Katherine Anne Porter y todos sus cuentos



Una chica más de tapa y la confesión de un delirio fetichista.

Salió hoy publicada en tapa del Suple de Cultura de Perfil.

El sello DeBolsillo acaba de publicar los cuentos completos que le valieron a la autora norteamericana el National Book Award en 1965 y el Premio Pulitzer en 1969. La escritora se destacó junto a otras de sus contemporáneas, como Carson McCullers, Eudora Welty y Flannery O’Connor, contando historias de militantes de izquierda, trabajadores, esclavos liberados pero también de familias en crisis, monstruos domésticos y artistas prejuiciosos.

Vale pensar un delirio fetichista en el mundo de la literatura más allá de los libros? Inventemos uno arraigado a la idea de los juguetes de colección. Primero fueron las muñecas comunes para jugar a la mamá o dejar de adorno arriba de la cama. Más tarde, la reproducción de personajes ficticios de series de televisión, desde ositos cariñosos a superhéroes. Luego también copias de personajes reales. Muñequitos que representan jugadores de fútbol, muñequitas que asumen el nombre y la forma de cantantes pop. ¿Es posible imaginar una traspolación al sistema literario? ¿Un conjunto de muñecas escritoras? Sin duda no serían tan populares, pero si a alguien se le ocurriera, la colección debería incluir una serie con las narradoras norteamericanas del siglo XX. En la estantería del coleccionista posarían una extraña Carson McCullers con una blusa blanca, el pelo lacio, flequillo y ojeras; una alta Dorothy Parker luciendo uno de esos vestidos con los que logró infiltrarse en los ámbitos más exclusivos de la intelectualidad de su época; una Flannery O’Connor con delicados anteojos y una gruesa cadena plateada colgando del cuello; una Eudora Welty con su tocado típico de los 50 y sobretodo de amplias solapas, y una bella Katherine Anne Porter de rostro joven y de pelo totalmente blanco atado en un rodete o corto. ¿Qué lugar ocuparía esta última en aquella repisa? ¿Cómo desarrolló su carrera dentro del campo literario norteamericano? El sello DeBolsillo acaba de publicar en Argentina sus cuentos completos, que le valieron el National Book Award en 1965 y el Premio Pulitzer en 1969. Por lo pronto, Katherine Anne Porter fue colocada, en su momento, dentro de aquella fórmula del “gótico sureño” en compañía y tensión junto a McCullers, Welty y O’Connor.


 Sureñas y contemporáneas. “Tendremos una última palabra sobre el Sur. Sobre el sofocante Sur. El perdido Sur. El Sur esclavo”, dice Jake Blount, un personaje de El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers. En aquel mismo castigado terreno se mueve la narrativa de Porter. Pero si Carson es algo así como la escritora disciplinada en cuanto a lo que usualmente se conoce como formación literaria, Porter estaría un poco en las antípodas.

McCullers asiste a prestigiosos cursos de escritura creativa en la Universidad de Columbia y la de Nueva York; Porter apenas concurre a una pequeña universidad de Texas luego de haber deambulado por diversas escuelas públicas y definió su educación como “breve y fragmentaria”. McCullers es una talentosa “niña prodigio”, su hermosa primera novela, El corazón es un cazador solitario, se publica cuando ella tiene sólo 24 años. Porter empieza a escribir porque un editor y amigo le pide un relato para dejar de escucharla hablar tanto, cuenta la leyenda. Así aparece en 1920, a sus 32 años, María Concepción, incluido en esta nueva reedición. El texto marca uno de los límites territoriales fundantes en su literatura: el norte de México –el otro será, como se dijo, el Texas y el sur norteamericano–. La historia configura un sofisticado culebrón, con una oscura protagonista cuya construcción denota uno de los extremos en los que es capaz de moverse la narrativa de Porter. De la violencia a la ternura; de la discreta contención al salvaje exabrupto. La traición y la venganza constituyen los ejes que proseguirán en sus relatos más tardíos.

Hay otros componentes en las dos “escritoras del sur” que las distinguen y permiten hacer justicia al particularizar sendas narrativas. En las piezas más brillantes de Carson McCullers, como La balada del café triste, cobran vida bellos quasimodos solitarios, relegados, de formas extrañas, inclasificables; freaks que se reflejan en el perturbador espejo roto de los “normales” que, se sabe, no existen en ningún lugar. Porter asume, en cambio, esa supuesta normalidad que dan los sujetos conocidos, los rigurosos paisajes cotidianos y hasta las figuras arquetípicas (el esclavo, el amo, el artista, el forastero, el militante, el trabajador, el intelectual, etc.) para instalar su mirada lapidaria o piadosa, siempre atenta, punzante, sobre el detalle de cada carácter, sobre lo particular de cada situación dramática. Para, a partir de ahí, tratar a fondo los tan remanidos “tópicos universales”.

Breve y diversa. Sus cuentos completos incluyen las compilaciones Judas en flor y otros relatos (1930), Pálido caballo, pálido jinete (1965) y La torre inclinada (1944); publicados por primera vez en 1965. Muchos han considerado la obra de Porter como escasa dentro de ese marco temporal: una carrera literaria de cincuenta años. Sin embargo, más allá de su única novela, publicada con posterioridad, los ejes de su narrativa corta son variados y la densidad de sus cuentos legitiman de por sí las otras consideraciones. 

El planteo problemático de las relaciones familiares se activa en cuentos domésticos (El, Violeta Virgen, El camino descendente a la sabiduría) o en sagas familiares casi mitológicas; relatos que fundan un origen real y simbólico para luego desplegar el modo en que aquello se reproduce en las generaciones siguientes. En El viejo orden las estrellas son dos ancianas, Nannie y Sophie Jane, que gracias a una feliz fatalidad logran superar desde la infancia esa gran división impuesta: la de ser una libre y la otra esclava. Relato rural, se impone la belleza de los ciclos de la vida y la naturaleza incluso en la vacilación perturbadora de la conservadora vejez con una prosa precisa y de estudiada cadencia, como el pulso del tiempo narrado. El respetuoso afecto entre las dos es el vínculo en el que se concentra Porter para hablar de una escala de valores caduca, por un lado, y al mismo tiempo de la sorprendente posibilidad de vivir una épica de la supervivencia cotidiana. “Coincidían en que nada quedaba de la vida que ellas habían conocido y en que el mundo cambiaba con rapidez, no obstante lo cual, por la misteriosa lógica de la esperanza, insistían en que cada mutación sería probablemente la última o que (…) una serie de cambios conduciría por fortuna (…) a provocar el renacimiento de las viejas costumbres.” Uno de los personajes de esta nouvelle o relato largo merece una digresión relativa en el hilo de esta nota: El Tío Kimbilly, un ex esclavo que se ha vuelto algo holgazán y disfruta de contar morbosas historias que incluyen escenas de tortura que los negros han vivido en el pasado –repletas de detalles escalofriantes–, que siempre exclama que “tiene mucho por hacer”, es uno de los personajes más adorables de la literatura norteamericana. “Poseía un don inigualable para tallar lápidas funerarias en miniatura” que los niños usaban cada vez que moría un animalito y “hablaba con un murmullo bajo, entrecortado y abstraído como si lo hiciera para sí mismo pero en realidad siempre decía cosas con la intención de que lo escucharan” (este tipo de relatos, con componentes ciertos de un pasado histórico atravesados por la matriz creativa de Porter, hace retumbar un diagnóstico, una lectura efervescente hacia el futuro). La subversión de los hábitos y mandatos intergeneracionales, el yunque heredado de la historia y la cultura reaparecen en varios textos, abriendo conflictos en escenarios diversos, desde el pueblo, al campo y la frontera.

Interior y exterior. Sólo el título es irónico: El camino descendente de la sabiduría narra, con un compromiso letal con su punto de vista, el tiempo que Stephen pasa en casa de su abuela materna por una pelea entre sus padres. Las elecciones entre una generación y la siguiente se pagarán al costo de cargar sobre el niño la deseperación racionalizada en códigos sobreexpuestos que lo estigmatizan, por ejemplo, como ladrón luego de haber tomado limonada de la heladera para convidarle a una amiga. A pesar de aquella idea que se le atribuye a Porter, la de que el estilo actúa como una falsa máscara, no podría afirmarse que el tono de la escritora sea el de la seca transparencia, la descripción dura al modo Hemingway. En El camino… logra recrear con maestría la perspectiva del niño cuando aún mundo y lenguaje son penínsulas agrietadas de sentido en formación.

