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Las ideas no usan corbata (u otro título mejor)

 
 Publicado en la Revista de la Universidad Nacional de San Martín.
Sonia Budassi

Hay una idea. Cientos de ideas. Las ideas tienen vidas productivas y felices, se escribe sobre ellas, se desarrollan y se expanden, crecen y se las expresa en el aula de una universidad del conurbano bonaerense, pero también en otra en Dresde, en Río de Janeiro, en una comunidad indígena del norte del país, en un monasterio europeo, en un hospital chino, en plena selva a orillas del Amazonas, en una cena de profesores hindúes, en un viaje en colectivo interurbano, en una biblioteca parisina de postal. Las ideas sueñan su propio ascenso social. Las más lúcidas y trabajadoras crean escuela. Buscan colonizar otras mentes, otros claustros, plasmarse en más papers que las legitimen con muchas notas al pie para que se reproduzcan en pequeños actos políticos en una plaza o en una habitación oscura con un velador de lectura, una noche, mientras una estudiante quiere atraparlas para sí. La vida de las ideas configura las vida de las personas. Algunos dirán que es al revés.
Es sabido: las ideas van a la guerra. En el combate son desplazadas por otras. Sufren pérdidas, amputaciones, desplazamientos, plagios u olvidos. A veces triunfan. Las ideas buscan aliadas, se suman a otra corriente y salen airosas y transmutadas. Algunas son antiguas, pensadas y vueltas a pensar, orgullosas, experimentadas  y soberbias, victoriosas e inquietas, hacen pie como la sal del mar en tierras dispersas y toman otra figura que salta en el tiempo como esos pececitos que salen del agua y dibujan un arco en el aire para escapar de un hambriento delfín.
Las ideas están condenadas a vivir en los hombres y en las mujeres, por eso también su realidad es tan ardua. Entre lo material y lo simbólico. Repleta de incontables y pequeñas batallas cotidianas porque son las que padecen esos hombres y esas mujeres que se dedican a ellas y que, aunque quieran, no pueden hacerlo las veinticuatro horas del día. Porque los hombres y las mujeres dedicados a estudiar también dan clases y pagan impuestos, viajan para conocer y participan de Congresos, quieren quedarse debatiendo pero deben detenerse para ir a dormir; los hombres y las mujeres viven buscando esas ideas y volverlas mejores, se especializan y quieren difundirlas, repensarlas a la luz de otro hombre o mujer especialista pero a veces el tiempo no alcanza como en aquella remera pop de un escritor a quien le han dicho pop: “So many books, so little time”. La ya conocida historia de los ruidos de la mundanidad.
Salir del closet. Las ideas y lo que ellas generan a veces tienen miedo, o muchas preocupaciones existenciales que las llevan a agruparse. ¿A qué campo pertenezco? ¿cómo puedo profundizar más en mí? ¿Hay alguien más que me piense parecido? Y entonces sin querer se hacen amigas de las ideas de su propia disciplina y se encierran en un cajoncito que los hombres y las mujeres que las estudian llaman “especialización”. Y porque quieren ser ordenadas, organizadas, y por rigurosas, los cajones de cada disciplina de las ciencias humanas al final suelen quedar ordenados por categorías similares. En el placard gigante del conocimiento sucede que el antropólogo habla con antropólogos, el filósofo medieval habla con filósofos, el crítico de arte habla con el teórico, el etnógrafo con el etnógrafo. Muy pocas veces, sin embargo, se juntan dos medias de distinto par; la gente lo ve mal cuando no se da cuenta de que, en definitiva, son todas medias que comparten un placard.
Pero las ideas –o el ‘pensamiento’, o el ‘conocimiento’, como se prefiera- a veces tienen un golpe de suerte y cumplen su deseo egomaníaco de que hombres y mujeres les dediquen, como nunca, tres días enteros para pensarlas, vociferarlas, volverlas solidarias en el debate crítico; que los hombres y mujeres les dediquen tiempo y abran todos los cajones; revolver el placard, sacar cada prenda al sol y colgarlas del mismo cordel. Mirarlas a cada una en sí y en su conjunto, con el viento en la cara y el cielo arriba y detrás.

Ellos, nosotros, y los otros. Notas sobre el campo cultural durante del Kirchnerismo. Publicada en la Revista Crisis, hace más de un año.


