Padre e hijo

"Conversando con un vampiro me enteré/que tenía los dientes/afilados de preocupación/él es ejecutivo/y la organización de su comunidad volátil le exige tanto/que no puede dormir tranquilo", dice uno de los poemas del libro El sicópata, reunido en Versos para despejar la mente. El enorme volumen, editado por la Editorial Municipal de Rosario, incluye los tres primeros libros publicados por Francisco Gandolfo, cuya foto ilustra alegremente la tapa. Si la crítica especializada ya ha valorado –y seguirá analizando– el lugar de la poesía del cordobés, podemos, desde este lugar, detenernos en la primera parte del libro. Sin llamarse prólogo lo es, y al mismo tiempo funciona como una suerte de estudio preliminar. Se titula El regocijo de las musas, está firmado por el también poeta y crítico Daniel García Helder, y es una excelente apertura al volumen.
No sólo se nos acerca la obra desde sus fuentes hasta sus proyecciones o su lugar en "la renovación literaria y cultural rosarina de los 70", por ejemplo, sino que, a través de múltiples citas de Francisco pero también de su hijo Elvio, muestra el costado humano, las peripecias cotidianas, las escenas domésticas, la relación filial.
Así sabemos que una vez ganó un premio con un libro de poemas que dejó voluntariamente inédito, lo que le sirvió para poder comprarse un lavarropas en cuotas; que escribía a la noche, después de haber terminado su trabajo en la imprenta, y una vez que sus hijos se hubieran dormido, y que a veces caminaba para poder mantenerse despierto. En épocas de mucho trabajo, cuando no tenía tanto tiempo para leer, era su hijo Elvio quién le señalaba los libros "que valían la pena"; más tarde fundarían juntos la revista literaria el lagrimal trifulca. La relación padre e hijo está impregnada de un gran sentido del humor. En un momento, Elvio se encontró "con lo que los traductores españoles denominarían ‘un espectáculo dantesco’". Su padre estaba destruyendo manuscritos. Elvio trata de detenerlo, y el padre le dice que tomara cualquier hoja y leyera. " ‘Siringa de los céfiros alados’-leí. ‘¿Ves?’, me dijo, con una sonrisa casi diabólica. Empecé a romper carpetas y hojas".


Publicado en la columnita de LA BIBLIOTECA IDEAL del Suplemento de cultura de Perfil. Y a pesar de la etiqueta no es precisamente una reseña.

5 comentarios:

el espacio real dijo...

..."Siringa de los céfiros alados", qué buen verso...


...cosas así no se me ocurren...

AEZ dijo...

Bueno, confieso que a mí no me despejó mucho.

Será que tengo la mente destrozada o que soy un insensible irrecuperable o las dos cosas o más. Será.

Saludos.

Sonia dijo...

Saludos, visitantes bahienses.
Y no se qué cosa no le despejó, Don Abel.

Sonia dijo...

Quizá tengo yo la mente destrozada o soy insensible recuperable o...que no le comprendí.

AEZ dijo...

La mente no me despejó, doña Sonia (perdón por la involuntaria rima); a eso me refería.

Igual, usted hace bien en no comprenderme.

Saludos.