Lo que se espera de los padres, la mirada de los otros como mecanismo de regulación del propio deseo es lo que sigue exponiendo, hasta las últimas consecuencias, en el cuento El. El pronombre actúa como un nombre propio devaluado que el matrimonio Whipple atribuye a uno de sus hijos, quien padece, adivinamos, síndrome de down. Porter no le regala al lector el lugar más cómodo; su descripción salvaje de la dinámica económica familiar lo deja en una encrucijada en la que ni siquiera podría condenarse con total convicción a la madre, pero tampoco hay un permiso para dejar de compadecernos ante el hijo. Y esa disrupción, desviada a la mirada de los otros (la fórmula “Sabes que la gente dirá que no debíamos…” en sus múltiples versiones), provoca un estallido de afiladas municiones sobre la construcción simbólica social: también es la comunidad la que muestra sus hilachas, entre el chusmerío y la solidaridad que la figura del “monstruo” –éste tan distinto a los de McCullers– puede llegar a suscitar. Y es que el realismo incisivo hace de esta vecindad proto cheeveriana algo realmente tenebroso desde el punto de vista de esa madre víctima (pero también victimaria con respecto a su hijo) que le sigue el juego.

Responsabilidades y privilegios. Las historias de Porter están habitadas por esclavos, militantes revolucionarios de ambigua moral (la escritora estuvo cerca del comunismo durante un tiempo, hasta que llegó el desencanto), de monstruos, niños y viejos. Sus desplazamientos se desarrollan ajenos a cualquier moralina o previsibilidad bajo formas clásicas, en relatos compactos, cerrados. Si la vejez vuelve con su sombra más desfigurada en Las calabazas de la abuelita Weatheral, esa abuela despiadada y negadora que rechaza permanentemente los cuidados de su hija y que es tratada por la narradora con una ternura cruel, la ironía –potestad suprema de Dorothy Parker– aparece como en ningún otro texto en Hacienda. La narradora, también escritora, desenmascara –como Parker al mundillo literario– la travesía junto a un soberbio cineasta ruso que va a filmar en un pueblito de México. La cultura cristiana y pagana, la tensión entre lo local visto desde una mirada extranjera, y los propios intrusos vistos desde la óptica de los nativos configuran la materalización literaria de la incomunicación, la puesta en acto del “sálvese quien pueda”.Todos buscan, en definitiva, su propio beneficio; el trabajo colectivo es una noción imposible. El rodaje se convertirá en un caos. Por un lado, el intento de eludir la censura del gobierno. Por otro lado, a las histerias amorosas de productores y actrices se le suma el hecho de que, uno de los actores-pobladores está preso por haber matado –por accidente– a su hermana. Ideas racistas, la colonización yanqui y el sometimiento indígena, la corrupción política local, son relatados impiadosa y graciosamente en una estructura sostenida, a diferencia del resto del libro, en gran medida por diálogos. “Son estos mexicanos –dijo, como si fuera una afrenta que hubiera mexicanos en México–. Son capaces de volver loco a cualquiera en un abrir y cerrar de ojos”, dice un personaje. Con frecuencia, las mujeres que cruzan estos cuentos tienen “todas las responsabilidades del hombre pero ninguno de sus privilegios”, como leemos en La torre inclinada, como vemos en la peripecia de la protagonista de Judas en flor, una militante comprometida y solidaria que suele quedar atrapada en las estrategias –desnaturalizadas de cualquier objetivo noble– de manipulación masculina.

 Y quizás éste sea el secreto último, el murmullo silencioso que comparten en diversas piezas, relatos y novelas todas las muñecas de la narrativa norteamericana de la estantería. Una mirada profunda sobre lo particular, un contradiscurso complejo, inteligente, no declamativo, más allá de los duros estamentos hegemónicos.

Ese sentido, singular en cada una de las escritoras, a veces sutil, otras provocador, continúa impactando sobre la mirada impuesta, en los sobrentendidos que prevalecen, incluso, cada tanto, en los poco aterciopelados muros del campo cultural.

Hay que pensar de qué discutir, hacer la mejor literatura posible y juntarse con los amigos y las amigas a hablar de ese placer de escribir y pasarla bien.
Eso es todo.
"Mi editor se fue. Experimento alegría similar a la que sentía cuando mis viejos me dejaban solo en casa. Necesito terapia urgente".

Hoy MARTES 21 DE ABRIL

CICLO
MANIFIESTO
El tercer martes de cada mes desde las 20.15 hs.
ULTRA, San Martín 678. Entrada Gratis.


ENRIQUE SYMNS, MARIANO PENSOTTI Y PABLO DACAL.

Intelectuales y artistas ponen en escena sus manifiestos estéticos, políticos y existenciales. Los invitados tendrán la libertad de confeccionar textos en los que manifiesten sus creencias o desarrollar una performance artística en la que sienten las bases de su producción. De este modo tomarán una posición frente al mundo, frente a la realidad, frente al arte.
Coordinan: Diego Erlan / Hernán Vanoli

¡Am!...

Zunini emerge en medio del caos laboral y con la cabeza atropellada mezclamos preguntas agudas después de una lectura super detallada del entrevistador, con el café con leche y la discusión brava de la mesa de al lado decimos cosas así, que sonaron cortantes!!
(al ppio solamente eh; Zunini me avala)


Después bajamos mil cambios.

(gracias ec)

"Paro y triunfo en el diario La Nación"


"Los trabajadores del diario La Nación lograron en la madrugada de hoy la reincorporación de los diez compañeros obteniendo un triunfo histórico.
Con una contundente huelga, que, incluyó a la planta gráfica de barracas, hicieron retroceder a la empresa en su intento de despedir a un grupo de trabajadores.
La medida comenzó a partir del mediodía en un sector de producción de avisos y luego, se extendió al resto del diario. Por la tarde, los trabajadores gráficos mantuvieron paradas las rotativas hasta la madrugada mientras aguardaban, conjuntamente con el sector de prensa del edificio Bouchard, una respuesta de la empresa. A las 2 de la mañana la patronal se vio obligada a dar marcha atrás ante la contundente realidad impuesta por los trabajadores. Por este motivo, una edición de emergencia de 16 páginas comenzó a ser distribuida recién a la 7 de la mañana.
Saludamos a los compañeros de La Nación por su firme decisión .
Comisión Gremial Interna"

Los Mudos jipea Tamarisco ¡HOY!




DICE FUNES Y LO ESCUCHAMOS DE PIE POR FAVOR:


Recién llegado de Chile, les voy a pedir atención: presentamos una de las mejores editoriales de nuestra ciudad y todos los que están en Buenos Aires tienen la excelente oportunidad de estar presentes para conocer los títulos editados por los queridos amigos Hernán Vanoli, Sonia Budassi, Félix Bruzzone y Violeta Gorodischer.
Como siempre habrá sorteosComo siempre habrá sorpresasComo siempre habrá cerveza


¡Y como la otra vez habrá programa de radiocon nuevos juegos!


¡Sumate a esta movida loca donde el Evo muerde bocadoporque no lo mandamos al frente!-
miércoles 15 de abril21 horas - moreno 2320


Ce Ce ZAS


*si eres copadotraerás amigxsy reenviarás

Iván Schuliaquer cuenta bien pero en otros términos esas charlas que hemos tenido

cuando pega el viento más fresquito en el último verano de nuestras ambiciones; cuando galopamos fieros la necesidad de pertenecer a esta urbana civilización, la supervivencia a veces no tiene glamour y la tragedia es pedestre y casi parece agremial
ponele:
_Ey, me aumentaron el alquiler pero no me pagaron el sueldo todavía y tuve que pedir guita prestada. Estoy medio en el horno. ¿Si te enterás de alguna changa me avisás?
***
_¿Vos sabés cómo es para tener un poco más de tiempo sin terminar robándoselo a la familia? ¿No habrá que hacer la gran Félix, la gran Fogwill, laburar de algo que no tenga que ver con escribir?
***
_Sí, a mí también me invitaron a esas jornadas, un embole.
_Bueno, pero pagan, hay que agarrar, ¿no?.
_¿En serio?¿Cuánto?
***
_Juan Diego me dijo que se cansó un poco de los Objetos...Ahora está contento pero eh.
***
_El laburo de recepcionista, en un punto, me rinde mejor, me quedan horas libres, las uso para corregir. Está bien.


Vía Crítica Iván quita la fantasiosa oscuridad de la pipa ajedrecista y cuenta estas historias en una doble página super bonita que resume ciertas vagas fantasías y domésticas realidades sobre cómo la gente como uno, la que no es como uno, se gana el pan o en otros términos el cronista se pregunta:

"
De qué viven los escritores argentinos"
(Yo creía que de rentas)
confiesan su changa Oyola, Bruzzone, Incardona y tantos más.

La malicia de la prensa

Cuentan de qué murió como si nada, como si hubiera sido funcionaria, periodista, bailarina, costurera, contadora. Como si quisieran con ese golpe realidad quitarle todo efecto romántico, cualquier onda posible.
Yo vi sus libros en el cuarto adolescente de una amiga. Ella los leía a escondidas -ejemplares robados a su tía soltera que hacía de abuela, su mamá no tenía mamá- porque había partes un poco subidas de tono. Mi amiga tenía un poster muy bahiense, en blanco y negro, de U2 (a mí esa banda no me cerraba) en la pared y unos carteles con linda letra con frases de amor, trágicas y optimistas.
Todo, todo, todo, para que La nación diga, ya en el primer párrafo, sus padecimientos de ancianita de 82 años. Yo le hubiera inventado una muerte mejor, o al menos recurrir a las pacíficas piadosas fábulas urbanas de la tierna ancianidad, esas que dicen: "murió tranquila pobrecita, sin dolor, se durmió un día y después ya no se despertó más".