Nosotros

Tememos a la obviedad pero también al cinismo. Se nos dice, siempre se nos dijo, que debíamos cultivar “el sentido crítico” pero también “colaborar en la construcción” (nadie terminó de definir qué era eso). En el fondo, lo que nos importó fue leer bien; lo anterior opera de base para irrumpir ante el riesgo de lánguida indiferencia o de canchera iconoclasta intervención. Si caemos en algún maniqueísmo, suena una alarma como un corrector. Tampoco nos gusta que nos imaginen escribiendo nuestras más o menos felices ficciones en la torre Rapunzel que espera monárquico llamado del gran sello editorial o del editor de moda (si es que algo de eso existe).
Leandro de La Plata
A una cuadra está la legislatura bonaerense con sus cúpulas europeístas y su corrupta morfología espiritual de agujero negro: a algunos aún no les interesa votar, pero casi nadie sabe para qué sirve un legislador provincial. Estoy con Leandro. Conoce “el paño”. Ahora milita en Octubres y tiene su web de periodismo político; le va bien. Trabajó con Magdalena pero también en el diario HOY. Amplia experiencia militante. Ahora se declara feliz con su trabajo en una Subsecretaría de La Nación; viaja en combi hasta Buenos Aires porque nació en Rawson pero vive en La Plata. Tomamos un café que llega tibio.
Joven Admirador
Leandro renunció al HOY cuando le ofrecieron ocupar el cargo de editor por el mismo sueldo. Otro periodista lo reemplazó de inmediato bajo las mismas condiciones que él rechazó: el siniestro paradigma (¿transgeneracional?) de lo esperable. Le pregunto si conoce a Joven Admirador, él también trabajaba ahí. Parece que ya en ese entonces hacía lo mismo que cuando lo conocí, años más tarde, en otra redacción. Joven no tenía maldad eh. Sólo era un tanto individualista, de hábitos trepadores y una inteligencia demasiado moderada. Declaraba haber leído a Walsh y a Cortazar. Admiraba a Jorge Fontevechia y a varios periodistas televisivos. Estimo que también le gustaba CQC, aunque nunca lo hablamos. Siempre saludaba con un beso. Sueña, en secreto, con participar de una antología de cuentos.
Nosotros
Cuando Cristina asumió fui hasta Avenida de Mayo con un amigo escritor para verla en el recorrido en auto desde Congreso a Casa Rosada. Después escribí 140 caracteres sobre esa sensación de que ella me miró a los ojos a mí. Mi amigo decía que en realidad ella lo había mirado a él. No hacemos teorías sobre la seducción del líder, ni sobre la empatía emocional que generan los actos de concurrencia masiva, ni de los ritos colectivos que te hacen sentir parte.
Joven Admirador
En la redacción, Joven es de los que hacen comentarios sobre las carteras de Cristina a modo de queja indignada como lo haría, si la tuviera, mi tía Nené. No tengo que decir que espero críticas más agudas de quienes hacen periodismo político. Y de los que trabajan con el lenguaje en general, y quizá con esto vuelvo al tópico obvio del sentido crítico de los obreros de las letras como imperativo, de la supuesta responsabilidad social que debería colocarnos del lado de “cierta verdad”, lo del intelectual comprometido, la literatura militante y lo políticamente correcto como gesto de evolución o como acto despreciable. Todo eso puede ser escrito con signos de pregunta.
Nosotros
Me pasa a buscar en su súper auto (es el único de mis amigos escritores que tiene super casa y super auto) y todo el camino voy a ser copiloto atrevida acariciándole el cuello o poniendo mi mano sobre la suya sobre la palanca de cambio: es afecto: nunca vi a Juan llorar así.
-Era como un padre- repite. Pienso en el tópico literario de la búsqueda del padre como búsqueda de la identidad y, horror, siento que caímos en la tan temida obviedad cuando él completa y reafirma:
-Era un padre para todos nosotros, los que estamos en la búsqueda, en medio de un proceso identitario.
Juan es militante trans. Al instante recuerdo –pero no lo digo, no da- el casamiento de Julia (amiga artista) en 2007; ella la más impensada para el matrimonio: siempre contagió una cosa izquierdosa-anarquista. O ella cambió o yo la leí mal. Mientras comíamos un cazuela de pollo con una salsa rica y exótica, Gastón (amigo cineasta) definía el peligro que significaba para él que se le atribuyan dotes paternalistas a los presidentes en Argentina, al extremo de considerarlos casi como Mesías que te salvan o te hunden. Vimos la cuestión como reproductora de la abulia cívica, el mal universal de los tiempos; el voto y me voy (si es que se tiene la deferencia de ir a votar). No hubo vals como no hubo Iglesia, pero sí música festiva; la charla terminó apenas llegamos a la pista en la que no se escuchó ningún “Meneadito” pero sí mucho The Cure.
Nosotros, Leandro de la Plata y el Joven Admirador
De nuevo en La Plata, Leandro me dice:
-¡No sabés! Me encontré con Joven Admirador en el Costera viniendo para acá. Agarrate: ¡Joven Admirador se hizo kirchnerista!
Primero me da un ataque de risa, le digo que no puedo creerlo. Después pienso en la engorrosa ambivalencia de “lo políticamente correcto”. Más tarde en el sentido común de la endogamia y en el otro rincón el “dudo de todo”.
Nosotros, ellos
Estamos en una cena, en Recoleta, en un piso 15; un piso enorme lleno de obras de arte y comida rica y un vino delicioso que no voy a probar pero del que el resto de mis compañeros beberá hasta bordear lo impresentable. “¿A vos siempre te invitan a lugares así?”, me pregunta el periodista cultural rosarino. Digo que sí. Lo digo en chiste.
El anfitrión es extranjero y representa a su país manejando un centro cultural que tiene base acá. Cuando nos llevaron de visita a la nueva sede en construcción se nos explicó que había sido un patronato de la infancia, que después fue ocupado por cientos de familias hasta que ocurrió el violento desalojo. El guía terminó de narrar la seguidilla con un “pero nosotros estamos en contra de todo tipo de violencia”. Ante una pregunta, contó que el Gobierno de la Ciudad les cedió el terreno por treinta años.
El anfitrión es de lo más interesante y simpático. Hace chistes y cuenta anécdotas ambientadas en todas partes del mundo. Al lugar entran artistas extranjeros y algún agregado cultural. No hay música. Estoy en el grupo que se queda en el balcón. Hablamos de fiestas, de política y de la muerte de Néstor. Una de mis compañeras se autoproclama peronista –su papá fue candidato a intendente por su pueblo varias veces; se dice que en el 83 perdió por 200 votos por culpa de un cantito ingenioso y chicanero- y tiene la idea de cantar la marcha peronista acá. Otro sugiere que deberíamos consultarlo. Yo digo que quién podría estar en contra: hasta quedaríamos pintorescos frente a los artistas extranjeros, les regalaríamos desinteresadamente una simpática escena autóctona para contar a su regreso. Prima la prudencia y alguien pide permiso. Con la mayor elegancia, gracia e inteligencia que yo haya visto combinadas alguna vez, el anfitrión dice que no. El rosarino, que no entendió el chiste, vuelve a preguntarme, borracho, si siempre me invitan a lugares así. Entonces le digo la verdad, le digo que no y ensayo una hipótesis simplista: la diferencia entre el dinero que mueve la literatura y el arte a cierto nivel. Cerca nuestro, en el sillón, el director de la revista cultural extranjera habla por lo bajo de “contracultura”, y de que no entiende bien cómo varios de sus “jóvenes alumnos becados, todos con una carrera interesante” se muestran tan cercanos a las ideas de quienes “están en el poder”. Yo me acuerdo de que en un recreo de la clase, una de mis compañeras me contó que era “apolítica” mientras tomábamos un café expreso grande de Mc Donalds. Por vergüenza, dice, no quiso decírselo a todos, y aclara que está de acuerdo con la asignación universal por hijo.
Nosotros, ellos y yo
Antes de ayer, mientras pensaba en este dossier, me llega vía facebook un video titulado “Quién es quién en la política argentina”. Un bodrio extenso; burlas y descalificaciones a dirigentes de distintos partidos.
Sensación de pesadilla: por un minuto siento que el monstruo más improductivo del 2001 no había quedado atrás. Le paso el link a una amiga que se dedica a otra cosa. “Está bueno”, dice por chat. Cuando empiezo la discusión me dice que el tema le aburre. Cuándo le digo que no lo puedo creer, dice que salga un poco del “cascarón de tus amiguitos escritores” y vea cómo piensan los demás; aparte ella está en el trabajo y no puede seguir hablando. Me deprimo. Después leo la secuencia como un festín de críticas constructivas. Después pienso en que si sos escritora, valdría ser nihilista sólo al extremo (producto de importación). Después pienso en la herencia literaria de CQC. Después pienso que mostrar cierto optimismo tampoco está bien. Después pienso en oh, la complejidad. Después recuerdo varias escenas, que forman una secuencia en nosotros, en ellos y en mí. Y recién entonces me pongo a escribir.



copa américa

"ARGENTINO: marea roja, perdon pero mis papis no me dejan hablar con personas que sean de paises que nunca ganaron la copa america ni mundiales, solo hablo con brasileros y uruguayos, con ellos si nos podemos gastar y divertirnos, con vos me aburro"
Fuente: Diario Olé

Mi declaración elegida del día pertenece al loco Abreu en el marco de conferencia de prensa en que le preguntan como jugar con Argentina:

Periodista: -¿Y qué habría que hacer con Messi?
Abreu:- ¡Carnearlo!

La incomodidad como contracara del asombro

Copio algunas notas desprolijas que me sirvieron de base para presentar el libro de cuentos En los márgenes, de Ignacio Molina. Editorial 17 grises.
Cuando empecé En los márgenes de Ignacio Molina me dio tal entusiasmo, que cuando me puse a releerla, con las partes marcadas incluidas, me dije: uy, cómo hago, en la presentación me van a dar ganas de leerles todo el libro!
Así que, y también teniendo en cuenta los críticos que nos acompañan en esta mesa, voy a compartir con uds algunas notas sobre los tópicos y climas –porque en la literatura de Molina hay historias, personajes, pero también texturas y climas intensos- que fui apuntando durante la lectura, dejando mil cosas afuera.

1) El sentido común
En los 90 tuve la suerte o la desgracia de hacer uno de esos cursos de “control mental”, que daba consejos sobre cómo relajarse cuando tenés la cabeza muy acelerada, o te cuesta dormir. Una sugerencia, que todos los que íbamos confesabamos hacer, por sentido común, era lo de imaginar, para combatir el insomnio, un lugar bello y tranquilo. ¿Vos qué lugar imaginarías?
una Playa paradisíaca, un arroyo de aguas transparentes y tranquilas, un atardecer
Pero en el universo de molina, o de medina, el narrador de este libro, las cosas tienen otro valor, y suelen ser encantadoramente distintas al sentido común:
Leemos:
“Como hago siempre que no puedo dormir, traté de pensar en lugares tranquilos a esa hora de la noche. Por ejemplo: la cancha de básquet del club Napostá, una esquina desierta de la Paternal”.
Lo que atraviesa el libro es una mirada propia, distinta, sobre tópicos que nos resultan familiares. Sin efectismos, el libro de Ignacio logra quebrar nuestras expectativas sobre pequeñas cosas, rutinas, eventos cotidianos que podríamos haber vivido, en cualquier ciudad, cualquiera de nosotros.

2) El tiempo:
El paso del tiempo es quizá el núcleo o conflicto de este libro. A veces pareciera que En los márgenes es un texto de iniciación al cuadrado: hay pasajes del viaje iniciático del adolescente a Buenos Aires. Y después, el siguiente cimbronazo, es el de la adaptación al mundo del trabajo, de las responsabilidades familiares, de la paternidad, sobre todo eso: el paso de además de hijo, padre. La pregunta de la pareja del narrador que se va reiterando: ¿Como te ves siendo padre?
Por un lado, entonces, estos ciclos narrativos, a veces se condicen con ciclos vitales, y son definidos por estas experiencias de vida muy fuertes. Por otro lado, en estos ciclos intervienen también las marcas temporales propias del autor, desviadas, personalísimas. Como, por ejemplo. cuando antes de contar una acción, fija el momento histórico:

“Anoche, después del partido de Olimpo...”
Entonces, la marca temporal es una marca personal. Hay un tiempo biográfico propio pero es como si las estaciones existieran al interior de Molina: y esto no lo convierte en un narrador aislado sino que, por el contrario, vive integrado y susceptible al entorno, vive observando y cuestionando. Es más, podría decir que está incrustado, y problematiza desde ese lugar. Esto le brinda al texto dinamismo en el que, por ejemplo, salir a hacer las compras al supermercado chino, pueda llegar a ser una auténtica aventura, aunque esté contado con el estilo Molina: un tono austero, claro, preciso.
3) La trama:
Para no anticipar demasiado lo que Uds seguro leerán en breve –porque además ser un spoiler está mal- sólo voy a contarles un aspecto del maravilloso mundo medina. En este caso, me gustaría que vean en qué pueden consistir algunos climax, es decir ese momento intenso que la narrativa clásica hace coincidir con la resolución de grandes peripecias, como cuando un protagonista boxeador gana una pelea, o el asesino malvadísimo es capturado por un carismático justiciero. En el mundo molina, el clímax puede darse en una escena, como por ejemplo, aquella en la que
está con su bebé en la casa de unos parientes, que parecen lejanos, en Avellaneda. Él y su mujer los visitan para que conozcan al bebé.
Es domingo, está presente esa modorra de la sobremesa con calor después del asado y de haber tomado algo de vino. Y, en un momento arranca esta conversación, que si hubiera sido escrita por otro narrador podría calificarse de trivial:

“Cuando se enteró de que yo era de Bahía Blanca, Ovidio dejó pasar unos segundos y me dijo que él conocía a una mujer que tenía un hermano que había jugado muchos años en Olimpo pero que ahora no podía recordar su apellido”.

