema literario, puedan existir.¿Outsiders? Reinvertir, reinvertir, reinvertir“Editorial independiente”. Tal vez era más fácil de decir, tal vez más simple, tal vez muchos tuvieran en mente una definición muy clara al respecto, lo cierto es que aunque repetimos desde el principio (como un mantra) “Tamarisco es un proyecto editorial autogestionado”, rápidamente caímos bajo el brazo todopoderoso del término independiente. Entonces: hagámonos cargo. Que vivimos en un sistema capitalista ya lo sabemos todos. Que quien inicia un proyecto fantasea en algún momento con recibir una remuneración por eso, también. Que ya está naturalizado el hecho de que cualquier proyecto basado en la autogestión (sea en Buenos Aires, o en Córdoba, o en Bahía o en Neuquén) no da réditos monetarios (no al menos al corto plazo): ¿hace falta decirlo? El tema es ver cuántas otras naturalizaciones encubren los términos, porque “independiente” engloba proyectos tan disímiles desde la base, que es interesante, al menos, pensar en esta categoría para definir de qué forma está siendo utilizada. Independiente: ¿con respecto a qué? Uno puede decir independiente con respecto al mercado, pero sabemos que no es cierto. En distintos grados, todos apuntamos a un mercado. Distinto a lo mejor que el mercado al que apuntan las “grandes editoriales”, pero mercado al fin. Si lo que queremos, lo que repetimos, lo que intentamos hacer es difundir voces nuevas, necesitamos de un mercado que las consuma. Puede ser simbólico, sí, tal vez en esta etapa prioricemos la llegada a los lectores antes que la ganancia y de ahí la decisión de subir a PDF nuestros dos primeros libros, disponibles para quien quiera en el blog de la editorial (“eso es amor al arte” nos dijeron varios colegas al enterarse del gesto) pero lo cierto es que para poder seguir editando necesitamos dinero: sin ley de mecenazgo, sin millones en el banco, sin una Victoria Ocampo que quiera apostar a nosotros, la única vía posible es, otra vez, el reducido circuito mercantil al que podemos aspirar para reinvertir, reinvertir, reinvertir (los eventuales subsidios estatales no son eternos, señores). Por eso habría que afinar un poco los términos y plantear que la independencia, a lo mejor, pasa por otro lado. A lo mejor tiene que ver con la posibilidad de apostar sin condicionamientos. ¿Qué va a pasar? ¿Van a subir las ventas si tocamos un tema “escabroso”? ¿Quién va a decirnos algo si el desenlace “no se entiende”, si el lenguaje es “complicado” si la simpleza es “excesiva”? Tamarisco es justamente eso: espacio de experimentación y de apuesta, germen, es la libertad del ida y vuelta, la devolución a conciencia, el compromiso tanto nuestro como de nuestros autores donde el único condicionamiento, por ahora, pasa por editar algo con lo que todos estemos conformes desde un nivel literario y estético.
Viajar en Colectivo.
Hace poco, un amigo escritor nos contaba que ante su pregunta por referencias urbanas después de retirar unos libros en un sello importante, la editora le dijo que no viajaba en colectivo desde hacía cinco años y que por eso no podía ayudarlo. Nuestro amigo dijo: ellos no viajan en colectivo, ustedes no tienen ni para el bondi. La anécdota sirve para bosquejar algunas líneas que nos permitan pensar de qué hablamos cuando hablamos de independencia. En este sentido hay dos puntos que tienen que ver con el futuro de Tamarisco y que nos gustaría desarrollar. Si bien es cierto que pensar la independencia por fuera de las relaciones de mercado es una ingenuidad, decir que somos una editorial “de nicho” también es un error. Que los compradores de nuestros libros constituyan lo que en el lenguaje del marketing se denomina “nicho” es un efecto colateral y no deseado del trabajo que hacemos quienes de una u otra manera conformamos la editorial. Eso significa que Tamarisco no es una empresa: ni legal ni impositivamente, ni desde los objetivos que persigue. Si en algún momento Tamarisco llega a proporcionar ganancia, o si en algún momento en este país llega a existir una política cultural que vaya más allá de ciertos subsidios hoy inexistentes, son cosas que, más allá de nuestras sospechas pesimistas, no pueden preverse. Pero la independencia también pasa porque ni los subsidios ni la ganancia determinen las decisiones que se toman al interior de las editoriales. Existen editoriales “independientes” –que quintuplican la estructura de Tamarisco- que subsisten en base al mecenazgo privado o estatal. Otras, consiguen publicar autores que poseen algún tipo de “mercado cautivo” (pocas veces mayor a los 300 ejemplares) basado en la legitimidad otorgada por instituciones como la universidad o los suplementos culturales en base al capital social de quienes las dirigen. Otras funcionan gracias a que habilitan la circulación de fondos de origen más o menos oscuro. Otras son caprichos soñados en euros por la nostalgia progresista