" Creer que lo real es escribir en clave de documental, puede ser un error político"


Entrevista a Cristian Alarcón. (Una versión de esta entrevista, que hicimos hace un par de meses fue publicada en el Suplemento De Cultura de Perfil el domingo pasado)


"Acaba de aparecer la décima reedición del libro de no ficción "Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. Historias de pibes chorros", de Cristian Alarcón; un hito poco frecuente para el género. Su autor prepara su próximo libro, "Transas" y en esta entrevista, habla de la relación entre crónica y literatura, del riesgo de victimizar a los personajes y de la escritura como una forma de resistencia del lenguaje."

-En Tras las huellas de una escritura en tránsito, Graciela Falbo ve en la crónica un intento por rescatar la palabra devaluada por los relatos que uniforman y refuerzan la expulsión. ¿De qué manera la crónica se convierte en un acto de resistencia del lenguaje?
--En la crónica modernista Martí proponía un acercamiento a lo real a partir de pequeños personajes tangenciales. En nuestra posmodernidad latinomericana eso se re edita desde otro lado. Un ejemplo de crónica reciente que logra lo que el poeta cubano es la de José Alejandro Castaño. En Zoológico Colombia –editado por Norma en Bogotá—cuenta la historia de los hipopótamos que sobrevivieron en la finca Nápoles, de Pablo Escobar. Como el macho alfa de la manada –"Pablito"—no les permite aparearse con las hembras, dos hipopótamos jóvenes remontan el río Magdalena en busca de hipopótamas. Eso le permite narrar algo supuestamente remanido –la guerra colombiana- con un nuevo lenguaje, que en su caso es de una simpleza sublime. A todos los cronistas nos ocurre de manera singular: en mi caso, la resisitencia está en la mediación que significa contar el habla popular. Cómo se dice "hijo de puta, te rompo la cabeza!"? Cómo se expresa el decir de esos grupos en los que el código es la base de todo? Prefiero ser efectivo, que el lector me siga, a ser un antropólogo que repite con puntos y comas un lenguaje que no por zanguango es mejor.
"Las relaciones humanas no cambian ni con los paramilitares", dijiste alguna vez. Solés hacér referencia a las relaciones afectivas que se establecen con los entrevistados. ¿Como lográs no victimizar innecesariamente?
Aprecio la capacidad etnográfica de los cronistas que logran salir indemnes de una inmersión profunda y sostenida. No es mi caso. Cuando el protagonista de una crónica sale de su corset de orgullo y prejuicio entrega más que su historia. En su trabajo, aunque luego pueda dar vuelta la página y volver, como es sano, a su mundo privado, el cronista también lo hace. Al retratar al otro en acción, su condición de víctima debe dejar de importarle al lector. En el último tiempo intento que eso pase también con el victimario. La crónica debería borrar esa diferencia engañosa: cada vez más eso es indistinguible, aún en la más pedestre y burocrática de las vidas.
¿Quién no ha tenido un jefe psicópata? Si se logra pasar por sobre el estereotipo entonces se imponen la complejidad en la que lo que impera es algo mucho más ambiguo que la condición de víctima, a veces vaciada de sentido por la corrección política.
-Cuando se trabaja con "grupos marginales" se suele hablar del riesgo de "embellecer la tragedia", al estilo Ciudad de Dios. ¿Es algo que te planteás evitar?
Cuando tuve que decidir qué director podía hacer la película de Cuando me muera quiero que me toquen cumbia solo tenía una pregunta para los tres directores que aparecieron con ganas: ¿De qué color cree que es el cielo en al escena en la que muere el Frente Vital? Quien finalmente se hizo de los derechos de adaptación fue Pucho Mentasti. Entre otros motivos porque me dijo que sería violeta. Me refiero a que el realismo es mi elección, pero no quiero que sea una trampa. Creer que la pobreza es gris o monocromática es daltonismo cultural. La intensidad en los territorios trastoca la visión estética de lo próximo. Es una manera de resistir al tedio, al calor insoportable, a la falta de agua, a los golpes de la cana, a los gritos y los insultos permanentes. El ensordecedor ruido de la cumbia, que sale de mega parlantes que parecen salidos de Barranquilla y no de Fuerte Apache, es parte de esa visión. Estetizar es también pintar la villa o el barrio como un páramo. Creer que lo real es escribir, o filmar, en clave de documental, puede ser un error político. Prefiero la recreación, la apuesta a una versión nueva de algo que se supone todos vemos por televisión en programas que venden el dramón de la pobreza como si fuera solo un montón de puteríos.
-Villoro dice que usar en exceso cualquiera de los recursos variados de la crónica es letal. ¿estás de acuerdo?¿qué recursos te generan más prudencia, más atención o temor a la hora de utilizarlos?
-Le he tomado respeto a la metáfora. Me he limitado en los adjetivos. Me voy circuncidando el atrevimiento estilístico. Pasé por un periodo neobarroso del que salí como se sale de un retiro zen. Con menos peso; más leve y concentrado. Es maravilloso que Villoro, que maneja el relato como un prestidigitador, advierta sobre esto. Sus cuentos son muy cronicados, y la técnica en él le permite tener ese balanceo que hace que no puedas parar de leerlos: su máxima es que la verosimilitud mata todo lo demás. Y eso deber venirle de su raíz periodística. Está lleno de escritores que basan sus ficciones en investigaciones o experiencias vividas. Naipaul cuando recibió el nobel dijo: la ficción ha muerto. Villoro demuestra que no.
-Muchos escritores diferencian, a grandes rasgos, entre aquellas obras que trabajan "con el lenguaje" y las que trabajan sobre "la experiencia". ¿Estás de acuerdo con esa dicotomía?¿cómo enmarcarías tu trabajo de escritura desde esta perspectiva?
-En mi caso al lenguaje lo expresa la experiencia. Tuve que elegir crónicas para llevar al Hay Festival de Literatura. La mayoría de las que escribo suelen ser de violencia. Así que combiné una de esas con una sobre la marcha del orgullo. El tono, el lenguaje, las metáforas, todo cambia, entre una y otra. El fraseo, el uso de los signos de puntuación, bailan en el carnaval gay junto con la marcha. En el barrio, el paso, es cadencia de zapatillas con suela llena de aire esquivando charcos de meo y mierda.
-¿Qué tendencias notás en el género?
-Hay una tendencia fuerte al freakismo. Otra fuerte al gonzo. Y por ahí unas experiencias más arltianas, o sea, de aguafuerte, de relato urbano. El Cuando me muera....ha hecho que varios jóvenes que están en esa se acerquen a mi taller de crónicas. Me sorprende que sean tantos, y que lo hagan tan bien. Son lectores voraces, perspicaces, y valientes. Entre los neo-gonzos hay una que me encanta: Gabriela Wiener, limeña que vive en España El resto de las innovaciones están en las búsquedas que cada autor hace: la que más se compromete en esa búsqueda acá es Leila Guerriero. Es de una determinación rayana en lo insano: somos muy amigos y me cuesta verla; casi siempre está investigando o escribiendo. Pero cuando uno lee un texto de ella se nota eso. Hay una búsqueda, vieja, pero por eso mismo válida, por la perfección.
***-¿Cómo ves al periodismo argentino actual?
En una encrucijada y con poco vuelo. Todo lo que se innovó con Página/12 ha pasado ha ser no solo tradicional sino que se lavó a tal punto que ya no sorprende. Aunque es muy criticado sobre todo por los periodistas más "intelectuales" a mi me cabe la apuesta cocoliche de Crítica de la Argentina: allí tengo el espacio para proponer sin límites, y en ese caldo pueden convivir Syms, Josefina Licitra, Cicco, Juan Pablo Meneses, Caparrós, Sergio Olguín y algunos de los más nuevos. Lo más nocivo es que el ajuste de recursos lleva años, y ahora con la excusa de la crisis continuará. Aún así, los más jóvenes tienen un aguante impresionante. Está lleno de pibes que entienden el oficio como una apuesta más allá de la salida laboral. Es meritorio, porque prácticamente no hay tal salida laboral. Mis alumnos trabajan de muchas cosas: pocas veces de periodistas. Sin embargo, quieren ser cronistas. La crónica se ha corrido de su pretensión de espacio y de editores generosos. El que la quiere hacer, la hace, por las suyas. El que busca, encuentra.
En general se dice que lo lectores leen menos y desde ese lugar se justifican las coberturas breves que tienden a simplificar y que terminan generando estereotipos y prejuicios discriminatorios ¿Qué pensas del, por llamarlo de algun modo, "mercado lector"?
Leí que Junot Díaz se queja por la falta de lectores, pero es el autor latino más vendido entre los yanquis. Estoy tramando una colección de crónicas urbanas desde la Facultad de Periodismo de la La Plata. El tema con las editoriales es si va a vender o no. Me dicen, no, la crónica no vende. Les digo: el Cuando me muera vendió diez ediciones. La buena literatura tampoco vende: es decir los mejores libros de cuentos, las novelas de los nuevos buenos tampoco, hasta que de pronto, algo pasa y hay alguno que se salva. En un mundo donde todo se hunde no podemos pretender que el mercado lector sea masivo. Pero sí podemos pretender contarlo. Se está hundiendo? Es un notón! Nos leerán los amigos? Quizás podamos tener un millón! Escribir sobre muertos me ha vuelto optimista. Peleo por el espacio desde que soy periodista; hasta el editor más jodido te cede unas líneas si se la vendés bien.
- Hace un tiempo definiste la crónica como trabajo territorial, ¿Qué implica esa noción?
La potencia de la crónica está en su poder mirar y contar lo nuevo: en ese sentido sostengo que es una versión insospechada de lo real. Aunque se critique desde cierto sentido común su vocación por los temas freaks, raros o marginales, lo cierto es que todos esos incentivos para contar no son más que una excusa para pintar tramas territoriales que subyacen a la supuesta "anormalidad" que narramos. El territorio no es solo un cuadrado de una hectárea en una ciudad latinoamericana embrutecida y violenta, o una esquina de ese enorme mapa. El territorio se expresa en diálogos duros entre tipos que no hablan con corrección, en las formas de matar de una sociedad, en los sueños irrealizables que preservan la salud mental de los que sobreviven con nada, en las formas del amor y el sexo entre algunas tribus urbanas, o en las desventuras de un grupo de perdedores. Sin territorio no hay crónica posible, a menos que se la banalice como una manera de obturar en la novedad por sí misma. Pero eso ya no es una crónica, sino un ejercicio de marketing. Se puede hacer mandando un mail y preguntándole a los amigos que opina de H o B.
-¿Creés, como afirma Caparrós, que a nivel estilístico no hay diferencia entre la literatura y la crónica?
-No estoy seguro de que Martín Caparrós piense exactamente así. Su aprecio por la literatura es mayor que el que tiene por la crónica. De eso no hay dudas. La paradoja es que sus libros de crónica despiertan más lectores que las novelas. Pero no creo que tenga que ver con los textos de Martín sino con la época que pide relatos urgentes, atados al aquí y ahora. El lo hace con tal maestría que es indudable que formarán parte de un legado literario universal. En ese sentido Caparrós nos ha marcado a muchos de lso que estamos en el oficio. En él se dan varios atributos juntos: la erudición y el estilo, la mirada filosa y el garbo, el viajero y el burlador, el crítico y el apasionado. Todavía no me siento en condiciones de defender mis crónicas como literatura. Eso puede que quede bien decirlo, pero hay que ser honesto: yo no lo siento. Tomás Eloy dice que la crónica es el genero periodístico más literario por su afán de trascendencia. Pero eso no quiere decir que sea un genero literario. Eso aún está en discusión. Lo cierto es que yo desde la investigación más dura decido ficcionalizar: mis personajes son imposibles de identificar, por lo tanto debo disfrazarlos, cambiar nombres y algo del contexto para hacerlos indetectables aún siendo reales. Eso no sé que es. Será literatura?