Finalmente, el primo recuerda el apellido: Oviedo.
El narrador cree que se trata de un histórico jugador de los 80, pero no pueden comprobarlo si no saben el nombre.
“Ahora el problema lo tenía yo: con el nombre de pila podría llegar la confirmación definitiva de que nos estábamos refiriendo a la misma persona.”
Va cayendo la tarde, el bebé del narrador despierta llorando en una habitación, y el padre va a buscarlo: lo que sigue es uno de los tantos pasajes casi místicos que encontramos en el libro. Y un ejemplo más que ilustrativo de los tipos de climax del relato, y de los descubrimientos geniales que mueven la trama:
“Mientras caminaba al interior de la casa, tuve una especie de iluminación. Lentamente, como pidiendo permiso, vino a mi cabeza una música con sonido de AM que, durante casi veinte años, había estado durmiendo en un lugar recóndito de mi memoria: “Raúl Daniel Schmidt, José Ramón Palacio, Manuel Cheiles, Alfredo Aquiles Oviedo”...y casi al trote fui a alzar al bebé para volver sobre mis pasos.
-¡Alfredo Aquiles! Dije a los gritos, sin miedo al ridículo, cuando volvimos al fondo.

4) Cuestiones de clase y cuestiones de edad.
Como en otros textos de Molina, en los margenes pone el foco en lo cotidiano, hasta configurar una verdadera épica de las costumbres. Entre lo doméstico y los social, los escenarios, paradójicamente, le van a parecer al lector tan cercanos como extraños.
Lo que circula –y es troncal- es la sensación de extrañeza de quien no da nada por supuesto, ni siquiera el recuerdo evocado mil veces, pero, sobre todo, la rareza ante lo conocido está dada por que volvemos a verlo a través de un lente de un hiperobservador.
Esto crea dos fuerzas en pugna pero complementarias: Por un lado, esa extrañeza nos habla de la incomodidad del narrador con el mundo, y eso es, al mismo tiempo, lo que nos permite experimentar la maravilla que por tan notable y expuesta, se vuelve invisible hasta que Molina las rescata para nosotros a través de estas historias.
Asi sucede en las siempre distintas escenas que ocurren entre los padres e hijos, o entre madres y madres e hijos, entre adolescentes y ancianos en las plazas; y también en los colectivos urbanos, o en los espacios comunes de los edificios.

Y si a veces el narrador se torna crítico con quienes son y no son a la vez de su misma clase, también es crítico consigo mismo como en esta escena en que se ve una pelea leve entre vecinos en la pileta común de un edificio. Molina concluye:
“Familias de clase media (profesionales, pequeños empresarios, comerciantes o empleados con sueldos bastante más altos que el mío) que cuidan con extremo celo ese lujo clorizado y enlajado que, deben suponer, les otorga algo más que alivio pasajero ante el calor de la ciudad”.
Otra vez, la incomodidad. Pero a ver...Medina no salió de un repollo, ni vide dentro de un raviol. Podemos arriesgar que Medina pertenece a la clase media, que es padre, que forma parte de una generación. Pero estas categorías no implican su aceptación absoluta ni significa que él encaje del todo: esto no lo vuelve un renegado, porque precisamente sobre estas grietas, en este corrimiento, Molina construye literatura.

El cruce que decía, entonces, es todavía más complejo. Porque el narrador es impudoroso cuando mira a sus semejantes en sus acciones públicas o cuando se expone en público una dinámica familiar o tribal, ya sea en las plazas, o en supermercados chinos.
Hay una de tantas escenas que ocurren en un colectivo en la que cuenta que la mayoría de los pasajeros se hacen los desentendidos a la hora de ver a su mujer embarazada y cederle el lugar.
“-A ver si alguien le da el asiento a la señora de verde, que está embarazada- pidió a los gritos, y yo, aunque me sentí bastante contrariado con el término “señora”, tuve que girar el cuello para agradecerle con la mirada.” (más adelante, sutilmente, también se va a incomodar cuando un chico le dice “señor” a él)

4) El extrañamiento como ars poética

Y esa descolocación, sensación de extrañamiento, también está puesta de manera concreta sobre la representación. Pareciera que siempre hay un velo sobre lo real, una bruma de indefinición, un signo de pregunta:
“Por la noche, pasan las últimas imágenes del concierto de una orquesta sinfónica en el Monumento a los Españoles. Por la ventana puedo ver los fuegos artificiales en la pantalla reflejada por el vidrio, y, en simultaneo, esos mismos fuegos coloreando el horizonte” .
Intento de robo a la vuelta de la casa “Un móvil transmitía en vivo desde el lugar de los hechos. A través de la cámara el barrio se veía diferente al que yo podía ver desde la ventana, como si fuera el recorte amplificado de lo que es en realidad. Hasta los detalles más familiares se veían distorsionados”
Esa pequeña distorsión aparece en el propio texto. Y acá emerge otro aspecto de En los márgenes: por debajo nos sólo nos plantea la idea del mundo, sino un ars poética, un sutil programa estético.
Y con respecto a esto me gustaría subrayar que en este libro, la incomodidad con el mundo es la contracara del asombro. Y eso es lo que hace que el libro sea atrapante, que no se pueda dejar de leer, que nos divierta, y que nos emocione como sucede con el extenso relato de la paternidad, pero también cuando se narran torpezas de la infancia. E, incluso cuando se señalan cuestiones de la vida, que por evidentes y naturales no dejan de ser crueles:
En el cuento “Un padre de familia sin auto” se lee:
"1998
Una tarde de la semana en que cumplo veintidós años, encerrado a oscuras en mi cuarto con un ataque de migraña, tengo, por primera vez, una revelación que incentiva el dolor: la juventud no es infinita, algún día voy a ser viejo."

Para ir terminando quería decir que además de ser un libro sobre el paso del tiempo, todo está narrado desde una cercanía que busca afianzar una relación de amistad con el lector, sin hacer ningún tipo de concesión. Y a tal punto propone esta relación que, incluso, como un amigo, nos quiere hacer pensar, pero también sonreir y pasar un buen momento, y revelaciones importantes: propone incluso una teoría acertadísima de Bahía Blanca como ciudad tímida, y cómo esto se vincula con el fracaso de sus selecciones de básquet en la Liga Nacional. También hay una reivindicación que en lo personal disfruté mucho–la leí y pensé: claro, los porteños tenían 6 canales de televisión cuando nosotros apenas dos, y que transmiten pocas horas, algo que en la infancia envidiabamos mucho- pero gracias al texto de Molina no sólo me di cuenta de que los porteños no tenían semillitas de girasoles, sino que además, descubrí la relación de este simpático alimento con una forma de hacer literatura.


La verdad uno tiene pocas oportunidades de hacerse amigos, y mucho más, de que un texto nos llegue tanto y nos proponga esta sincera relación de amistad como hace En los márgenes. Y este, quizá, sea uno de los tantos hallazgos del libro.

"Viveza criolla personificada"

Columna publicada en la revista El Guardián de esta semana.

