Diarios de trabajo, cuadernos de una revolución


Sobre Cuaderno de Notas de Chejov, y Días malditos (diarios de una revolución) de Iván Bunin

Una vez, el crítico George Steiner contó en una entrevista que recibió el llamado de un alumno en su casa. Se notaba que el joven llamaba de larga distancia; interferencia, la voz algo agitada. El estudiante acababa de terminar Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievsky, y sentía una tristeza enorme. Llamaba para encontrar consuelo en su maestro.
A pesar de la distancia entre idiomas como el español y el ruso, la literatura de ese país, desde Tolstoi a Chejov o Bunin, genera una impresión de cercanía, una punzante molestia, una oscura identificación pero, sobre todo, tiene la virtud de contagiar la honda ferocidad de la existencia. Aún ante experiencias históricas y paisajes divergentes, una cultura y una dimensión del ser nacional con raíces más que distintas, ante cualquier traducción más o menos cuidada, las obras rusas pierden su efecto de bruma lejana y se tornan vívidas, interpelantes para el lector local.
Casi en simultáneo, acaban de distribuirse en la Argentina dos libros que parecen haber sido concebidos como un mismo relato paralelo y continuado, un camino para acercarnos a Rusia desde dos ángulos encrespados, uno más bien áspero, el otro fríamente aterciopelado; uno austero, el otro furibundo, sobre el período prerrevolucionario y revolucionario; sobre la posibilidad de la literatura en tiempos revulsivos; dos rarezas, dos escritores con voces personales narran en notas sueltas al hombre ante el cambio y la tradición.
Por un lado, Cuaderno de notas (La compañía), de Anton Chejov; una selección del material en bruto del autor de El jardín de los cerezos, escrito entre 1891 y 1904, el año de su muerte. Por otro lado, Días malditos. (Un diario de la revolución) (Acantilado) de Iván Bunin, el que resultó ser el primer ruso ganador del Premio Nobel, cuando corría el año 1933. Los dos escritores se llevaban diez años de diferencia –Chejov era el mayor– y fueron grandes amigos, como lo muestra su correspondencia. Bunin dijo de él: "Les digo honestamente que conocí otra gente tan sincera como Chejov, pero no me acuerdo de haber conocido a alguien tan sencillo, tan enemigo de toda afectación, de toda frase altisonante, como él". La amistad no sólo fue literaria, sino íntima; las opiniones de Bunin con respecto a Chejov son, sin dudas, las de un confindente. Cuando contrajo matrimonio con la actriz Olga Knipper, Bunin escribió, sabiendo la dificultad de Chejov para relacionarse con las mujeres, su aversión al compromiso y sabiendo que la relación del matrimonio fue, sobre todo, epistolar, que su decisión de casarse había sido "un suicidio peor que Sajalín". Chejov viajaba constantemente buscando el clima que lo ayudara a apalear su tuberculosis, y murió joven, a los 24 años. Iván Bunin vivió la mitad de su vida fuera de Rusia, y murió en 1953.
Versión borrador. Cuaderno de notas, como afirma acertadamente Leopoldo Brizuela en el posfacio, no es un "diario a secas". Heterogéneo y multiforme, el libro compila anotaciones de distinto tipo, dispuestas en pequeños párrafos o apenas una oración. Con un latido persistente, y algún moderado (chejoviano) golpe narrativo de efecto, contienen desde observaciones sobre sus viajes a reflexiones al modo de aforismos pero también diálogos y análisis sobre Rusia y su gente, descripciones ("Una mujer encinta, de brazos cortos y largo cuello, ¡qué parecida a un canguro!") y nombres propios para personajes y fragmentos de escenas de sus obras. Cuaderno de trabajo, pero también registro de necesidades materiales, hay, incluso, listas de cosas para comprar, de deudas y citas pendientes: "El 21, concierto de órgano en la catedral de San Esteban"; "Debo a Suvorín 16 guldens"; "1 camisa, 1 camisón, 2 pañuelos y un par de calcetines".