Los domingos son para dormir por Gostanian

El representado de @mavrakis desmenuza el librín en cuestión con pericia rutilante habitual. Gracias!


I. Cosmopolitano ≠ Cosmopolita
La manifestación de feminidad, estimado Sucesor, consiste en la magnífica capacidad para la insatisfacción.
“No sé… es un poco… es simpático, no sé, medio paisano, se le nota el acento de campo… igual es chico para mí -dice.” (Fuera de temporada)
Insisto, estimado Sucesor, en que la insatisfacción no es una hermana insignificante de la histeria. Y que la histeria, a pesar del abuso incondicional de la doxa de origen cosmopolitano -gentilicio que usted no debería confundir, nunca, estimado Sucesor, con cosmopolita- no es tampoco un simple modus vivendi. En todo caso, es más bien una categoría de pensamiento compleja. En principio, estimado Sucesor, una categoría con la que hasta el triste Roland Barthes estaba familiarizado. Tal vez, por su magnetismo poderosamente capitalista.

“…no sólo hay que ser buena, también hay que parecerlo -crema Avon antiage que mantiene el equilibrio hídrico de la piel-, así hago yo…” (Las cosas que brillan a mí alrededor)
O casi le diría, estimado Sucesor, que, lateralmente, por su magnetismo lacaniano. Porque la histeria es, inevitablemente, la satisfacción producida por una declamación permanente de insatisfacciones.
“…fomentar prejuicios sobre la estupidez femenina siempre juega a favor: es bueno que el enemigo subestime las fuerzas del adversario (una suerte que el machismo y Matías no se den cuenta de eso)…” (Todo lo de anoche)


En otras palabras, estimado Sucesor, se trata de una constante imbatible en las construcciones contemporáneas de feminidad.

Continúa aquí (en HDA)

Linne volvió de Bolivia y se puso a escribir

"En Los domingos para dormir (Entropía, 2008,164 páginas), los diez cuentos del libro sorprenden por su contundencia, por la potente prosa que nos envuelve, entre la musicalidad y las máximas de una narradora mezcla de femme fatale y chica de provincia tercermundista."

"A partir de un pop minimalista y lúdico, Budassi parece renombrar el mundo a través de su prosa poética con ecos de Lispector y Puig"


(graciassss)

"La ironía después del barroco"

Esta reseña salió publicada con la nota de tapa del Suplemento de Cultura de Perfil, una entrevista a Daniel Sada; pero han discriminado de la versión online el texto que copio abajo.

Cada tanto la crítica elabora hipótesis vinculantes entre escritores diversos a partir de conceptos más o menos duros. La narrativa del mexicano Daniel Sada formó parte, junto a Jesús Gardea, Ricardo Elizondo o Severino Salazar, de lo que se llamó, en la década del ochenta, “literatura del desierto”.Y si la procedencia o el escenario (en este caso, el norte de México) suelen ser apenas un elemento desde el cual juzgar, la obra de Sada, anclada, sí, en el desierto, contiene el tinte barroco, tardío, del cubano (tropical) Lezama Lima y claros guiños a la picaresca. Pero su extensa producción lo coloca en el centro, en el marco de un panorama literario bien diverso; en el que novelas como Casi nunca tienen el innegable sello de lo extemporáneo. El libro viene a reafirmar, en el sistema Sada, la singularidad del siempre llamado “autor de culto” que nos remite, sin embargo, a una literatura concebida en el pasado, un ciclo que termina de anclarse en el Siglo XX.
En su libro de cuentos Todo y la recompensa (2002) hay dos elementos que pueden leerse, en primera instancia, como claves que operan para profundizarse en su reciente novela. Por un lado una mirada sobre tópicos específicos; por otro, una posible filiación literaria. En el relato Juguete de nadie, Sada recrea un universo que continuará luego: la vida sofocante, la esclavitud imposible de redimir, de una prostituta; el sexo y el dinero como las formas típicamente mediadas en el ejercicio de las relaciones de poder. La distancia próxima del narrador en tercera persona se retoma en Casi nunca, con diálogos intercalados como chispazos elocuentes en el imbrincado discurrir de la prosa.
Como epígrafe al relato Después se lee la frase de Salvador Elizondo: “Somos, quizás, la actualización de un presente”. Pero si en los textos de Elizondo residen los puntos de contacto más visibles, es esa filiación la que permite pensar su propio abismo, los efectos de lectura refractarios entre uno y otro. Los soliloquios de Elizondo contienen, en un punto, la condena de encerrarse en su propia naturaleza disruptiva; el diálogo que plantea su obra manifiesta propiedades reflexivas que la hacen volver una y otra a vez sobre sí mismas. En cambio, Sada crea módulos dramáticos casi objetivistas; la estructura de la trama y los personajes se propagan más allá de sí mismas y resguardan una clara referencialidad. Suele decirse que Elizondo proclamaba –una utopía vanguardista (histórica), a fin de cuentas- que había que prescindir del significado. Casi nunca tematiza no sólo el amor, las convenciones sociales que se imponen en cada determinación de Demetrio, el protagonista, si no también el choque (la novela está ambientada entre el 45 y el 49) entre lo local y lo universal, poniendo en contraste las realidades mundiales que generan las potencias europeas y estadounidenses en el páramo de los pueblitos mejicanos: “Se le removían las tripas de pensar que abordaría un avión que tal vez transportara ¡una bomba! Asociación miedosa ennegreciéndose...”, dice Demetrio en relación a lo que ha escuchado decir sobre Hiroshima.
Si algunas “rara avis” literarias esconden su fuente de artificiosa juventud en textos de tradiciones más bien extravagantes; por qué no admitir la suave reverberación del estilo de otros dos autores disímiles, contemporáneos, en Casi nunca. Por un lado, la sintaxis quebrada, la libertad con que se tensan las escenas en la narrativa del norteamericano JP Donleavy (que incluye el pasaje de primera a tercera persona, recurso que Sada usa en contadísimas ocasiones) en libros como Cuentos de hadas en New York. También los ecos de la obra del portugués Antonio Lobo Antunes (más preocupado, sin embargo, por el tiempo y la subjetividad) cuyos textos también comparten el goce explosivo por el hipérbaton, llegando a extremos de dislocación absoluta propia de las sínquisis de Góngora (a quien Sada, podríamos adivinar, ha leído). En Casi nunca conviven también gerundios y oraciones unimembres con una hiperconciencia del lenguaje que incluye la aceptación, por momentos extrema, de la ambigüedad y la polisemia de cada término: “Mientras se dirigía a la estación aérea (...) reforzaba su empeño de caminar airoso por el pavimento, decimos “airoso” porque el vientecito de ese lugar estaba acariciando: maneras de envoltura quizás, a bien de depurar un sortilegio viajero: “Hi-ro-shi-ma”.“Mi-re-ya” (...), briznas verbales”. Las apelaciones al lector, la irrupción precisa, puntualmente dosificada, del narrador en primera, la ironía permamente, hacen que, en su compleja urdimbre, la novela narre en varios planos simultáneamente sin dejar de lado, como podría pensarse, la intriga que mueve a la trama en su sentido más convencional, algo por lo que suelen abogar los lectores más cómodos, a quienes Casi nunca desafía, pero no expulsa.