*Tevez tiene el aspecto magnético de un chico haciendo travesuras. Me llamó la atención, a nivel estético, la manera particular que tenía de correr, una ferocidad suprahumana: la “garra” como atributo lugar común que siempre aparece junto a su nombre. Hiperbólico en cada acto (si sonríe, si se enoja, si declara, si patea), se distingue de todo el resto. Es la personificación del estigma de la viveza criolla en la cancha, aunque a veces salga mal y le valga alguna roja. Se le atribuye una chispa espontánea que implica pequeños arranques de irracionalidad que cada tanto juegan en contra (y en la pequeña caída el hincha, raramente, no condena: justifica, porque Tevez genera perfecta identificación). “Jugador del pueblo”, “pibe de barrio” supone el efecto “como vos o como yo” aunque la estrella tenga, porque es estrella, una vida tan distinta al resto de los mortales. La dualidad “pibe de barrio”- “producto de mercado” está plagada de sentidos. Tevez encarna la compleja leyenda del mito del ascenso social. Dueño de tremendo carisma, tiene el don de ser un sobreadaptado. Goza, además, de esa capacidad para convertir sus gustos en una marca que representa cierto “ser nacional”: el asado, la cumbia, la pelota. Puede hacer dinero con eso. Como imagen de Nike hace un poco de ruido; el estigma de la pobreza procesado y vuelto heroicismo marketinero que usa una empresa globalizada. Ezequiel Alemián escribió en su Diario del Mundial (ByF;2006) con respecto a Maradona: “Es una persona respetuosa de las palabras. Las palabras que usa Maradona son como las que usan esos pocos tipos diferentes, con un talento cualitativamente distinto: no importa a qué se hayan dedicado. Usan palabras que coinciden con cosas”. Tévez, heredero atemperado de la tradición maradoniana, comparte algo de eso: una relación privilegiada, aunque a veces espontánea y otras conciente, con significante y significado. Y también con los medios, con su gente, con el fútbol, y el amor fanatismo genuino de todos los demás.

Dije que "El periodismo, como la literatura, alimenta un ansia egomaníaca"

Gracias a Jimena Arnolfi, autora de la nota para Miradas al sur, en la que me pregunta, sobre todo, por mi libro de cuentos Periodismo, editado por 17 Grises.

Entrevista a Sonia Budassi, autora de un libro de relatos que da cuenta de la profesión


¿De qué hablamos cuando decimos “la redacción”? ¿Sabías que alguien escribe las notas anónimas en los diarios? ¿Qué es un buen periodista? ¿Se puede llorar en los baños por miedo a perder el trabajo? ¿Tenés baño en tu trabajo? ¿“Esclavita” es un apodo simpático para la nueva o expone una nueva forma de ver el Trabajo?”, escribe Lucas Funes Oliveira en la contratapa de Periodismo (17grises Editora) el nuevo libro de ficción de Sonia Budassi. Escritora y periodista oriunda de Bahía Blanca, Budassi también es editora del sello independiente de narrativa Tamarisco. Su primer libro publicado fue uno de cuentos, Los domingos son para dormir, después llegaron los libros de crónicas de no ficción, Mujeres de Dios y Apache. En busca de Carlos Tévez. Periodismo empieza con el relato de una chica que llega a la ciudad para estudiar Comunicación y consigue una pasantía para trabajar en Telenoche junto a Mónica y César. Desolación. “El periodismo, como la literatura, alimenta un ansia egomaníaca, de divismo, de buscar fama, de practicar la autocelebración. Tenemos que estar atentos a esto todo el tiempo que entregamos una nota, una reseña, una entrevista: es riesgoso”, dice Budassi.


–¿Periodismo fue inspirado en una pasantía real?

–Es ficción, pero hay muchas cosas, obviamente no todas, que sí sucedieron durante mi pasantía en Telenoche. La regla era la desidia sostenida en la repetición de fórmulas que funcionan, y un cinismo y una subestimación de lo que ellos llamaban “la gente” aterradores. A mí me sirvió para saber que la producción de televisión no tenía nada que ver conmigo ni con lo que me interesaba. En aquel momento tenía muy idealizada la profesión, al punto de creer que, en la práctica, todo era inmaculado. Yo estaba más vinculada a los libros, y mi realidad pasaba por ahí. A pesar de que sabía que quería escribir sobre literatura, fue un shock muy fuerte porque creía que en esos espacios se podía contribuir a la construcción de la responsabilidad cívica, a comprender más al otro, y todas esas cosas que se pueden hacer desde los relatos mediáticos, sobre todo en este caso, en que el programa tenía un alcance masivo. Ahora se que todo es más complejo. Conocí a muchos buenos periodistas, y vi que la práctica del periodismo está atravesada por tensiones e intereses, por pasiones y preocupaciones éticas, por miserias y hallazgos.


–¿Qué mirada tenés respecto del sistema de pasantías?

–Son positivas en muchos casos, porque aunque te hagan hacer café, uno puede aprender cosas. Pero como en general la tarea del pasante no está objetivada, lo productivo de la experiencia está supeditado a que te toquen compañeros y jefes generosos, que les guste lo que hacen, que sean buenos en lo que hacen… si eso no pasa, bueno, puede llegar a ser desde aburrido hasta horripilante. Desde una perspectiva temporal, cuando se devaluan los salarios de los periodistas después de los años ’90, las empresas gustan de extender pasantías, o más bien, de pagar como si fueran pasantías a periodistas ya formados y que han hecho su experiencia. Hay pasantías perpetuas, se desvirtúa la expresión, y ya no responde al espíritu original que es el de tener primeras experiencias profesionales. Ante el miedo de quedarse sin trabajo, de no poder progresar en “lo que nos gusta” –una idea muy burguesa, como el periodismo– muchos lo toleran porque no les queda otra. También sucede que finalmente, sólo pueden soportar esos regímenes quienes tienen un ingreso económico por fuera del trabajo. El periodismo, de a poco, se va convirtiendo en un oficio para gente que tiene otras fuentes de dinero y lo practica por pura diversión. También muchos compran ese discurso de las empresas del tipo: “Tenés el privilegio de firmar –palabra clave– y de escribir acá”, la famosa retribución simbólica que alimenta el ego, las ansias de figuración, aunque no se pueda llegar a fin de mes.


–¿Qué le pasa a tu personaje?

–Está atrapado entre el cinismo y la propia burocracia. No sólo la burocracia del medio sino la personal, la de repetir las mismas prácticas, la automatización que le permite finalmente escribir en cualquier revista o sección. Lo que se dice un “personaje quemado”. Esa “autoburocratización” también es palpable en mucha gente, aunque sea especialista en un tema y trabaje, por decir, desde siempre en la sección economía. No sólo tiene que ver con lo inevitable, tener una serie de métodos de trabajo internalizados como sugiere la teoría de las rutinas productivas, sino con una falta de motivación que, en el caso del cuento, también es consecuencia de una política empresarial.


–¿En este sentido, la cadena de explotación en los medios se irriga con un doble discurso?" 

Calamaro para niños

(columna sobre "un disco" publicada en el Suplemento de Cultura del diario Tiempo Argentino)

Maneja una chica que tiene tres hijos en el asiento de atrás, insoportables a esta
hora, el cansancio indignado que provocan villanas aguas vivas amenazantes en la
orilla: nadie pudo bañarse con este calor. Y los niños hacen su catarsis en forma
de exabruptos, piñas fraternales, quejas y reclamos; pesado fastidio en el interior
del auto. Hasta que empieza a sonar “Quiero arreglar todo lo que hice mal/todo lo
que escondí hasta de mí” bastante fuerte. Los pasajeros de atrás, la conductora y yo
cantamos a los gritos, desafinamos y forzamos la voz. Se agitan las manos. Golpes
tipo tambor sobre tapizados, volante y puertas. Los chicos se ríen. Nosotras también.
Hay especial énfasis en las “malas palabras” de la canción –no permitidas a los niños
en otro contexto- y esta catarsis es liberadora. Somos la familia eufórica feliz de una
road movie naif y desaforada al sur de la costa atlántica argentina. El disco corrió
entero, aunque bajé el volumen a la tercera canción: de atrás llegaban ronquidos
suaves. Cada vez que vengo de una complicada y quiero levantar, escucho, entero,
varias veces, El Salmón. (Y desde luego grito fuerte, impostando la voz, cuando llega
la parte de las “malas palabras”.)

Con los copantes cronistas, gracias N. Mavrakis

Ayer salió en el Suple de Cultura de Tiempo Argentino esta nota en la que hablamos Dani Pasik linda e inteligente, Sebastián Hacher, Alejandro Soifer, Javier Sinai y yo. Aunque porque cuestiones de distancias no pude estar en la foto, publicaron "mis testimonios"  igual. Parece que tontería mi comentario, pero a veces en gráfica también es como en tele, "sin foto no hay texto". Asi que cope Mavrakis y sus respectivos editores.acá está:
Abajo la copié, con subrayado mío de las frases que me parecieron más chan, algunas, incluso, me hicieron reír. Son todos bravos eh. (como diría mi mamá no hay un muerto que se asuste del desgollado)

"Jóvenes cronistas"

Sonia Budassi, Daniela Pasik, Rodolfo Palacios, Alejandro Soifer, Sebastián Hacher y Javier Sinay hablan de un género en el que se cruzan periodismo y literatura y que casi no tiene espacio en diarios y revistas por lo que encuentra su lugar natural en el libro.