de bellas almas bienpensantes. Todas, por lo general, publican material interesante que sabe encontrar lectores y, en el mejor de los casos, generar lectores nuevos. Sin embargo, son pocas las que ponen entre paréntesis el concepto de editorial como un agente que actúa desde el anonimato porque su objetivo central es la conquista de un público anónimo. En nuestro caso, en el caso de Tamarisco, y por citar algunos casos también podemos mencionar a la Funesiana y a Carne Argentina y quizá también La Creciente (Córdoba) o Barricada (Bahía Blanca), la apuesta es diferente. La editorial es pensada antes como un espacio de encuentro y de generación de comunidades de lectura que como una industria cultural. Nos interesa la trayectoria de cada libro que imprimimos o que colgamos en PDF en nuestro blog: nos interesa conocer a los lectores, y, si se puede, conversar con ellos, elogiarlos, discutir, decirles que no nos gusta como leen o dejarles comentarios que les molesten o les suban el ego a las nubes. Si de manera algo pomposa Mario Bellatin decía que su escuela de escritores funcionaba como una instalación artística, nos tienta la idea de pensar a Tamarisco como un intersticio social. Es por eso que somos cuatro, pero frente a cada libro que sale somos muchos más. Porque los autores a veces cofinancian la impresión y siempre participan del proceso de edición, porque Carla Gnoatto, nuestra diseñadora, tiene voz y voto, y porque mucha gente, muchos amigos y desconocidos, nos ayudan con cada libro. Porque intentamos pensar a nuestro blog, Hojas de Tamarisco, como una superficie de producción de sociabilidad – y con énfasis, no siempre bien logrado, de crítica-, no sólo entre nosotros cuatro, que muchas veces disentimos, sino también con otros blogs que nos gustan y con cualquiera que se interese por lo que hacemos o que quiera mostrarnos lo que hace. Una suerte de tecnología de la amistad y de la discordia que también da sus frutos en lecturas en vivo, intercambio de materiales y de libros, de recursos, de saberes, y también, hay que decirlo, de estar juntos porque sí. Un espacio lúdico a la sombra de la Gran Literatura y del Mercado, o como dirían algunos, un oasis pequeño burgués. Donde hay grandes egos, discusiones y discrepancias, pero donde también hay amor por la escritura y generosidad. Por último, queremos resaltar la importancia de la puesta del cuerpo de los editores para el funcionamiento de este tipo de editoriales independientes. En general, en las editoriales como la nuestra la prensa y la distribución se hacen de manera personalizada, de librería en librería, al igual que todo el trabajo que implica el proceso de edición. Esto significa que el tiempo de “ocio”, que también podría ser pensado como tiempo para el desarrollo de nuestra escritura (todo este contertulio gratuito salió porque los cuatro escribimos), se invierte en la gestión editorial. Pero, por suerte, hay amigos y autores que nos ayudan. Así que viajamos en colectivo, y cada vez la pasamos mejor. Los 80 centavos los “casi pagan” las editoriales grandes: mucho menos que una conclusión¡Oh, amigos, Capitanes! Algo que quedó viejo: libro que no se distribuye no existe, que en los ‘70 estaba bien, y quizá en los ’80, pero que con los años y las caídas de ventas y de lectores sufrió, en tanto dogma, al menos dos transformaciones:1- libro que no se publicó en editorial (al menos en editorial más o menos), no existe. 2- libro que no se publicó (como sea) no existe. Y agregamos un tercer momento, para los jóvenes del futuro (que ya llegó): ¿qué era un libro? Está claro, siempre hablamos de libros de literatura (¿qué era “literatura”?). Y a los libros de literatura, lo único que les queda, parece ser el mentado “prestigio” que las editoriales grandes enarbolan como base moral de su gestión comercial. En definitiva (y en el mejor de los casos): un “uso” de la literatura con el que (más allá de las “intervenciones” en la edición) no estamos de acuerdo. Y no estamos de acuerdo porque, como dijimos, antes que editores somos escritores y antes que escritores somos lectores: doble barrera para no dejarnos llevar por lo que le es útil a una editorial grande pero que dudamos le haga bien a los escritores (que de última tendrán su prolijo libro publicado, y hasta un adelanto que, en la relación horas laborales-monto, es menos que una limosna, y no sabemos si cubre los viáticos), y mucho menos bien a los lectores. Y esto no es combativo (qué lástima). Es casi sentido común. Casi ni vale la pena, Capitanes, porque todos somos, ¡oh!, ¡sí!, ¡Capitanes!

3 comentarios:

el espacio real dijo...

...inspiradoras palabras, veramente...

Ruy Guka dijo...

De capitán a capitán, coincido con tus palabras. Está difícil todo esto. Ni modo. Aunque me desilusione.
La forma en que describes el trabajo de tu tripulación suena honorable.

Sonia dijo...

gracias chicos por pasar por acá. Saludos