Los editores pulenta nos juntan con simon


Cuarteto de norr -groso ser mayoría mujeres eh


Jueves 19 de marzo | 21 hs | C. C. Pachamama (Argañaraz 22)

Leen:
Sonia Budassi (Los domingos son para dormir, _cuentos)
Mariana Dimópulos (Anís, _novela)
Alejandro García Schnetzer (Requena, _apostillas)
Pola Oloixarac (Las teorías salvajes, _novela)----Moria Salvaje----

Las amigas bellas nos contagian su glamur


"Me hizo acordar a ti, sonya. Tu versión retro glam no-muppet."
¡gracias, m!

dicen que "Hay que leerlo"!!!!!

Alejandro Caravario (qué emoción, qué honor, ¡sus novelas me gustan tanto!) reseña Los domingos son para dormir para la Revista Llegás
Uno, varón al fin, podría caer en la tentación de leer Los domingos son para dormir, el muy bello libro de relatos de Sonia Budassi, como fisgón. Quiero decir, adentrarse sigilosamente en territorio femenino y auscultar la intimidad (meditaciones, anhelos, preferencias sexuales, soliloquios inconfesables) de esas heroínas sencillas, como las que alguna vez invitamos al cine o les propusimos un porvenir sereno y colmado de niños. Sería una lectura instrumental, de servicio, acaso valiosa en el arduo mercado de la seducción y la conquista, pero condenada al desconcierto. Porque las mujeres que animan los cuentos de Sonia son incompletas, vacilantes, inestables. Habitantes de un mundo de transiciones, un limbo en el que se superponen (no se suceden, ahí está el problema de esta gente) la inocencia infantil y el rigor de la adultez, el legado familiar (aquella información segura y anticuada) y el protocolo de la chicas modernas con aspiraciones profesionales, la periferia (el pago chico) y el centro. Escenario clave, la casa. Allí se juegan los pormenores del coto femenino. Sólo que el lugar que antes protegía es ahora la exposición de un tablero que nunca se acomoda, donde todo es desorden. El relieve caótico de la soledad. Como en “Todo lo de anoche”, un cuento sobre la resaca del domingo (un día para dormir), en que una joven junta sus pedacitos y los de un departamento estragado. Aun así, sobrevive en ella (y creo que en todos los personajes de Sonia) un resto poderoso de voluntad erótica (sus chicas son chicas guerreras, atentas al delineador y a los efectos de las medias de red) que su compañero desaira. Pero no es el desamor sino la eventualidad pura lo que resalta el encuentro fallido, el sexo insípido. Por lo demás, los hombres de Los domingos son para dormir -borrosos, fuera de foco- suelen ser insuficientes. La casa, decía, porque los gozos y las sombras de las roommates (veinteañeras en vías de desarrollo) son un tópico que el libro examina en forma recurrente. Las roommates colocan en primer plano, polarizada, la mezcolanza de la formación sentimental. “Las cosas que brillan a mi alrededor”, un relato que me gusta especialmente, es el que ejecuta con mayor énfasis esta confrontación. Clarisa, la chiruza (un gran personaje, cifra de la sensibilidad budassiana), y Fabiana, la separada y audaz. Complementarias en un compinchismo de superficie, la colisión entre ambas es inevitable. Y también, tal vez, es inevitable el melancólico final que tritura el cuento de hadas de cierta clase media acerca de la disposición feliz de las mujeres al matrimonio y la familia. La infancia se intercala en los relatos como referencia y contrapunto constantes, y la fruición de la narradora se palpa en el detalle: Mujercitas, caramelos Sugus y Media Hora, Palitos de la Selva, Pequeños Ponies, Barbies y un largo etcétera que, además de registrar una época, apoya las historias en un espacio verificable, que se describe con ojo de cronista y cuyas señas particulares más elocuentes son precisamente las marcas, los nombres propios que definen conductas y pertenencias culturales. Ay, la infancia y los saberes de la infancia dañados por el páramo de lo real se cuelan como apuntes dolorosos. Pero nunca forzados (el páramo más crudo se narra en “Acto de fe”, tal vez el mejor cuento, una pesadilla también doméstica en el exilio extremo, metafísico). Y, al mismo tiempo, contribuyen a airear, a darle un ritmo incesante, hecho de saltos, a la primera persona que domina el libro. “Me pregunta qué opino (pienso: mediocre) y le digo que hay algo que no termina de cerrarme, frase que, lo sé, inquieta a hombres como él. Mi interés pasa por otro tipo de temas, no sé si soy la indicada para dirigir tu tesis, no, no es que no me interesa en absoluto (el café está frío y el edulcorante que trajeron tiene ciclamato y sacarina, un gusto asqueroso).” Como en este fragmento de “Roommates”, la prosa de Sonia circula de continuo en distintos niveles, se interrumpe, retrocede y acota, evoca y compara, dentro de un espinel inagotable que vitaliza el texto y es la forma perfecta de la vacilación, de esa primera persona desperdigada. Es también un recurso envolvente, impregnado de humor, que mantiene al lector a rienda corta. Curioso, voraz.

En medio del campo de batalla


saludos a sergei, andrei, sonja, vladimir, anya, larisa, esteban
y a todos los rusos que me conocen

y que me están escuchando.
*********
¡UPDATE URGENTE de sábado a la noche!
Recibo esta imprescindible información de fuentes que eligieron resguardar su identidad:
"Su nombre en ruso es muy curioso"
, dicen. Chequié la fuente y tenía razón. Haga click aquí mismo, ingrese su nombre, preferentemente en letras mayúsculas y apriete la tecla Enter.

Una vez más, lo mejor del periodismo diario sucede cuando publica asumida ficción

La última huelga de los basureros.
Por Bernardo Kordon (1915, Buenos Aires - 2002, Santiago de Chile).

"El hecho se produjo en la mañana del 22 de diciembre. El camión Dodge unidad Nº 207 de la Dirección General de Limpieza se encontraba en plena labor por la calle Arenales. Su equipo de cuatro peones se distribuía a razón de dos hombres por acera. El vehículo estaba detenido en el centro de la calzada y este detalle provocó la protesta de Isidoro Camuso, industrial de 45 años, que conducía su Valiant chapa 597.905 de la ciudad de Buenos Aires.

Isidoro Camuso hizo sonar repetidas veces la bocina para exigir que el camión le cediera el paso. Su conductor asomó la cabeza por la cabina y echó una mirada distraída al irritado automovilista, sin mover una sola pulgada su pesado vehículo. Justamente en ese instante los recolectores transportaban los enormes tachos pertenecientes a los edificios señalados por los números 1856, 1858, 1845 y 1849 de la calle Arenales, que no cuentan con sistemas de incineración de residuos. Si hemos señalado que el conductor detuvo el camión en medio de la calzada, obstruyendo el paso al tráfico y se mostró impasible a los requerimientos del automovilista demorado, debemos por otra parte considerar algunas normas de principios laborales. En medio de la calzada el camión se mantiene a igual distancia de los peones que trabajan en cada acera, detalle de importancia cuando se considera que los tachos de basura son tan pesados como molestos de cargar. Por supuesto, nunca un conductor de camión recolector de basura explica ésta u otras razones a los automovilistas impacientes, limitándose a echarles indiferentes miradas desde una cabina que los eleva unos cuatro metros del suelo.
¡SIGUE!
Vía Diario Crítica de la Argentina
"Una casa que es una escuela mutante de pérdida del cinismo"

Me gustó esta frase que usa federico levín para referirse al CC pachamama en su crónica sobre el último encuentro del quinteto.

Me gustaría vivir en una casa así (aunque todo bien, no en el pacha propiamente que ya tiene sus propios naturales habitantes).