Las “cinco W” son una regla que usan los cronistas anglosajones para recordar lo que debe contar de inmediato un texto informativo: quién (who), qué (what), cuándo (when), dónde (where) y por qué (why). Hace unas semanas, el escritor y traductor Guillermo Piro hizo en su blog una broma sobre una sexta W: “La W de weather report, la previsión del tiempo. ¿No se dieron cuenta? Cuando el cronista argentino se calza la piel de Hemingway comienza siempre con la previsión del tiempo, al estilo: ‘Era una noche oscura y tempestuosa’.”
La observación tiene su gracia en la misma medida en que desnuda un síntoma común –la banalización de la experiencia bajo la forma del reporte climático, nuevo lugar común en medio de una proliferación cada vez mayor de crónicas y cronistas– en el interior de un género que, en nuestro país, resulta particularmente potente. Aunque no por eso la crónica, por momentos, parezca atrapada en una red sutil de ambigüedades.
América, narrada por sus propios descubridores, y la Argentina en particular, narrada por caminantes propios y extranjeros –desde Alonso Carrió de la Vandera en el siglo XVIII hasta los ingleses del XIX– hicieron de la crónica una práctica narrativa siempre legítima y vigente, sin demasiado que envidiar a íconos como Hunter S. Thompson o Ryszard Kapuscinski. Con casos paradigmáticos como el de Rodolfo Walsh, fundador casi al unísono con el estadounidense Truman Capote del non fiction, y un corpus de autores contemporáneos ya consagrados, como Martín Caparrós, Leila Guerriero, Josefina Licitra o Cristian Alarcón, la crónica continúa multiplicándose en libros, talleres y publicaciones especializadas. Sin embargo, como dispositivo narrativo “para contar el mundo”, la crónica también enfrenta nuevos desafíos.
¿Qué lugar real tiene hoy la crónica dentro de los medios? ¿Por qué, a pesar del éxito del género, casi no hay espacio intermedio de publicación entre los sitios web gratuitos y los libros financiados por las grandes editoriales? ¿Hasta qué punto las redes sociales en Internet redefinieron la urgencia de una experiencia subjetiva única? ¿Qué perspectivas hay más allá del circuito cerrado de los talleres de escritura donde se la practica y de las instituciones periodísticas donde se la premia y legitima?

La crónica debe ganarse su lugar en los medios por prepotencia”, dice el periodista y escritor Rodolfo Palacios, autor de El Ángel Negro (Aguilar, 2010), un trabajo sobre la vida del famoso asesino serial Carlos Robledo Puch. “Quizá algunos medios malinterpretan la crónica y la ven como un pasatiempo meramente literario. Eso es un error porque la crónica debe tener datos y es un género periodístico”, explica Palacios. “El desafío fue entrevistar a Robledo, investigar el caso, leer el expediente, hablar con los jueces, los familiares de víctimas y tratar de reconstruir la historia. Donde más presente está la crónica en el libro es en los ocho encuentros con Robledo en la cárcel y en mis viajes a Sierra Chica. Usé recursos de la ficción –aunque eso no quiere decir que en la historia hay datos inventados– para la construcción de escenas entrelazadas, diálogos, descripciones, sonidos, aromas y sensaciones”, cuenta Palacios.

Con respecto a los márgenes de publicación y circulación del género más allá de los libros, Sonia Budassi, autora de una investigación sobre la vida de las monjas, Mujeres de Dios (Sudamericana, 2008), y Apache, en busca de Carlos Tevez (Tamarisco, 2010), que reconstruye la vida del famoso futbolista a través de su propia persecución periodística, asigna un rol central a la idiosincrasia conservadora de los medios tradicionales. “Hay una tendencia a reiterar aquello de que los lectores no leen, y en general, a privilegiar los textos cortos, duros e informativos en revistas y diarios. Tal vez tenga que ver con cierta pereza intelectual que tienen quienes toman las decisiones en algunos medios: si la cosa marcha más o menos bien, mejor no asumir riesgos”, opina. En ese sentido, Budassi cree también que la crónica en sí misma a veces devela de manera autocrítica ciertas formas de hacer periodismo. “Quizá los autores de mi generación no se toman tan en serio a sí mismos en un sentido específico y se permiten salir del lugar del altar omnisciente habitual del periodismo, aunque tengan un acceso privilegiado a determinados territorios y personajes.”

“Creo que en los medios se les teme a los textos largos. Se teme que no sean leídos, como si la lógica del zapping televisivo se reprodujera sin diferencia en la gráfica”, opina Javier Sinay, periodista, ex productor televisivo y autor de Sangre Joven, matar y morir antes de la adultez (Tusquets, 2009), que recoge historias de jóvenes atravesados por la violencia y el crimen. “Cuando una crónica se hace bien, la diferencia de calidad es notable. Los editores de los pocos medios que publican crónicas lo saben y por eso no le temen: son conscientes de que vale la pena apoyar a un cronista para publicar un buen texto”, dice Sinay, destacando el rol que tienen algunas revistas que sí publican crónicas, como Rolling Stone, SH y Brando. “Después de sumergirse en busca de las fuentes, hay que escribir con cuidado porque se está contando una historia viva y, por otro lado, se está haciendo algo así como literatura. Y debe hacerse lo mejor que se pueda en ambos sentidos”, describe Sinay su propio trabajo sobre la delgada línea narrativa que exige la crónica.
Ese territorio que los medios suelen negar a la crónica tiene su correlato inverso en las editoriales. Y muchos cronistas escriben con la expectativa de ganar un espacio de publicación a partir de esa posibilidad. “Hay como una moda en el mundo editorial, pero no sé si tantos compradores o amantes del género. Un día te piden un libro de crónicas en una editorial grande o te compran una. Y entonces el libro, más allá de cómo le vaya después, te sirve para lucirte como periodista que investiga y escritor que narra bonito, pero todo sigue igual”, dice Daniela Pasik, autora de un viaje en primera persona al mundo de las cirugías estéticas, Hacerse (Grijalbo, 2010).

La crónica es un forma, si se quiere, de atacar el sistema desde adentro: las editoriales quieren editar investigaciones periodísticas, los cronistas tienen sueños literarios, la crónica dosifica cierta ficción bajo la apariencia de la verdad absoluta. Todos contentos”, sintetiza Alejandro Soifer, autor de Los Lubavitch en la Argentina (Sudamericana, 2010), una crónica sobre la historia y desarrollo de esa agrupación ortodoxa judía en el país. Por su lado, el periodista Sebastián Hacher, que acaba de terminar una larga investigación sobre La Salada, destaca el rol de la Web. “Hay un inmenso campo en blogs y sitios de Internet. Con la muerte de Néstor Kirchner, por ejemplo, la cantidad de crónicas que circuló por la Red fue tan grande como interesante”, cuenta.

¿Pero consideran los cronistas más jóvenes que ante ellos hay un mundo a ser contado muy distinto al que ya han contado sus sucesores? “La crónica, entendida como la entendían Walsh o Capote, es un género hermoso que permite la práctica mixturada del periodismo y la literatura. Realizado así, cualquier tema es interesante”, dice Pasik. Para Budassi, en cambio, los temas están siempre arraigados a una curiosidad personal. “Me interesan aquellos temas que me generen problemas, preguntas, algo que no termino de entender del todo, personajes a los que pueda quitarles el velo del lugar común y la estigmatización.” “No sé si hay tópicos que nos atraviesen como generación”, sugiere Sinay. Opinión que Palacios parece colocar en perspectiva: “Leo a los cronistas de esta generación, me fascina lo que hace Caparrós como cronista, pero también leo a los viejos exponentes del non fiction: Gay Talese, Tom Wolfe, Norman Mailer, Truman Capote, Joseph Mitchell. Con esto quiero decir que lo que ellos escribían sigue vigente. Se mantienen las motivaciones o la forma de encarar una crónica. Desde las tragedias griegas o shakespearianas, los grandes asuntos son los mismos”, dice. “En mis temas encontré una continuidad: hablar de sectores que fueron excluidos y que de una u otra forma terminaron por inventar un mundo nuevo. Me interesa contar esos mecanismos de creatividad popular, que son mucho más complejos y ricos de lo que parecen a simple vista. A veces el acercamiento de los periodistas a esos temas es desde la fascinación: se busca lo marginal o lo freak”, explica Hacher, cuyo primer acercamiento a la crónica fue con un análisis del culto del Gauchito Gil. “Los cronistas jóvenes tenemos cierta obligación de ir a buscar la pequeña gran historia que nos vaya construyendo un capital cultural que eventualmente nos permita dedicarnos a la vida del bon-vivant cronista estilo Caparrós: mezcla de vacaciones pagas por el mundo, jugosos adelantos editoriales y el nihilismo ilustrado”, agrega Soifer, más punzante.