Son años previos a la revolución, y el libro descubre la fisonomía de ciertos personajes de ficción pero también, de vez en cuando, la del propio Chejov. Los fragmentos vibran en una sintonía compleja, con pesados aires de verdad. "Los hipócritas ordinarios aparentan ser palomas; los hipócritas de la política y de la literatura, águilas. Que su aire inquilino no te intimide. No son águilas, sólo ratas o perros".
Observador sensible y austero, desfilan por aquí personajes que evaden el arquetipo para entrar en la descripción particular, en el vínculo conflictivo de su condición social, humana y relacional, miserables o justos, sean campesinos, comerciantes, funcionarios, nobles, "el extermidador de chinches" o artistas. El mundo de la familia está expuesto con la tibia ambigüedad de lo inevitable, y por eso mismo, envuelto en una tragedia plagada de silencios más que de exclamaciones. A Chejov le basta con nombrar un personaje por su vínculo: "El hermano escribe para el pueblo". O "la cuñada", "el huérfano", "la madre", la "esposa". Como en sus relatos, la virtud se presenta en la situación in media res, especulaciones tempranas, situaciones inconclusas que hablan de una historia mayor, casi siempre levemente opresiva. "El funcionario, al que habían tratado de imbécil, decía a su mujer que el deber está por encima de todo, que la vida familiar es un deber, que hay que ahorrar, que un centavo llama a otro centavo, y así sucesivamente."
Una noción de justicia a contrapelo, denuncias tácitas de una realidad aún hoy vigente, muchas de sus observaciones giran en torno al dinero. Dice que alguien gana "de 25 a 50.000 rublos", pero que aún así se suicidó por razones económicas. Y luego: "Cuando alguien se proclamaba en contra del dinero, contra el interés, contra el lucro, creía escuchar sólo sandeces, divagaciones de hombres que no quieren trabajar. Ser pobre y no tener nada que perder es más fácil que ser rico. Sí, pero entonces ¿qué?". El tema es recurrentes en escenas y en aforismos. "Hazte amigos de injusta riqueza, reza el proverbio, porque la riqueza justa no existe ni puede existir". Placentero y multiforme, lo que depara la lectura de Cuadernos... es una fruición análoga, casi un continuum –de recursos, imágenes y personajes– de la ficción del "maestro del relato breve".
Cerca de la revolución. "Si la humanidad ha llegado a concebir la historia como una serie de batallas, es porque antes consideró que la lucha era esencial para la vida": la frase de Chejov sirve de preámbulo para abordar Días malditos. O, mejor aún, pensar a Bunin cuando Chejov escribe: "El deseo de servir al bien común debe ser obligatoriamente una necesidad del corazón, una condición de la felicidad personal; si no proviene de allí (...) no sirve". El libro está escrito entre los convulsionadísimos años de 1918 y 1919. En 1920, Bunin huye de Rusia hacia el exilio y el libro se termina.
Los mismos personajes a quienes Chejov observa desde el interés y la sensibilidad, y describe desde la sutileza y no desde el juicio tajante, Bunin los reescribe desde el pavor, la sensación de amenaza y la opresión de la pérdida. Las grietas del error, los desvíos de lo que considera justo y los arrebatos de las fuerzas sociales se inscriben para él en un visceral desencanto ideológico que da paso a una verdadera tragedia personal, a un dolor irreparable, nostálgico y hasta iracundo.
En primera persona, fiel al género diario, su escritura emana una inquieta espontaneidad, una prosa perturbadora y quejumbrosa, intercalada, todo el tiempo, con noticias de los diarios, observaciones cotidianas referidas a la revolución y transcripciones de diálogos entre soldados, obreros y campesinos, pero también entre amigos y escritores.