¡Am! ¡Pará de chamuyar! II



Florencia Goldsman me hizo esta entrevista (con generosa intro) para la revista Quid que salió en febrero. Hablamos de Los domingos son para dormir y un poco de las hermanas alucinantes de Mujeres de Dios, de las revanchas que se cumplen a través de los libros, de los estereotipos, las superposiciones y puede hacer click para agrandar, leer y ya.
(¡Qué cara de buena que tengo cuando tengo cara de dormida)

bizarre

Un playmóvil habla del libro de un muppet ¡qué degeneración!

Los domingos son para dormir de soña+Hegel =
una reseña simpatiquísima de un juguete hipotético y articulado.

para un domingo de lectura y trabajo, trabajo y lectura

"Los veleros en la Bahía se inclinan por completo; las olas están afiladas, inquietas. Desde Alcatraz, el faro manda señales en pleno día. Todos mis amigos no están ahí. Cuesta acometer este trabajo, esta enorme carga de los sueños. Sólo los libros dan algún consuelo".

Conquista de lo inútil.
Werner Herzog.
(Diario de filmación de Fitzcarraldo)
Traducción: Ariel Magnus. Entropía; 2009.
para matizar aquel espíritu rumbero que se me atribuye en screamings and whispers.

Los domingos son para dormir alcanza las páginas de la revista de cultura masiva""

reseña publicada en la revista Ñ
Por Guido Carelli Lynch, vía Entropía

“Compulsión a la repetición” es el título de uno de los nueve relatos de Los domingos son para dormir, el primer libro de cuentos de Sonia Budassi y, también sin querer (queriendo) una declaración estética de la autora sobre su propia antología.

No se trata de reiteraciones sintácticas y mucho menos de una falencia de una escritora que ha dado sobradas cuentas de su manejo del idioma. Es, más bien, la reconfirmación de una voz, de un tono unificador en cada cuento, que terminan por sellar una unidad narrativa bien palpable."

(...)

Maguila apuesta por la dama y super recomienda Los domingos son para dormir!!!

Los domingos son... vence, por un segundo, a Villoro:

"Compré “Los domingos son para dormir“, básicamente, por dos razones: por un lado confío mucho en el criterio editorial de Entropía, (...); por otro lado había leído dos cuentos de Sonia Budassi (”Capacidad de adaptación” y “Nada para hacer” en esas antologías temáticas de jóvenes narradores que publicaron en los últimos años) y me gustaron mucho. Así es que estaba buscando un libro de relatos, dudé entre Los Culpables de Villoro y éste y terminé apostando por la dama. No me arrepentí, en absoluto."

(Apueste por la dama usted también!!!!)



(...)

"Me gusta la manera de escribir de Sonia Budassi"

(read it soon!!)

(...)

"Tanto en lo formal como en lo estético se nota mucho laburo en cada cuento, me imagino a Budassi revisando sus relatos con minuciosidad de artesano (artesana en este caso), cortando frases, sacando palabras, moviendo párrafos, corriendo comas, buscando sinónimos, puliendo cada cuento hasta que brille, algo que solo hacen quienes sienten mucho amor y pasión por la literatura. Los resultados están a la vista.
La economía de recursos, la eficiencia de sintaxis, la confianza en el lector, el talento creativo y el dominio incuestionable del lenguaje que posee la autora, sumados a mi siempre subjetiva valoración estética (o sea, aparte de todo lo expuesto, los cuentos me parecieron hermosos), me llevan a recomendar la lectura de “
Los Domingos son para dormir”, no se van a arrepentir."

(¡¡¡busquelo ya en las librerías más pipí cucú!!!)

leala completa la reseña completa, que para algo el muchacho se tomó el trabajo de escribirla!

Los fanáticos de Palermo y de Parque Rivadavia noooo tienen razón

(Sobre Hacer el odio de Gabriel Bañez. Publicado en la columnita "La biblioteca ideal" del Suple de Cultura de Perfil. No es una reseña así re estricta lo que va en esa sección)
Las ciudades pueden ser, con perdón de la obviedad, territorios geográficos o mapas simbólicos. Es posible imaginar, desde luego, el sonido y los olores de cada centro, de cada barrio, de cada pueblo o metrópolis y también las convenciones y saberes que los trascienden.¿Qué pasa con los libros y su disposición, en qué lugar colocan los lectores, los escritores y la crítica a sus librerías? Un periodista peruano pregunta a un escritor y a un crítico dónde puede comprar libros. El crítico responde "en la zona de Palermo". Declaración que enciende el debate con el otro, que considera casi un acto de irreverencia aquella recomendación.
El nada for export Parque Rivadavia, epicentro caótico y riquísimo de compra y venta está, por ejemplo, sobrevalorado. O no: Parque Centenario está subestimado. Sin expectativas, bajo la influencia de los fanáticos de Parque Rivadavia, recorro los puestos del Centenario esperando ver libros de texto, recetarios de cocina, a lo sumo algún manual del tipo "hágalo usted mismo". Pero descubro, prejuicios inútiles, varios libros de narrativa en esas oscuras y prolijas cajas de exhibición. Impecable a pesar de sus más de 20 años, compro Hacer el odio, novela del platense Gabriel Bañez (que acaba de ganar el premio de Novela Letra Sur con La cisura de Rolando) que se publicó en 1984. Entre la sordidez, la inteligencia y el morbo, el personaje atenta contra casi todo sentido común en sus relaciones y se aleja de cualquier atisbo bien pensante o políticamente correcto (en tópicos vueltos lugares comunes como el de los desaparecidos o el nazismo); es difícil imaginar el efecto de lectura que generó en el contexto de su publicación, uno de los tantos elementos que convierten al libro en un necesario objeto de rescate. Los desplazamientos por La Plata, al mismo tiempo, contruyen un mapa arborescente (¿diagonal?) de sentido sobre el texto, que señala los pasos sobre los que hay que desconfiar."Me reí, esos rasgos de urbanidad siempre me parecieron risibles. La violencia contenida, esa forma decorosa de sobrellevarla, de encubrirla, también es un producto urbanístico muy argentino".

ya lo dijimos, chico


¡HOOY!
Las teorías y el cocinero, salvajes, reunidos por primera vez!
SHOW ALIVE!

¡Am! ¡Pará de chamuyar!

Héctor Pavón me había mandado este cuestionario para una nota que hizo en Cultura de Clarín. Mientras deseo irme a una quinta, una casita en la playa, en el arroyito o la montaña a dedicarme a full a esos menesteres que nos apasionan pero sigo acá, me consuelo posteando despreocupadamente eso que respondimos a las corridas pero super entusiasmo como siempre.

1-¿Un escritor, un pensador, cuando va de vacaciones se desprende totalmente de su actividad intelectual, o por el contrario, disfruta y padece de una actitud creativa permanente?

Creo que hay una falsa generalización en la dicotomía entre los escritores “de biblioteca”, y los de “la experiencia” al estilo -casi incurriendo en la caricatura- Hemingway aunque, claro, hay excepciones; básicamente la idea es simplificadora.
Según mi percepción, los escritores estén donde estén, y a pesar de poder mezclarse en rituales comunes a otros, en territorios nuevos, nunca dejan de tomar notas, de captar impresiones, de leer, de preguntarse, de escuchar y ver, emocionados o cínicos. En ese sentido, no se “toman vacaciones”. Es probable que en otro aspecto eso también les pase a los contadores en Mar del Plata; quizá ellos se transformen en perceptivos sensibles por el beneficioso efecto del run run del mar. Pero creo que entre el masoquismo y el hedonismo, la diferencia entre otro tipo de vocaciones, es que en la nuestra casi cualquier material es potencialmente narrable, o interpela un lenguaje, un código, un paradigma, lo que vuelve casi imposible mantenerse indiferente ante el entorno o dejar de pensar en lo que uno viene trabajando; por más que en lo primero termine en un texto o no. A veces tengo una sensación muy discutible; la de que otras vocaciones - que no trabajan con el lenguaje, o el arte- tienen una relación más diferenciada, una división más clara entre trabajo y ocio; una distancia asumida, más aproblemática y quizá más sana.

2-Barthes dice que un escritor es un falso vacacionista, dado que aprovechan el aislamiento en el mar o en la montaña para terminar un texto, corregir pruebas, gestar un proyecto. ¿Estás de acuerdo?