Las limitaciones a la hora de publicar crónicas, por otro lado, hacen de muchos talleres especializados –como el de Cristian Alarcón, cuyo colectivo puede encontrarse en –una herramienta esencial para conocer en qué andan otros colegas. “En nuestro país no contamos con una educación formal en escritura como sí hay en universidades del mundo que hacen de la técnica una carrera en sí misma; en ese sentido, me parecen una opción siempre válida, aunque nunca hice un taller específico de crónica. No creo que sea un requisito indispensable para escribir”, dice Soifer. “Siempre es sana la confrontación con los pares y la lectura crítica, y puede darse en el marco de un taller pero también en una redacción o con otros escritores”, opina Budassi. “Está bueno tener compañeros para hacer ese viaje, y creo que los talleres a veces cumplen esa función”, agrega Hacher. “No creo que lo talleres sean un requisito obligatorio, pero son un buen punto de partida para escribir”, coincide Palacios, que en mayo publicará un nuevo libro de crónica policial y que el año pasado fue uno de los pocos privilegiados en participar de un seminario con el famoso cronista esadounidense John Lee Anderson.

Otros cronistas, en cambio, relativizan aun más la importancia de aquello que puede aprenderse en un taller. Y por eso ponen el acento en la importancia de cierta apuesta por el autodidactismo.

“Lo más importante es escribir y escribir, leer y leer, estar en la calle con los ojos abiertos y tratar de aprender de los editores y de los colegas”, dice Sinay, mientras que Pasik, finalmente, dispara: “Los talleres, en general, me parecen un poco ladris.”

Exploradores unipersonales de asesinos seriales, adictos a las cirugías o grupos religiosos; arqueólogos entre víctimas y victimarios de la violencia más joven y virulenta o en el corazón de un nuevo centro nacional de comercio off-shore; rastreadores de la vida profunda de monjas o estrellas internacionales del fútbol, uno de los factores ante los que la nueva generación de cronistas sí se enfrenta de manera inédita es a la saturación de narraciones que, como la tradicional crónica, tiene como centro una primera persona. De hecho, la vasta proliferación de voces que también apuestan a contar el mundo desde las redes sociales –en Facebook, Twitter, YouTube– muchas veces funciona con más instantaneidad –y a veces calidad– que los clásicos narradores de antaño. ¿La crónica ha cambiado desde que aproximarse “a la realidad” es mucho menos restrictivo que antes? En este nuevo contexto tecnológico, ¿es la “subjetividad” misma un privilegio en disputa?

“Si el cronista es alguien interesante, lo interesante de su crónica es su mirada. Y me importa menos ver a Robledo Puch filmado con un celular en YouTube, que la mirada de Palacios sobre ese personaje, por ejemplo. Por eso, la crónica, el libro o el diario en papel, no se van a ningún lado”, opina Pasik. “La velocidad de la información actual implica un grado de masticación mucho más grande. Twitter, blogs, videos, todos presentan pequeños fragmentos de información. Ver un twitt es comerse una pastilla: puede ser rica, pero no alimenta. Las crónicas son platos más elaborados. Requieren otros tiempos, otra forma de consumo”, coincide Soifer.

“La investigación y el tratar de ir a fondo con el objeto y sujeto del relato es algo imperativo al sentarte a escribir una crónica; en ese sentido, las redes sociales ayudan mucho porque suman fuentes, no veo una competencia sino una complementariedad”, explica por su lado Budassi. “Tengo la esperanza de que el avance de la tecnología –sobre todo las cámaras capaces de filmar y hacer fotos en alta definición– aporte nuevos formatos a la crónica”, dice Hacher, destacando emprendimientos digitales como Mediastorm.org y Elfaro.net. “La sobreabundancia de información torna todavía más importante la subjetividad del cronista. Por eso, debe organizar los datos con una voz diferente. La crónica es un producto con un valor agregado: la subjetividad que mira, que interpreta y que aporta”, opina Sinay. “En el caso de la aproximación a los hechos reales, la pregunta entonces es cómo contar lo que han visto millones de personas”, sintetiza Palacios. Y concluye con dos ejemplos casi inobjetables: “La crónica de Norman Mailer sobre la pelea Alí-Frazier en 1971 y la de Oriana Fallacci sobre la llegada del hombre a la Luna, demuestran que se puede crear un texto atractivo sobre un acontecimiento que vieron millones de personas. Lo importante, es cómo contarlo”.

replicante y pac pac pac pac

Estoy en Madris, como un golpe de suerte que algunos llaman beca. El frío fatal invernal, eso sí muy lógico. Y Rogelio Villareal, director de la mejicana y completísima revista Replicante, me publicó este texto que tanto tiempo hube de trabajar –lo cual no garantiza que eso se haya reflejado en el resultado final- en la edición de Enero.

Analicé y –oprobio de neologismo- croniquié, la campaña que hizo Topper “Fútbol Deporte Nacional”. Empecé a trabajar una versión para la revista Ñ, que se publicó en 2010, pero esta es una versión distinta, que va a algo más allá (¿de qué?). Ponele.


(Acá dejo una foto de unos pajarracos que abren
y cierran el pico y hacen ruido de pac pac pac.


La foto la sacó la artista Cecilia Orso en Alcalá de Henares. Ataque de cholulismo mal en la casa de Cervantes, de esas cosas que dan vergüenza confesar.)



Meneses y Bielsa: a hinchar por Argentina ahora, que no decaiga tanto, plis!

En un día complicado para hinchas y selección y chilena, y para DT argento chileno, les dejo esto del cronista argento chileno, talentoso y generoso él, no sé si decir lo mismo de Bielsa, que me cae bien pero es tan discutido pobre.
Ahora Meneses va a empezar a hinchar por Argentina. Ya lo había advertido.
Meneses dice así:

messiytevez.jpg


Aposté a que Argentina sale campeón del mundo. Creo, como varios, que esta vez puede ser. Con Messi y Tévez, Argentina mete miedo. Pero, además, con Maradona en el banco, las sorpresas vuelven a ser parte de la rutina (debo aclarar, eso sí y para ser justo, que también aposté a que Chile sale campeón). Argentina no sólo tiene buenos jugadores y un cuerpo técnico de leyenda. También, y eso es lo que nos convoca ahora, tiene personajes de historia. Jugadores capaces de conseguir buenos autores, que los persigan por meses. Es el caso de las dos puntas más famosas del equipo del Diego: Lio y Carlitos.


Partiremos por Tévez. O, mejor dicho, partiremos por Sonia Budassi, autora del estupendo perfil “Apache, en busca de Carlos Tévez”, de la editorial Tamarisco. Sonia es una rubia que nació en Bahía Blanca, vive en Buenos Aires y siguió por varios meses a Carlitos.


Apache Escandinavo

De la nota que me hizo el SUECO Claes Aronssons para la radio y web, SUECA (se puede escuchar mi voz traducida al SUECO, claramente el periodista corrige los errores conceptuales en los que incurrí ¿?).


Al mismo tiempo, el escritor traducido por Lengua de trapo, Kjartan Floegstad también leyó Apache y lo citó en un artículo publicado en un diario noruego

"Takk til Miguel Bossio, Sonia Budassi og Fabián
Mosenson. Budassis Apache. En busca de Carlos Tévez
vil bli utgitt på forlaget Tamarisco i Buenos Aires
i 2010."

gracias, escandinaviaaa :)

"La fantasía del gringo rústico de campo"

Ayer se publicó en la revista Ñ, este texto que escribí, sobre Heinze, durante la semana. Comparto el espacio con geniales escritoras, teníamos derecho a elegir a nuestro jugador, para hablar de lo que inspiran desde su anatomía, actitud y demás. Preferí no hablar más de Tévez -y por suerte escribió sobre él Gabriela Saidón -sino de quién, bella coincidencia, hizo un gol ayer. El primero de la selección en el Mundial.