Bunin configura un escenario monstruoso, un decorado violento que toma su propia voz, la de un escritor que ha perdido la fe pero no la furia. Describe de modo impresionista y detallado los paisajes de Odessa y Moscú. Los carteles, en especial, le sirven como metonimia y síntesis de los sucesos que lo horrorizan: "Nuevamente, ese maldito cartel: la cabeza del soberano, muerta, azul, afligida, con la corona ladeada por el garrotazo que le pegó el campesino". Más adelante señala que hay uno nuevo, del mismo estilo "tosco y popular", con un campesino armado con un hacha y un obrero con un pico que golpean "furiosamente" la calva de un general atravesado por la bayoneta de un soldado rojo. Debajo, una leyenda: "A golpearlos bien y duro, muchachos". Cada vez que se encuentra con un amigo, contrasta, con enorme tristeza, la indignación propia, su repugnancia, con la indiferencia ajena.
Creciente rebaño. Las críticas al régimen llevan a Bunin a un desprecio impiadoso y a una aversión hacia las masas, a las que no duda en llamar, sean soldados u obreros "animales", "brutos", "bestias", con la impotencia de quien siente que la única medida que puede tomarse es quedarse al margen, desconfiar de los mensajes oficiales y desde luego escribir en secreto, en soledad: "El tono de los periódicos no varía. Están escritos en la misma jerga pomposa de las plazas, traen las mismas amenazas, la misma rabiosa fanfarronería, y es todo tan vulgar, tan evidentemente falso, que es imposible creerse ni una sola palabra, y uno vive, por lo tanto, totalmente enajenado del mundo real, como si estuviéramos en la Isla del Diablo". Narrador al borde del masoquismo, va a las manifestaciones y a los paseos populares para comprobar su fracaso: "Salimos a dar un paseo. Es indecible el peso que sentimos en el alma. El gentío que inunda ahora las calles me resulta insoportable. Estoy harto de ese creciente rebaño".
El libro también podría llamarse "diarios del sufrimiento político", o "de la incomprensión". Muy cerca de los acontecimientos como para poder analizarlos, sintiéndose demasiado tocado como para poder pensar, a menudo en su prosa comete los mismos "errores" retóricos de la propaganda que critica, aunque no deja de ser, incluso en sus momentos de mayor virulencia –y por eso mismo– interesantes, imperdibles piezas reaccionarias, sin afectación. Bolcheviques, rojos y blancos, o medidas como "la nacionalización", dejan de ser figuras de la historia y devuelven al lector una existencia compleja, un peso particular aunque sea desde la parcial mirada del disidente.
La pérdida de la propiedad privada es uno de los tantos desvelos de Bunin. Cuenta que el poeta Alexander Fiodorov le relató su pesar por su casa de campo. "Ni siquiera puede arrendarla porque se ha convertido en un ‘bien del pueblo’ (...) Ahora resulta que ésta pertenece al pueblo y que allí, junto a su familia y metidos en medio de tu vida íntima, vivirán unos ‘trabajadores’ ¡Dan ganas de colgarse de tanta rabia que produce!". El diario es un vivo testimonio de los cambios, del momento en que las cosas dejan de ser lo que eran, cuando la literatura, pero también la Iglesia, abandonan sus formas, su función conocida.
En el patio de una parroquia que antes detestaba y ahora funciona como refugio, Bunin deja un margen de esperanza al describir a su hija y su mujer. Pero incluso esa paz le genera, dice, "un doloroso bienestar". En la posdata que cierra el libro se lee: "Enterré con tal cuidado las páginas que seguían a estas, que no conseguí encontrarlas cuando huimos de Odessa, a finales de enero de 1920". Las publicadas bastan, sin embargo, para observar a un personaje político desvastado, un escritor usando todos sus recursos, una escritura que se camufla, desde un extremo opuesto, con su propio inevitable proceso histórico.




Nota de tapa del Suplemento de Cultura del diario Perfil.

1 comentario:

Palbo dijo...

Un monje le preguntó a Joshu: "Este perro, ¿tiene la naturaleza de Buda?"

Joshu no dijo ni Mu.