Mi interpretación de la pregunta tiene algo de conciencia proletaria, pies sobre la tierra, pero también me remite un poco al mito Tom Wolfe: La utopía del trabajador asalariado de las palabras, el más o menos prestigiado ratón tipeador, que de pronto puede retirarse a escribir “La Novela” lejos de la ciudad. No puedo saber si esa utopía, en tiempos en que el trabajo de los escritores y de los que escriben sobre lo que leen está un poco devaluado, puede alcanzarse, pero parte de esa fantasía está, en ese plano inestable y fantasioso pero no condicionante. En los 90, me contaron, un escritor usaba una remera que decía: “Too many books, so little time”, o algo así. Las notebooks, con su culto capitalista al individualismo, su ilusión de no lugar potencialmente creativo como las antiguas moleskines pero con su magia wi fi de poder estar “conectados”, permitieron ejercer esa proclama con respecto a la escritura y su socialización, desde cualquier parte del mundo. En mi caso, nunca fui a ningún lado sin, como mínimo, mi cuaderno. Mis últimas vacaciones fueron dedicadas a corregir Los domingos son para dormir y las de este año serán para terminar de escribir una novela; otra vez surge esa noción ambigua de trabajo y placer, de voluntad y goce, los límites borrosos; poder, durante unos días, alternar la concentración con la natación y el bronceador (dejar de lado las obligaciones cotidianas; sólo “escribir y disfrutar”).
Ahí está el peso glorioso de la contradicción: escribir cuando todo el mundo vive, anda semidesnudo, al borde siempre del bochorno si se lo piensa desde otra perspectiva (en un punto algunos podrían concebir ese habitat promiscuo de la playa como antinatural); se escribe durante el año encerrado y solo; el cliché indica que sin inclemencias visuales ni climáticas. Pero no queda otra, y está bueno, el escritor se lleva a sí mismo y sus ansiedad de escribir incluye siempre tanto la ansiedad de vacaciones (vivir bajo las condiciones de cualquier veraneante, pero torcerlas un poco para sí) como su neurótica, imprescindible, necesidad de reclusión.
3-¿Qué lees en vacaciones, algo en especial que guardaste para ese momento o lo que simplemente tenés ganas de leer?
Me resultan simpáticas las declaraciones de Pauls con respecto a la dificultad de leer en la playa y la aversión de la arena en los libros que expone en La vida descalzo. Luchar con la pringosidad del protector solar, la luz absoluta del sol tan distinta a los rayos gama del monitor, transpirando, en la incómoda toalla o reposerita -en el mejor de los casos- no impide que lleve incluso libros gordos, sumamente incómodos y postergados durante el año por la placentera actividad diaria de leer sobre lo que tengo que escribir. Igual uno siempre carga con un libro de último momento. Estoy esperando tener unos días libres para terminar Breve historia de la literatura argentina, de Prieto, esos libros que uno por la coyuntura no pudo terminar de leer en su momento y textos más recientes: La cisura de Rolando, de Gabriel Bañez, Nudos de Patricia Ratto, y Anís, de Mariana Dimópulos, otro crítica literaria, algunos de poesía como el extrañísimo Cinco por uno de Mario Arteca y más, siempre tengo una lista abrumadora; es inevitable hacer que los libros hagan viajes de muchos kilómetros; lástima que a veces, como decía esa remera, no da el tiempo para todos, pero esa es una obsesión tan personal como compartida.

Mi "maestro" fue Pablo Escobar (No digas profesor, dí "maestro"; allá le dicen así)

"¡Fuera, monocuco, fuera!"; "Baila, monocuco, baila", todo reviente tiene códigos, discriminación, no somos iguales en el barrio, la competencia es así en bahía y en la china cambia de antifaz pero

Igual él fue Pablo Escobar y nos miramos a diversa distancia porque claro, yo era monocuco y a veces ni eso, ese calor daba demasiado disfraz. Había mucha onda, alto voltaje, pero al final Pablo bueno, estuvimos ahí, nos lastimamos las piernas , rodillas y pies pero no podemos dar fe de que lo hayamos visto caer.

Copio Vía Crítica

"No tenía disfraz. O mejor dicho, tenía uno de monocuco, un recontratípico traje de carnaval de Barranquilla, especie de arlequín multicolor con capucha de pitufo. Me lo probé: parecía el muñeco Barny. Así que busqué en mi valija qué podía inventar. Estaba llena de ropa blanca, para estar a tono con el calor del Caribe. Se venía la guacherna de carnaval, el desfile inaugural. Los monocucos abundan en esta fiesta. Este año salieron tantos que son resistidos allá donde se menean. “¡Fuera monocucos!”, suelen gritarles para espantarlos, para que no desluzcan a los que se han preocupado por ser originales. Me dije, consultá una mujer creativa, diva y popular. Mi nueva amiga Liliana Saumet, la cantante de la maravillosa banda Bomba Stéreo –¡bajen su disco de internet ya!–, me ayudó. –Con esa cara –me dijo– podrías ser Pablito Escobar tranquilamente. Le contesté con esa expresión de los costeños (del Caribe colombiano) que queda bien para todo. “¡Ajá!”, con la jota hinchada con que hablan para decir por ejemplo, tenés razón, ok, o qué es esto, o ¡mirá vos! Sin demasiado problema armé el vestuario de mi versión de Escobar: pantalón blanco chupín, mocasines de cuero de potro, camisa blanca abierta hasta la clavícula, cinto blanco, cadena gruesa y de oro falso, sombrero panamá, gafas enormes y oscuras y el alma de un bribón al que le gusta mostrar el fierro, un revólver 38 bien llevado en la cintura. Luego me afeité la barba y dejé el bigote. Cuando salí a los pasillos del hotel me di cuenta de que causaba impresión. –¡Ajáaaaa! –me saludó el botones. –¡Ajá, don Pablo! –me piropeó la de la recepción. El disfraz funcionaba. Entré a la guacherna, ya multitudinaria a las ocho de la noche, como un personaje real: era Pablo Escobar. Apenas hice unos pasos escuché el grito de un monocuco que pasaba: –¡Pablito! –dijo detrás de su antifaz. Con mi amigo Charly, emperador chino, frenamos. El monocuco nos pidió una foto. Nos costó avanzar entre las comparsas detenidas a la espera de la largada: cada tanto, otra foto. Otra más. Otra más. Escobar se robaba el corazón del pueblo. La masa no quería perderse la oportunidad de inmortalizarse junto a él. –¡Dispare con esa pistola, patrón! Un negro hermoso que miraba desde la tribuna el desfile se dio cuenta de que no sabía manejar un arma, y me enseñó a ostentar como Pablo: –¡P’ arriba, marica! ¡Ratapumpumpá!
¡Me salía bien! Con la mano en alto, tres veces para arriba, como tirando al aire:
–¡Así se hace, patrón! –gritó una señora. Con el emperador llegamos a nuestra comparsa ya sudados, ya borrachos, ya en personaje: éramos otros. Hasta que terminó la guacherna fui Pablo Escobar. Pablito para los amigos. Aquí y allá sonaba mi nombre. Bailé al ritmo de la tambora y la flauta de millo, la gaita y el ron. Bailé la canción del carnaval y su estribillo: “Mama rón-mama rón”. Bailé para el público y para mi amiga, la de la idea del disfraz, que se puso de Mujer Maravilla (pueden verla junto a Pablo). Bailé como nunca debe de haber bailado el patrón. Y más. Bailé tanto que terminó el desfile y seguí bailando en una fiesta en plena calle: una auténtica “cumbia”; miles danzando el elegante ritmo que dio origen a todos los demás que lleven su nombre. A ratos algún bailarín me miraba y se alejaba, de puro miedo nomás. A las dos de la mañana una estampida me asustó. Eran policías foráneos, venidos del resto de Colombia, que no entendían el carnaval, me explicó un amigo. De pronto, ¡tiros! ¡Ningún ratapumpampá! ¡Tiros de verdad! Alcé a la Mujer Maravilla por la cintura y volé con ella del brazo. Pero se me perdió. Tropecé. Casi caigo despanzurrado. Escuche el alarido: –¡Cristián! –dijo. Wonder Woman se había colado en la casa de una vieja que cerró la puerta tras de mí. Luego, más tarde, en la calle, con los tombos dando vueltas, un negro me susurró: –Esconda el fierro, papá. Me quité sombrero. Cadenas. Pistola. Gafas. Dejé de ser Pablo. Me fui silbando bajo. Y seguí bailando, con mis cumpas, en La Troja, la catedral de la salsa barranquillera. "

El sapo explorador se volvió al campo

Después de la guerra la voz del aguilucho rasante vuelve a picotear la víbora y de refilón te dice: 

- Los libros y los amigos, esas cosas que no hay que compartir.

Tampoco la web, diría la culebra. Pero nacimos acá y en esos días; arrastrémonos por la senda de la supervivencia entre cardos violetas y lianas que son chips binarios, cuevas de vizcachas top.

"ilumina"

Alejandro Canepa viaja en colectivo con una mochila cargada de libros que no para de leer y resulta que escribió para El Libro de Arena estos simpáticos comentarios sobre Mujeres de Dios. (¡Super gracias!)