Madurez, frescura y experiencia
Por Sonia Budassi

Gabriel Heinze no es de los niños casi adolescentes de la Selección, esos púberes tardíos llenos de hormonas estandarizadas por la edad. Preciosa mezcla de madurez, frescura y una experiencia que no lo pone del lado del que "está de vuelta", sino de una entusiasmada seguridad, cumplió, ariano, perfectos 32 años en abril.
Su primer nombre, Gabriel, es nombre de Arcángel, y de uno protagónico, importantísimo en términos cristianos. Pero el segundo es Iván, de raíces rusas e inevitable asociación directa al sádico zar, apodado "El terrible". Esa combinación es su oxímoron: en su nombre ya se leen las grietas de una provocativa perversión.
Lo busco en Facebook y descubro el grupo "para que Gabriel Heinze no esté en la Selección". Pero se sabe que el desaire es hijo de la envidia. Una boca generosamente delimitada, contundente, compite con el resto de sus rasgos en el que cada elemento tiene un peso fuerte: los pómulos pronunciados, las cejas tupidas, los ojos –repito los ojos– cristalinos, hipnóticos, luminosos, atrapantes. No es una armonía dócil.
Una amiga dice que los rubios no le gustan porque son insulsos. Que no le transmiten nada. Estoy segura de que nunca vio a Gabriel y sí a esos metrosexuales andróginos sin sangre tipo Beckham. La belleza de Heinze es demasiado viril. Quizá por eso molesta a los hombres. Hay otro dato relevante en la biografía del rubio: es entrerriano. De un pueblo llamado Crespo. Es imposible, entonces, resistirse a la fantasía del gringo rústico de campo. Sus mechones dorados, a veces en cortes urbanos, de conductor de transporte público, incitan otra vez un cruce que estalla en el desborde, cuando lo ves gritando, porque grita, patea, pelea feroz, en todos los partidos. Es un arcángel guerrero en la cancha y, siempre, un mix perfecto del estereotipo proletario, menos urbano que rural. El colectivero esmerado y el paisano hijo de inmigrante. La última vez que lo vi usaba jeans anchos, como pinzados: bombachas de campo urbanizadas. Gabriel Iván es el tractorista que habría aprobado el casting de aquel videoclip, Crazy, de Aerosmith. El que, transpirado, se acerca con esa mirada brava y dulce a la vez, y te lleva hasta el galpón para mostrarte la lana grasosa de las ovejas que acaba de esquilar. El que, galán macho, rústico adiestrado, te ofrece un mate gentil, y te ayuda, dándote la mano de un brazo fuerte, hipermusculoso, a subir a la cosechadora. El que, después, muestra ese otro costado, salvaje, sin tantos modales, que emerge cuando quiere pegar y grita como un puma, caliente, en un partido, aunque, ahora, en la película, sus gestos son sólo para vos y manifiestan la precisa actuación de una perversa caballerosidad.

"El dinero es un personaje omnipresente en Apache". Ezequiel Alemian

El autor de El talibán, El tratado contra el método de Paul Feyerabend (este último es rarísimo y apasionante) y del genial Diario del Mundial o sea, Ezequiel Alemián fue el primero en leer el Apache publicado y corriendito vino a hacerme una entrevista que se publicó en estos días. Muchas gracias a él y a Revista Llegás.
Hizo preguntas bravas, inteligentes:

Apache también puede leerse como un libro sobre los periodistas y los medios de comunicación. ¿Te animás a hacer una evaluación del periodismo deportivo después de esta experiencia?

–¿Los periodistas funcionan un poco como miembros de esa “guardia pretoriana” que vos mencionás, esa protección que rodea a los jugadores?

–¿Cuáles son esos significados que se protege? ¿Qué es lo que no se puede cuestionar?

–El dinero es un personaje omnipresente en Apache.

No necesariamente respondimos idem eh


Argentina-Canada según mí-Segunda Parte. El show pautado antes del adiós

Sí, fue lindo mientras duró. Esta es la segunda parte de ésto

  1. Aviones de papel blancos y celestes caen en picado al terminar el primer tiempo; aviones verdaderos pasan a poca distancia de lo más alto del monumental. Los periodistas se levantan de sus asientos para ir a buscar café o agua; ya empieza a oscurecer y a refrescar. El cielo, por suerte, despejado. Nunca nos ganó tanto la lluvia como en partido contra Perú. Como nubes de una plaga de langostas, nadie vio con claridad cuando Palermo hizo su famoso “gol de la salvación” en el último segundo del último minuto.
  1. Tevez hace amagues, canchereadas, lujitos que, no se cómo se vio en la tele, acá hacen reír, graciosos.
  2. La hinchada hiper producida: niños con caras celeste y blanco, muchas remeras de Palermo, cantitos cada tanto del que no salta es un inglés, una ola que se rompe al llegar a la platea de prensa
  3. El sonido es clave. Como dije, al principio música festiva. Después, el himno raro. Luego, cantitos de arenga. ¿cuál es entonces la novedad? Por primera vez, se escuchan los gritos de los jugadores. No es que estemos mucho más cerca que otras veces.*Teorías:

La gente estaba más tranquila, no sólo porque el resultado iba más que bien, sino porque bueno, sí, era un amistoso. Entonces no hay puteadas, no hay órdenes vociferadas a árbitros, jugadores y DT. Tampoco hay hinchada visitante. La colombiana, la peruana, la venezolana no dejaban de cantar en ningun momento, resaltando cuán parcos éramos los argentinos.Había menos periodistas transmitiendo, con los medios que podían, la mayoría por celular.


*Conclusión provisoria: lo que más emoción genera son esos gritos pelados, espontaneos, en bruto. Mucho más que la música dramática o alegre, los papelitos volando, los mensajes de los hinchas en la pantalla, el relator. En medio de tanta parafernalia, las voces de los hombres, la acción percibida cercana, gestos sin deidad, el show de la simpleza, el juego, humanos que corren y patean, potencian todo, la austeridad que genera un efecto impresionante.

  1. Pidieron a Palermo, le dieron a Palermo. Antes de terminar piden a Messi. Cuando me doy vuelta para preguntar a los chicos de perfil si ellos también querrían a Messi hacen la típica atinada observación que me hace quedar como una imbécil:

-Sí, ponele que nos encantaría. Lástima que el partido se terminó.

Giro, derrotada, y veo como los jugadores van saliendo de la cancha y yo retrocedo 5 casilleros en mi camino lúdico hacia cierta legitimación.

  1. Termina. Copa Bicentenario. Estallido que da miedo. Fuegos artificiales. Fito Paez y un lacónico pedido a “los muchachos” para que le “den una alegría a la gente” y canta, sí, adivinaste, “Y dale alegría, alegría, alegría a mi corazón”.
  2. ¿Y entonces cuál se supone que era hoy mi misión? La que me dijo el periodista deportivo que me saludó alegre: ¿Por qué no le das tu libro a Tévez?
  3. ¿Por qué no?¿Tengo algo que perder?
  4. Antes hizo un despliegue involuntario que despertó cierta -bueno, mucha-envidia y una falsa resignación:

-Uy, qué boludo. Cómo no se me ocurrió. Esta seman

a entré al predio con X que quería conocerlo a Maradona y Maradona quería conocerlo a él y...

-¿Cómo que entraste? ¿Pasaste del hall?¿Fuiste adonde nadie puede ir a menos que sea de la AFA?

-Sí, sí –dice con displicencia- bueno, estaba Tevez ahí dando vueltas y le saqué una foto, y bueno, a X con el Diego, también. Le pude haber dado tu libro. Ok.

Entonces me dice que se lo de en la zona mixta. Y yo con eso de que no hay nada que perder.

  1. Los VIPS vuelven al mundo de los pasillos alfombrados y dejan ahora las puertas abiertas de sus palcos ahora repletos de botellitas vacías. Escucho que alguien dice que Maradona suspendió la conferencia de prensa. Bajo las escaleras, siempre toco las acreditaciones en bolsillo –una para nada: la de acceso a Conferencia de Prensa; otra lista para mostrar: la de la zona mixta.
  2. Pasillo ancho que bordea todo el estadio. Al costado hay cuartos, canchas, gimnasios con ventanas. Nadie juega en la cancha de voley: hay una convención de policías que parecen tomar clases teóricas mientras fuman; no parece posible que eso pase en este lugar; están ajenos a todo. Del otro lado, cada tanto ventanas que muestran el interior de la cancha; el punto de vista es tan humano, que se siente de veras la desproporción como no se siente tanto desde las tribunas.
  3. Los Seguridad me mandaron por este lado. Cuando llego al vallado, veo que los periodistas deportivos están del otro lado del pasillo conformado también con vallas; la zona mixta. Y a mí me dejaron del lado de afuera. Me mandaron por el lado equivocado, pero si doy toda la vuelta al estadio, para cuando llegue todas las estrellas habrán huído como cenicientas luego de bailar con los príncipes que los galantean con sus micrófonos y cámaras de televisión.

–No puedo hacer nada. Tengo órdenes de que no deje pasar a nadie.