"Hace poco terminé de leer Mujeres de Dios. Cómo viven hoy las monjas y religiosas en la Argentina, de la escritora y periodista argentina Sonia Budassi. Me interesó este libro a partir de las notas que leí en distintos medios cuando el libro salió a la venta. Ya desde el título del libro quería conocer las historias que prometía la autora.
La investigación de Budassi logró atraparme desde la primera página. Lo leí de corrido, algo poco habitual de lograr en tiempos de exceso de trabajo y otras obligaciones. Por cada página que avanzaba, más me entusiasmaba la forma y el contenido de las historias que contaba. Hacía bastante que un libro de investigación periodística no lograba atraparme tanto.
El libro logró colocarme en una especie de “nube”, desde la cual uno podía mirar los diálogos de la autora con una superiora de un convento o con una monja de clausura. Por momentos, las descripciones de ciertos ámbitos de colegios religiosos y capillas eran impecables por los detalles y por el clima al que hacían elevar al lector.
En particular, en un capítulo en el que se cuenta la experiencia del encuentro con una monja de clausura, que vive casi sin contacto con el mundo exterior, en plena Ciudad de Buenos Aires, me sentí directamente recluido en ese mismo espacio que compartieron la religiosa y la autora. Voces sin rostro, rejas, paredes vacías; la narración me atrapaba, física y mentalmente, en esa habitación.
La lectura de Mujeres me remitió a El nombre de la Rosa, no porque tengan entre sí alguna similitud de contenido, sino porque el clima, los aromas, los sonidos y las imágenes construidos por Budassi me hacían revivir esa atmósfera sórdida y lúgubre, que tan bien exponen Eco en su novela y Jean Jacques Annaud en la versión fílmica.
En definitiva, el libro corre el velo sobre un grupo de mujeres de las que poco se habla en Argentina. Sobre mujeres que eligen un sendero cada vez menos transitado en el país. En tiempos en donde el cuerpo femenino es más expuesto, ellas eligen, al menos en teoría, sustraerse al mundo del sexo y cubrirse más que el promedio de las mujeres. Esa mirada de voyeur que permite el libro hizo que quedara con ganas de muchas más historias de ese mundo peculiar.
Mujeres es altamente recomendable. Es un libro que ilumina rincones oscurecidos por hábitos, votos, modas y el ruido urbano."

Fue lindo mientras duró I

Zulu es fotógrafo y estuvo en la guacherna y como es solidario nos invitó el último día a amanecer en su casa de la playa. Lo reportié, como se dice ahí, y llegué a la conclusión de que tiene una buena vida. Vende pescado y tiene un restaurant en el patio de su casa.
Como tenía mucho calor me puse el disfraz de monocuco de capa. Caminando por la guacherna, Guido y yo, ajenos a la juerga perniciosa de nuestro alrededor, no hicimos más que discutir acerca del futuro de las reseñas y de la crítica publicada en medios masivos; a qué lector hay que apuntar cuando se escribe en un suplemento cultural y de las políticas literarias que se esconden detrás de los festivales, qué tensiones subyacen en las últimas producciones leídas por ambos y también sobre la complejidad perseguida en nuestras próximas obras.

Luego fuimos en busca del maestro para que nos ayude a resolver nuestras inquietudes de oh jóvenes escribientes latinoamericanos que vacilan. Como no lo encontramos no nos quedó otra que camuflarnos con esa bárbara multitud y tuvimos que posar junto a un gorila, otros hermanos monocucos y una chica de flores y antifaz divina; no nos quedó otra que dejarnos llevar, pero vamos a escribir una tesis al respecto aunque tengamos que sucumbir a al temido concepto de "cultura popular"; el proyecto será supervisado en oscuras bibliotecas por las mentes más serias pipi cucus de la generación que nos antecede.

"Fragmentos de un discurso amoroso"


Salió la revista Llegás de febrero (noticia tardía, ésta). Reescribiríamos esta nota comentario, pero ya salió así. Son los últimos días para ver la muestra, que está mejor, mucho mejor que lo que pudimos escribir.

(...) La serie de Laura Códega, que coloca semillas en un teclado y una impresora en desuso y captura los momentos de la germinación. La intervención alcanza su momento más espeluznante al llegar a la última foto, que ofrece una perturbadora comprobación, la cuerda rota de la que hubiera tirado el alma surrealista sensible superada por el registro cuasiengañoso de lo real: los brotes verdes que crecen entre las teclas.
En otro grupo podemos colocar las imágenes que manifiestan la pulsión conquistadora de un espacio trastocado, la dimensión monumental y tibiamente inexpresiva de una ciudad manipulada en las postales retrofuturistas de Carolina Magnin. Sus visiones pixeladas obligan a cuestionar la condición anterior de la ciudad, o mejor: la condición de posibilidad de todas las ciudades. También en esta corriente podemos incluir a Julieta Ortiz de Latierro, que fotografía edificios en los que proyecta dibujos durante la noche.
La convocatoria de la galería previó la elección de un primer premio y de una mención. Germán Ruiz, ganador de la mención con sus fotografías tituladas “retrato”, “hogar”, “naturaleza” (una toma de un perro mirando un empapelado), se inclina por una propuesta muy interesante usando la sutileza del humor (...)

Inaprensible luna de miel
El Primer Premio fue para marido/luna de miel/arrastra mi corazón hacia la luz de Lorena Fernández quien, entre otros caminos de lectura posibles, se inscribe en la línea de quienes trabajan sobre la intimidad, pero de manera bien diferenciada del resto de los trabajos que bordean el tópico, como la también atrapante serie Una familia muy normal, de Alina Schwarcz.
El trabajo de Fernández está montado sobre un empapelado hogareño que la propia artista hizo colocar, y sobre el que colgó cada foto sostenida en marcos dorados; las líneas de una calidez doméstica entendida desde otra época.
La obra tiene el mérito de llegar hasta el final con su propuesta, como si en cada una de las piezas y en su orden estuviera cifrada la suma de una profundidad, los vértices con los que los estatutos de lo que llamamos arte construyen su verdad última, luego de socavar los contornos de cada frontera expuesta, en forma de pregunta. En su radicalidad –que no implica exceso- la obra parece manifestar que nada de eso podría decirse de otro modo para animarnos a destilar un pensamiento nuevo, movido por las capas sensibles de lo próximo, reorganizado, distinto, vuelto a ver. Porque la “luna de miel” de Fernández no incluye daiquiris en la playa pero sí instantes de un “marido” que adquiere la pose y el halo de santo pero, al mismo tiempo, en su imagen multiplicada en varias fotografías resignifica un juego tenso entre lo reconocible y lo totalmente otro. ¿Quién, fuera del vínculo amoroso podría identificar al hombre en una toma en la que aparece de espaldas, una porción apenas de piel; leer esa parte extraña de un cuerpo inclinado hacia un lago como a un sujeto único? Y esa foto del elefante, de una dimensión que invita verla mil veces ¿es un objeto que las abuelas colocaban en sus repisas de recién casadas o una escultura a tamaño real? Las mujeres (sólo tres en toda la serie; que integran otro trabajo de la artista) ¿están felices al ser colegialas, adolescentes, la remera de “I love boys” con la cara de la Pitufina, en ese imaginario encendido, juvenil, hiperbólico? La tercera es apenas una silueta femenina, indefinida. (...)

Problema grave: denuncian exceso de monocucos

"Este año hubo exceso de monocucos. Muchas empresas contribuyeron a esto y por eso tuvieron un puesto privilegiado para hacer desorden. Claro, aceptemos que el monocuco es goce y desorden, pero si no le ponemos coto a esta situación se nos vuelve anarquía”, apuntó Sojo, quien anunció que a raíz de lo que le ocurrió a su comparsa este año tomó la decisión de no volver a participar en La Guacherna, como ya también lo hicieron la escuela de danzas de Marlio Cortés y Timbalaye, por mencionar algunas".

sobreadvertencias

En un shopping (mol) colombiano que se llama BUENA VISTA espero que se presente El gallo giro, 10 parejas del grupo contratadas para un evento, ya arreglé con el director verlo de nuevo acá. Después de eso, voy a las 20 a ver Carlos Andrés, hijo joven de un director de otro grupo de cumbiamba en el barrio el Reboldo, al que todos los taxistas recomiendan no ir porque es "peligroso". Hace un rato, en la recepción del hotel

yo-Buenas, me decís por favor dónde me puedo tomar un colectivo que me llave a Buena Vista?
Recepcionista-Pues puede coger un taxi aquí en la puerte.
yo-sí, pero en realidad quiero ir en colectivo, en omnibus
recepcionista-¿En bus?
yo-Claro, en bus.
recepcionista-Mmmm...bueno...(hace un dibujito tipo mapita explicativo, perfecto)
yo-Gracias, todo clarísimo
recepcionista-Acá le dejo la tarjeta del hotel con el teléfono, aunque bueno, también figura en el papel...Procure no hablar con nadie, ¿sabe? En el bus hay todo tipo de gente, es un sitio, me comprende, no muy exclusivo, así muy popular.
Y acá stoy posteando, por 15 minutos que es lo que pagué.
de todos modos nunca me sentí caminando pintada con resaltador tanto como acá.

nos disfrazamos


poco internet, mucha sangre, busco la historia mientras cabalgamos el carnaval, las clases, las frases del tipo "te tiran la sátira" en días de 145 horas, sábanas blancas, hotel bien pero faltan cables, esas cosas para contar online y fotografiar. (gracias amigo por la imagen)