No se conmueve cuando le muestro mi acreditación, ni cuando invento que mi jefe –vendría a ser Rubén García –me va a matar si no logro estar donde están los otros. Le digo que su colega Seguridad me dijo que viniera por acá y nada. Pruebo con otro, en la punta de la izquierda. Un chico está en la misma pero no se preocupa tanto: en general los equipos de producción se mueven de a dos o tres. Su compañero está del otro lado y se pudo relajar. Seguridad de izquierda dice lo mismo, y que cualquier cosa preguntemos a Seguridad de la derecha. Le digo a este chico que insista él, que yo vengo de fracasar con ese tipo. El chico no se copa. No queda más que insistir con Izquierda. Le digo que tengo el mismo derecho que cualquiera que tenga este pase. Dice no. Y de repente, la frase que pronuncio por primera vez es eficaz:

-Me estás discriminando.

14. Apretujamiento. Me toca al lado hombre con cámara y micrófono, tiene las manos llenas de cosas: un sobre con un resumen del banco y más papeles. Hace malabares, es ridículo. Trato de twitear y de sacar fotos con la otra cámara, soy ridícula. La pregunta es ¿quién falta salir?¿Fulano habló?. Y el consuelo que me tira chico tele de pronto cuando le pregunto quién pasó ya es que “no habló nadie todavía”. Creo soy la única que siempre buscó otra cosa, aunque tuve que fingir, camuflarme con la ansiedad de “la declaración”. Un día metí el micrófono cuando “habló el kun Aguero”. Nunca hice nada con esa grabación.

15. Espero que el de al lado me saque un ojo “sin querer”; ya ha sucedido. Es un tipo alto de un canal deportivo. Me pregunta de qué medio soy

y no se bien qué decir. Él no espera respuesta, parece que además de hablar conmigo en una intimidad no buscada, escucha por un auricular que tiene en la oreja y dialoga con él. Al rato da por sentado que soy periodista de espectáculos. Repregunta y repregunta de a quién tengo que conseguir. Me da un poco de vergüenza decir que tengo que darle algo a Tevez pero lo digo. Y agrego: “me mandaron a”.

16. Lo imprevisto no es que Mascherano hable y Heinze no, que Maradona declare después de haber cancelado la conferencia de prensa porque no tenía nada que declarar, sino que, de pronto, el notero de la tele diga cosas como “claro, te entiendo, este medio no es solidario”. Y otras como: “¿querés que si viene lo llame yo?”. “Ponete así, más visible”. “Decime y yo me corro eh”. Sí, sí: algo tan básico como la solidaridad.

Lo imprevisto tampoco es que cancheree con que tiene los números de todos los jugadores, que me ponga en el compromiso de darle el mío, y que hoy haya recibido interesantísimos sms como “y llego el encargo a manos de tevez?” y “le va a llegar vas a ver tenes un halo especial” o “Anoche los muchachos estuvieron de farra jajajaja” para luego otro con nombre y apellido de vedette supuestamente involucrada (claro, pensaba que soy de espectáculos, eufemismo de chimentos, ahora entiendo por dónde me quería enganchar: haciendose “la fuente”). Ni hablar de metáforas que equipararían, en comparación, a Corona con Shakespeare: “querían seguir haciendo goles jajaja”.

17. Lo interesante es ver a Jonás que hace tres paradas, cumpliendo con el deber interior de atender a la prensa –muchos siguen de largo- según lo pautado. Se detiene en dos lugares específicos. Se acerca, somos una de las opciones para la última parada, la tercera–el chico de al lado lo llama, yo le hablo, le entrego un sobre, pone cara de sorpresa de dibujo animado, repregunta nombre de destinatario- y vemos unos ojos que quieren disimular el shock de la luz de la cámara, el asedio de las preguntas que responde diplomáticamente, pero vemos un sudor intenso que le cae de la frente, sobre la sien, todos los demás salieron impecables pero el parece abatido, algo estresado, y cuando se apaga la cámara es un perrito de la calle, de esos a los que le pegaron mucho y cuando lo llevás a tu casa para cuidarlo se asusta y sale corriendo y se choca las ventanas aún cuando la puerta a menos de un metro esté abierta. Jonás cumple con el protocolo perfecto y termina las palabras de siempre después de cualquier partido, se aleja de la valla y camina unos pasos paralelo a nosotros pero hacia la pared, casi choca a un patovica que lo agarra y le dice, “es por allá, Jonás, es por allá”, él tira la cabeza para atrás y se deja guiar unos segundos, hasta que se ubica y se va, caminando rápido, muy transpirado, con un sobre en la mano, por el lugar correcto, después de habernos dejado esa pequeña escena intensa, como un desvío de guión.

"La insoportable indignidad de ser periodista"

Por JOHN CARLIN. En El País.

Cualquier reportero, si es honesto, lo reconoce: el periodismo es un oficio indigno. Siempre esperando, siempre suplicando. Deberían incluir en todos los cursos de periodismo unas buenas sesiones de budismo zen, para que los jóvenes incautos que piensan meterse en este negocio adquieran las dosis necesarias de paciencia, filosofía, paz espiritual.

El problema es la entrevista, materia prima tan imprescindible para el reportero como el arroz para la paella, el balón para Leo Messi, el peluquero para David Beckham. Sin acceso a la gente indicada para determinada historia, no hay historia. Lo que hay es fracaso, fracaso que pude conducir al desempleo. Por eso lo primero que se requiere para ser reportero es persistencia, admirable virtud condenada siempre a rozar la humillación. Uno llama o envía un correo electrónico solicitando hablar con alguien. Puede ser el asistente del alcalde de un pueblo de 500 personas, o el gerente de marketing de una mediana empresa de tuberías, o un ministro, o un personaje mundialmente conocido. Lo normal es que no te contesten ni a la primera, ni a la cuarta o que, peor todavía, te digan: "Mañana le decimos algo". Llega mañana y no te han dicho nada. Al final coges el teléfono, llamas de nuevo y más de lo mismo. A veces, al final, te dicen que sí y la entrevista se hace; a veces acabas en nada.

El proceso es así. Pierdes el tiempo, te estresas, te desesperas, quieres matar a alguien, quieres matarte a ti mismo, te preguntas: "¿Por qué, por qué, por qué no le hice caso a mi mamá y me metí en un trabajo como Dios manda?".

Ahora, lo peor, lo peor con diferencia, es ser un periodista deportivo. O, para ser más exactos, un periodista cuyo trabajo incluye la necesidad de acceder a futbolistas de Primera. Conseguir una entrevista con un jefe de gobierno o con un líder guerrillero no es fácil, pero es un juego de niños comparado con el calvario de intentar conseguirla con un chaval de 20 años que es millonario gracias a su especial habilidad para patear una pelota.

A veces ocurre que, después del denigrante proceso que acabamos de describir, te la conceden. En tal caso es perfectamente posible que llegues al lugar indicado a la hora indicada (incluso después de coger un avión) y te digan: "Perdón, el futbolista ha cambiado de opinión. La haremos otro día". O que, como en el 90%, tengas que esperar una o dos horas más de lo previsto para tu audiencia con el pequeño rey (porque se demoró en la ducha, porque tenía que rematar el partido de PlayStation). Y entonces, al final, cuando por fin has conquistado la gloria de tenerle enfrente, con la grabadora rodando, te transmite sin ningún disimulo la sensación de que podría estar haciendo cosas mejores (otro duelo de titanes en la PlayStation, comprarse otro Ferrari, tocarse las narices en casa). Y después, después de tragarte tanta bilis, el terrible e inevitable desenlace es que no te ha dicho nada que sea remotamente noticia, que agregue una migaja a la suma del conocimiento humano. Como el caso del jugador del Barça que hace una semana nos dijo: "Necesitamos ganar los dos partidos finales para ganar la Liga", pedazo de banalidad que dio titulares (sí, sí, a esto hemos llegado) en prácticamente todos los diarios españoles.

Hay gratas excepciones. Hay jugadores que te tratan como un ser humano. Hay incluso algunos que te dicen algo que vale la pena. Como Benoit Assou-Ekotto, francés del Tottenham, que la semana pasada le dijo a un afortunadísimo periodista inglés que su principal lealtad no era a la camiseta de su club, sino al dinero. "¿Existe un jugador en el mundo", dijo, "que firma por un club y dice, 'Oh, adoro tu camiseta? Su camiseta es roja: ¡Me encanta!'. ¡Qué va! Lo primero de lo que habla es dinero".

Casos excepcionales como el de este heroico, honesto y suicida francés son los que te animan a seguir en la lucha, a mantener viva la llama de la esperanza. Pero al final muere, eso sí. Muere. Y en ese caso no le queda más remedio al reportero que huir a la relativa paz del paro, o cambiar de bando (tomarse la venganza contra la profesión de pasarse al equipo de comunicación de un club de fútbol) o, cuando el desgaste ya ha sido demasiado y la energía y la paciencia se han agotado, encontrar la salvación en la prejubilación periodística del escritor de columnas de opinión.